Res Pública

Caducidad institucional y resistencia al cambio

Las crónicas del año que termina están llenas de preocupación por el presente y el porvenir de España. No ha habido semana en que haya sido posible apartarse de la sensación de estar en un concierto sin partitura en el que, al socaire de la degradación general, va tomando cuerpo la idea de que las minorías que dominan el Estado y la economía no están dispuestas a impulsar cambios para la mejora de ambos; antes al contrario, pretenden mantener sus posiciones de poder o privilegio y apurar, en su beneficio, las heces que van quedando del patrimonio público y de los derechos civiles y sociales de la nación. El discurso del Rey, con su exhortación al cierre de filas en el seno del régimen y su evocación a los orígenes del mismo, es, a mi juicio, la prueba institucional máxima de que la opción del cambio está descartada y que todo se juega a la carta de resistir bajo el axioma de que ya escampará. El jefe del Gobierno se ha expresado en términos análogos. En realidad es lo que ha venido sucediendo, pero ya no hay trampa ni cartón. Frente a eso, queda insistir en la necesidad del cambio democrático. Será el debate del nuevo año.

Pocas preguntas sobre el problema español

Desde que se manifestaron los problemas que van corroyendo a nuestro país se han buscado explicaciones de ellos y se han hecho preguntas sobre cómo resolverlos. Todos hemos oído hablar de la crisis internacional, de la locura de los mercados financieros, de la revisión del capitalismo, del proyecto europeo etc. En contra, poco se ha oído de lo que atañe a nosotros, los españoles; al principio de la crisis, prácticamente nada, después, con su agravamiento, algunas reflexiones de carácter económico-financiero y pocas, muy pocas, en el terreno político y social. Han sido muy escasos los que han preguntado qué parte de responsabilidad tiene la textura del sistema político-económico imperante en España para, en su caso, abogar por su modificación. Es ahora, al aumentar la riada del descontento, cuando aparecen las preguntas acompañadas de reflexiones sobre modificaciones y reformas, pero dentro de un orden. Algunas recuerdan las sesudas elucubraciones sobre el Movimiento-Comunión en los años agónicos del franquismo.

El pasado nunca vuelve. Como mucho, es prólogo, en palabras de Shakespeare, por lo que resulta vano refugiarse en su evocación más allá del ejercicio histórico o académico. Para buscar salidas o soluciones a ésta crisis nacional que, en parte, se debe al régimen que se vindica, hay que abrir otros caminos que habrá que recorrer con el acuerdo de los españoles. Es la manera de enfrentar los problemas en democracia. De las otras maneras, tenemos experiencias abundantes que convendría no repetir. Y ese es el riesgo que corremos si se agudiza la esclerosis del poder. Me parece mal asunto adoptar actitudes de autocomplacencia y negar la exploración de políticas alternativas a éstas, cuyo fracaso se evidencia en términos de depresión económica y de sufrimiento para la mayoría del país. La vieja política de sostenerla y no enmendarla que, a falta de apoyo social, tendrá la tentación de recurrir a los expedientes autoritarios.

El empobrecimiento de la clase media

Uno de los factores que ha hecho posible la estabilidad de España ha sido la consolidación de las clases medias a lo largo de los últimos cincuenta años. Desde mi punto de vista, eso facilitó el cambio formal del franquismo a la Transición y ha hecho posible la supervivencia de ésta en el contexto de un ciclo de bonanza económica que ha paliado sus déficits democráticos. Por eso, inquieta comprobar cómo las políticas actuales están atacando a las clases medias, empobreciéndolas y sembrando en ellas la inseguridad, hasta el punto de provocar su salida a las calles en protestas cada vez más numerosas. Los que mandan deberían reflexionar sobre por qué las llamadas gentes de orden - médicos, jueces, abogados, funcionarios…- protestan y les retiran su apoyo.

El abrupto final de la bonanza y el descubrimiento de la mala administración de la misma -especulación y corrupción- ha puesto en el primer plano las debilidades institucionales y la falta de pericia de los gobernantes para ordenar la situación. En un escenario así, en el que el Estado y los servicios públicos son casi las únicas referencias de estabilidad y de ayuda, no se les ocurre otra cosa mejor que proceder a su desmantelamiento. En vez de procurar su mejora, se intenta traspasar su actividad a una determinada gestión privada, que vive del favor público, cuyas capacidades gestoras desconocemos. Eso no es liberalismo, es puro aprovechamiento del patrimonio público en la línea del capitalismo castizo al que nos hemos referido en otros comentarios. Las consecuencias son la degradación de los servicios públicos para que el que pueda pague soluciones privadas y el resto que se aguante. Por supuesto, todos a seguir pagando más impuestos. ¡Buena receta para salir del atolladero!

Encender la mecha de la esperanza

Ante todo esto, tan inesperado y tan dramático, hay quienes opinan que es nuestro sino de españoles: tener los gobernantes que merecemos o que estos son espejo de una sociedad con pocos valores a la que se engaña con facilidad. Que no tenemos arreglo y que debemos confiar en lo que nos manden desde fuera y que todos juntos saldremos, sin explicar cómo y hacia donde. Esto es parte del discurso oficial e institucional, que estimula el pesimismo y el desinterés, al tiempo que sirve para eludir responsabilidades. Las recientes declaraciones del jefe del Gobierno no admiten otra interpretación. En cambio, otros creemos que no hay que renunciar a los cambios, fundados en el sentido común y en la seriedad democrática, sabiendo que no existen los milagros pero que sí se debe prender la mecha de la esperanza. Como me dice un viejo amigo, no podemos consentir que nos roben el futuro.

Entre esas dos maneras de enjuiciar el problema español se va a jugar el tiempo inmediato, el nuevo año que empieza. Los que tienen el poder, con el jefe del Estado a la cabeza, apuestan por lo primero y por el cierre de filas. Los demás, tendremos que seguir insistiendo en que España no debe resignarse a la decadencia que se le ofrece y que los españoles hemos de intentar romper el corsé impuesto por los dictadores de cuello blanco. Recuperemos la fe en nosotros mismos, no para conservar la herrumbre sino para ejercer nuestra libertad. Y al Gobierno, un ruego: le decía Petronio al emperador Nerón que hiciera de todo, hasta incendiar Roma y condenar a los cristianos, pero que, por favor, dejara de cantar; pues bien, que nuestro gobierno, vistos los estropicios causados, se dedique a administrar como pueda, pero que, por favor, no legisle más. Feliz año a todos.


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