Res Pública

Bruselas nos devora y hay que reaccionar

Con gran pompa y circunstancia, acaba de darse por finalizado el rescate bancario, cuyo coste y consecuencias nos deberían sonrojar en nombre de sus ufanos artífices. A pesar de ello, ese Moloch contemporáneo de Bruselas pide más sacrificios: dice la Comisión Europea que no se cree los presupuestos del Gobierno para 2014 y que hay que seguir podando las escuálidas ramas del árbol español para cumplir con esa entelequia del déficit. Desde luego no hay que ir a Salamanca para afirmar que los presupuestos son increíbles, éstos y los anteriores, pero son lo mismo de increíbles que las recetas que imponen los eurócratas para corregir nuestros males y apartarnos de nuestros vicios.

No se dan cuenta de que la riqueza nacional está exhausta, que nuestra economía se va transformando en un sistema de supervivencia y que los grandes beneficiarios de los buenos tiempos se mantienen incólumes en el paraíso de la exclusión fiscal. A su vez, los que gobiernan se han convertido en meras correas de transmisión de los unos, los burócratas lejanos y de los otros, los nativos poderosos de siempre, y andan bastante perdidos, dando palos de ciego y haciéndose trampas en el solitario, obligándonos a recorrer el camino hacia la proletarización. Se dice que se nos ha librado del abismo, pero, visto lo visto y lo que espera, el asunto no está nada claro. No nos hemos estrellado, estamos cayendo al abismo a cámara lenta para saborear la amargura de la caída. Por eso creo que se justifica que nos preguntemos si no había otras vías para corregir los problemas.

Mucho más que un rescate bancario

El llamado rescate bancario ha sido mucho más que eso, porque sus términos y condiciones se han extendido a la mayoría de las políticas gubernamentales. Desde las leyes laborales a las pensiones, pasando por el agravamiento de la fiscalidad directa e indirecta, son consecuencias llamativas de aquel. Y en lo estrictamente bancario se ha demolido más de la mitad del sistema crediticio, las cajas de ahorros, confundiendo interesadamente a las instituciones de ahorro popular con algunos de sus malos administradores. Con ello se ha creado un oligopolio bancario, que provocará la exclusión financiera y la indefensión de millones de clientes, familias y empresas, que son precisamente los que con su esfuerzo fiscal van a pagar los milmillonarios costes de semejante hazaña. Las cifras son exorbitantes: los compromisos públicos, directos e indirectos, superan con creces los 100.000 millones de euros y las pérdidas no irán a la zaga. Una verdadera hecatombe financiera, debida en gran medida a la gestión negligente de administradores y supervisores, coronada por las decisiones erróneas de unos pocos, los sucesivos ministros de economía del PSOE y del PP. Nunca será más cierto cómo las decisiones de tan pocos han dañado a millones.

El cierre del rescate se ha producido sobre la tierra quemada del tejido financiero español que se suma a la devastación sufrida por otros sectores, la construcción y la industria, lo que impedirá que la recuperación tenga la entidad necesaria para denominarse así. El balance permite afirmar que probablemente hubiera sido más eficaz y sin duda menos costoso, haber corregido los problemas entidad por entidad, como sostiene con acierto el profesor Antonio Serra Ramoneda, para mantener la riqueza plural del crédito minorista y la competencia del sistema en su conjunto. No hay, por tanto, razones para sentirse orgullosos, al contrario, abundan las razones para lamentar las pérdidas humanas, trabajadores y preferentistas, y materiales. Estas últimas irán dando la cara en años sucesivos en los que casi con seguridad los que ahora se ufanan de sus acciones ya estarán lejos de la responsabilidad del poder público y, como mucho, escribirán memorias auto exculpatorias, al estilo de las del ministro Solbes. De esta forma se seguirá confirmando que para ver todo y todo lo contrario, sólo hace falta vivir.

La Comisión aprieta a quien no resiste

Cancelado el rescate, España, merced a su flamante oligopolio bancario, pasa a ser el único país de la Unión Monetaria que va a poner la práctica totalidad de su sistema crediticio bajo la supervisión del BCE, en esa unión bancaria burocratizada y alicorta que continúa haciendo cargar a los gobiernos nacionales con los costes de las crisis futuras. Otra importante cesión de soberanía, a cambio de muy poco. No comparto lo que dicen algunos: que lo tenemos merecido por el inmenso descrédito en que han incurrido el Banco de España y la CNMV, porque es seguir cayendo en el error de confundir instituciones con personas y eso supone ahondar en el desmoronamiento institucional del país. Lo malo es que todo esto está sucediendo entre el hastío y la indiferencia de muchos y el aplauso de quienes creen que la construcción europea sigue adelante. En mi opinión, son ilusos de un Titanic que no ven el iceberg de devastación que va asolando el sur del continente.

La Comisión Europea saliente quiere dejar una huella profunda de sus quehaceres, sobre todo en aquellos países que les den más facilidades, y España está siendo campeona en la materia. Por eso, exigen y exigen, aunque otra cosa es que pueda cumplirse con sus exigencias. Piensan, como nuestros ministros, que les tocará a otros comprobarlo o reconducirlo. Pero sucede que en esa mesa de ajedrez están las personas, que van perdiendo su fe en un proyecto europeo que ha abjurado de sus principios fundacionales y que está desmantelando el gran consenso político y social de la Europa de la posguerra. Acuerdo que hizo posible la prosperidad y la estabilidad, dos conceptos que ahora parecen importar poco.

A los españoles, éstas políticas europeas nos tienen desconcertados y también desilusionados, ya que pensábamos que Europa era la solución para muchos de nuestros problemas y parece convertirse en el problema, aunque no el único. Por eso, para evitar que el desencanto se convierta en rechazo, sería aconsejable romper con las inercias dominantes y con las directrices dañinas, haciendo un uso inteligente de nuestra capacidad como país y del cumplimiento fiel de nuestras obligaciones desde que nos incorporamos al proyecto europeo. Creo que es hora de que los partidos políticos se tomen la molestia de profundizar en el estado de cosas de las políticas europeas y de sus consecuencias, abandonando los latiguillos al uso.


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