Res Pública

Barcelona queda lejos pero no tanto

Esa es mi impresión cuando leo las noticias, escasas y confusas, de lo que se cuece allí: la obra de teatro montada por el independentismo tiene más de culebrón sudamericano que de proyecto para construir otro Estado nacional en el continente europeo, que vive entre la impostura de la construcción supranacional y la amargura de contemplar su inviabilidad por las desgracias de algunas de sus naciones integrantes, como se ha demostrado en el caso griego. Para un español normal lo de Cataluña resulta muy lejano porque, a pesar de ser una de las regiones importantes de España, casi nada se sabe de su vida y de sus problemas, aunque suponemos que son análogos a los del resto de la nación. Lo único que se sabe es que los señores que mandan allí desde hace mucho tiempo quieren salir de la casa común, pero no saben cómo hacerlo. Su guion es voluntarista porque parte de la premisa de que el Estado se va a limitar a reconocer la independencia sin resistencia alguna. Craso error, porque hasta el Estado más débil, y el español lo es en grado notable, se resistirá, incluso utilizando unas docenas de guardias civiles. Cuestión distinta es el después, que nadie desvela, porque no hay planes B ni en Madrid ni en Barcelona, pero sí se puede afirmar que, mientras los nacionalistas dominen las instituciones, el problema persistirá. De momento, todos los actores se solazan con sus soflamas sin explicar cómo vamos a salir de la crisis española, que supongo que es lo que interesa a los españoles.

Parece que Cataluña y sus clases dirigentes han llegado a la conclusión de que no vale la pena hacer esfuerzos para vitalizar al Estado español

Ni en Barcelona ni en Madrid creen en el Estado

Se podría pensar que Cataluña es la serpiente de verano, una vez aparcado el asunto de Grecia prestándoles dinero para pagar deudas, gran invento de la nueva economía financiera, escarmentando de paso a esos parvenu ilusos de Atenas. Y, efectivamente, creo que ese puede ser el primer sentimiento que aflora, ya que todo el mundo da por sentado que lo de Barcelona son chifladuras sin porvenir de cuatro nacionalistas. Lo que pasa es que, chifladuras o no, el problema político, y sobre todo social que crean, supone añadir una albarda más a los muchos problemas que tenemos que enfrentar para ordenar nuestro país. Y parece que Cataluña y sus clases dirigentes han llegado a la conclusión de que no vale la pena hacer esfuerzos para vitalizar al Estado español, prefieren explorar no se sabe bien qué a ver si descubren otro Mediterráneo. Por su parte, los otros dirigentes del Estado tampoco lo tienen claro y lo fían casi todo a la pusilanimidad de los catalanes y a la Unión Europea, manantial inagotable de ilusiones perdidas. Es decir, tampoco creen en el Estado español. Con este cuadro cualquiera puede imaginar lo que saldrá del guiso independentista, cuya cocción vamos conociendo a retazos en medio de los calores veraniegos.

Es en verdad un juego de minorías por las alturas, tanto en Barcelona como en Madrid, cada una de ellas acompañadas por sus mesnadas mediáticas, algo más nutridas las de Barcelona, que piensan que la sociedad española está curada de espanto y terminará asumiendo lo que le vendan, ganen los de más acá del Ebro o los de más allá. Puede que en esa apreciación no les falten razones, después de comprobar las anchas tragaderas del pueblo español con los abusos y corrupciones de sus elites catalanas o madrileñas, por simplificar, pero nunca se puede descartar que esos juegos dialécticos terminen removiendo instintos primarios en direcciones imprevisibles. No sería la primera vez y luego será tarde para preguntar cómo ha sido posible desastre semejante.

Puede que no llegue la independencia pero sí llegará un amasijo de problemas que envenenarán la convivencia

Lo español es una rara avis en extinción en Cataluña

Si a la lejanía o inhibición que se observa en el conjunto de España sobre lo que se cuece en Barcelona, se añade el elenco de fuerzas políticas o movimientos nacionalistas que circulan por las tierras catalanas, se podrá constatar que allí lo español es una rara avis en extinción, gracias al esmero que han puesto en ello los partidos nacionales españoles. Y ese cuadro parece un muro infranqueable para aquellos que, de buena fe, piensan que las cosas se arreglarán con actos administrativos o sentencias judiciales. Puede que no llegue la independencia pero sí llegará un amasijo de problemas que envenenarán la convivencia y que convertirán la próxima legislatura de las Cortes en un remedo de los tiempos agónicos de la IV República Francesa a propósito de la independencia de Argelia.

Nuestros socios europeos, que han quedado exhaustos con el derroche de inteligencia que han hecho con Grecia, no sé si estarán por la labor de auxiliar a nuestro Gobierno si lo de Cataluña se descontrolase. Hasta el momento parecen tranquilos y dispuestos a pasar el verano sin sobresaltos. Quizás sea lo mejor, visto lo visto, pero más nos vale hacernos a la idea de que va reapareciendo entre nosotros un viejo problema español que, desgraciadamente, no se ha sabido resolver en más de un siglo. Como se dice en Barcelona, es para hacérnoslo mirar.


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