Res Pública

El Banco Central Europeo de gira en Barcelona

Ha sido todo un acontecimiento la visita de los mandamases del Banco Central Europeo a Barcelona: han llegado con un escudo protector costosísimo, lo que indica la mala conciencia por sus actuaciones y el temor que sienten a que las víctimas de las mismas no sean tan sumisas y obsequiosas como los gobernantes que les reciben y les halagan con lujos. Un buen ejemplo de cómo se entiende la austeridad pública. Pero, contra todo pronóstico oficial, los barceloneses han considerado que el mayor desprecio es no hacer aprecio, dejando en ridículo la parafernalia defensiva montada y poniendo de manifiesto, una vez más, que la gente es más seria de lo que parece y prefiere no atender ni oír la palabrería oficial, que solo se traduce en más cargas y sacrificios para la mayoría. Y en todo esto tienen mucho que ver los ilustres turistas de Barcelona, que auspiciaron en su día una expansión crediticia desmesurada que ha descoyuntado las economías del sur de Europa, especialmente la nuestra.

Turismo de lujo y recortes

La puesta en escena de Barcelona no ha ido más allá del turismo de lujo. Para un país que se encuentra huérfano, a la espera de un Moisés que le indique el camino a seguir, las declaraciones de los visitantes y de sus anfitriones han sido la reiteración de los lugares comunes y de las recetas baldías, que no aportan ni una leve esperanza para salir del atolladero en que nos han metido. Porque afirmar que hay que seguir con las reformas, léase recortes, sin expresar cuáles y con qué finalidad e insistir en que hay que sanear los bancos sin dinero, a base de ajustes contables y otros montajes de ingeniería financiera, resultaría grotesco, si no fuera por las consecuencias dramáticas que se derivan de tales proclamas. Lo que no se entiende es que todavía haya quienes se tomen la molestia de hacer sesudas interpretaciones y análisis de aquellas, después de lo que ha llovido en éstos cinco años plagados de fracasos y de insensateces.

Es verdad que todo lo que puede empeorar, empeora, pero no podemos descartar que la sucesión de los fracasos y el ahondamiento de la inactividad sean el prólogo de algunos cambios en Europa y en España para restaurar la razón y el sentido común. Si eso fuera así, lo de Barcelona se puede entender como una despedida de fin de semana de los artífices de las políticas caducas, aunque todavía no sepamos quienes y cómo les sustituirán. Al fin y al cabo, prefiero el refugio del voluntarismo del cambio que seguir asido a las certezas del mal gobierno; por lo menos hacer lo que, elegantemente, han hecho los catalanes, ni caso. Aunque no lo parezca, ese puede ser el principio del cambio.

El motor de agua no funciona

Nuestro jefe de gobierno, que está probando la hiel de la insolidaridad europea, se ha dejado de rodeos y le ha pedido al  gobernador del BCE que siga imprimiendo billetes y que suministre liquidez, porque el invento del motor de agua no funciona. Yo creo que, como el pedir no hace pobre, le hubiera pedido además que interceda ante otras instituciones comunitarias para que envíen una nutrida remesa de fondos para arreglar de una vez el sistema bancario español, cuya reestructuración y saneamiento parecen el cuento de la buena pipa. A lo mejor se lo ha pedido y no nos lo han dicho, para evitar las admoniciones de tanto camelista que sigue vendiendo humo para no reconocer lo que se ha perdido en la aventura de la expansión crediticia. Habrá que estar atentos.

Los protegidos visitantes de Barcelona se han marchado en la víspera de acontecimientos electorales en Francia y Grecia que, según se dice, pueden influir en la llegada de los cambios que se necesitan. Ojala sea así. Puede que Grecia, tan pequeña y tan maltratada, de una respuesta más contundente que Francia, porque los dos candidatos presidenciales de éste país tienen demasiados compromisos con las políticas actuales. Cuando se publiquen éstas líneas, se sabrá. De momento, aquí se seguirá elucubrando sobre el banco malo, que recuerda los grandes inventos del TBO, el ajuste fiscal y los agravios territoriales a la espera de que lleguen otras órdenes o iniciativas, o mejor el milagro que nos saque de la vaciedad y de la incertidumbre.


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