Res Pública

Apuesta por el mañana con la fe del carbonero

Entre las idas y venidas de la tormenta europea que, si no fuera por sus dramáticas consecuencias, la contemplaríamos como una representación de opera bufa, conviene hacer algún comentario sobre nuestro propio país que se aproxima a unas elecciones generales, largamente esperadas, que podrían significar el comienzo de unos cambios sociales y políticos cuyo alcance se desconoce, aunque probablemente irán más allá del resultado electoral. Puede abrirse un tiempo nuevo, quizá inevitablemente confuso e inestable, a la búsqueda de aquellos cambios que resultan de lo que se demanda en las encuestas y que en su mayoría afectan al sistema político y económico español. Sus lacras, que van desde la corrupción a la incompetencia, lo han alejado de la sociedad y han degradado el ejercicio del poder público en un momento crucial para todos.

Es deseable que las elecciones generales se celebren con normalidad, superando anomalías de consultas anteriores, para poder constatar si la política española se va desprendiendo del voto de la memoria y da paso al dinamismo electoral propio de las democracias en las que el trasvase de votos entre partidos es una práctica habitual. Porque, al fin y a la postre, lo que se pide al elector es que haga una demostración de confianza, no de fe, en aquellos que considere más capacitados para administrar el poder público.

La historia atormentada de España durante el siglo XX, guerra civil y dictadura, ha venido influyendo en el comportamiento electoral de los españoles durante los últimos treinta años: el peso del voto ideológico, o lo que es, en mi opinión, el voto de la memoria, ha hecho posible que, con independencia del mayor o menor acierto de los gobernantes, éstos se hayan beneficiado de la fidelidad casi granítica de sus votantes, acentuando la oligarquización del sistema de partidos actual e impidiendo la regeneración del mismo.

No obstante lo anterior, conviene señalar que el paso del tiempo y la propia evolución de la sociedad española han alentado signos de cambio: la salida del poder de Felipe González en 1996, acompañada de la crisis de su propio partido, pudo ser el comienzo de la modernización del centro-izquierda español para afrontar sus problemas en un contexto de declive del socialismo europeo. Pero la vuelta inesperada al poder en el año 2004 cortó de raíz el cambio en el seno del PSOE, cuyo gobierno dedicó demasiado tiempo y esfuerzo a políticas un tanto marginales, con olvido de aquellas otras más interesadas en la educación y el equilibrio social. A ello sumó actuaciones muy favorables a los nacionalismos burgueses catalán y vasco, que han debilitado notoriamente al Estado y a su poder central.

Con tales políticas, el socialismo oficial se ha ido excluyendo como referente sólido para la recuperación democrática, en perjuicio de todo el centro-izquierda de España. Eso parece deducirse de los resultados de las elecciones de mayo y de los que pronostican las encuestas actuales. Por vez primera, se aprecian comportamientos electorales menos lastrados por la ideología y por la historia y más atentos a la confianza en los gestores públicos.

Los años transcurridos han sido convulsos en lo político y desastrosos en lo económico: la crisis financiera ha devastado el tejido productivo español y ha sembrado el miedo y la desconfianza, tal como se desprende de las encuestas publicadas. Ha quedado al desnudo la fragilidad no sólo de nuestra economía sino también la de nuestro orden político, que se muestra incapaz de enfrentar la crisis y se resiste a reconocer su fracaso. Hasta ahora se niega la apertura de otras vías y caminos con el objetivo de cambiar aquello que no funciona en beneficio de los ciudadanos. Y no solo eso, sino que se vende un mensaje que, además de injusto, es profundamente desmoralizador: los que gobiernan ahora y quienes les sustituyan deberán administrar la pobreza creciente, cargando el peso en los débiles, sin la menor exigencia hacia sí mismos, cuyo privilegio de dominio político es incuestionable.

Pero el hastío de la sociedad y las llamaradas de descontento crecientes con el actual estado de cosas no permitirán el mantenimiento de aquel mensaje ni de las políticas que lo justifican. Por eso, estas elecciones, que obligan a los españoles, preocupados por su propio porvenir vital y familiar, a tener casi la fe del carbonero para decidir entre dos personas, se convertirán más que nunca en una cuestión de confianza personal y no partidaria, para forzar la apertura de la puerta a los cambios negados durante demasiado tiempo. Sería la apuesta por el mañana de los ciudadanos que desconocemos si algunos dirigentes políticos estarían dispuestos a asumir. Mejor que sí lo hagan.


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