Res Pública

Andalucía, ¿elecciones inmediatas?

En el fragor de los líos políticos de la Villa y Corte, monopolizados por los problemas del PP y de su presidente, apenas tienen cabida otros asuntos, salvo el repetido anuncio de que, tras el verano, aparecerá la luz de la recuperación que ojalá sea verdad. Pero sí hay asuntos; ya me referí la semana pasada a Cataluña y hoy quiero dedicar unos párrafos a Andalucía donde existen más cosas que los ERES, siendo la principal el modelo político que ha fraguado allí: determinados politólogos aprecian en esa región del sur una deriva a la venezolana. Sin negar de plano tal juicio, opino que en la tierra andaluza se está llegando a la sublimación del actual sistema político español, cuyas premisas básicas son la oligarquía política y la desertización civil y educativa. Bajo tales premisas, el banco de pruebas de Andalucía ha alumbrado un hijo aventajado del régimen que, al contrario que Cataluña, no quiere abandonarlo; sus padres, los de la Junta, solo pretenden criarlo con autonomía y soltura a su mayor gloria y beneficio. Para ello es preciso mantener el Poder y si hay que organizar unas elecciones que aseguren el objetivo, se hacen, y en paz. Lo demás, me refiero al resto de España, importa poco. En eso sí coinciden con los catalanes.

El PSOE fue recibido con esperanza de transformación

La llegada del PSOE al Gobierno de la Junta de Andalucía a principios de los años 80, recién estrenado el Estatuto de Autonomía, suponía para muchos andaluces la esperanza de una transformación positiva de su región que, históricamente, había quedado relegada de los escasos brotes transformadores habidos en España, cuyo desarrollo comercial e industrial fue acaparado por otras regiones del país: el llamado triángulo de la riqueza, formado por Madrid, Cataluña y el País Vasco, al que avanzado el siglo XX se sumaron Navarra y Valencia. Eran los focos más dinámicos, tanto política como económicamente, de la nación, cuando inició su andadura el régimen de 1978. Andalucía aspiraba a formar parte del grupo tradicional de los que disfrutaban de mejor fortuna y por eso los andaluces creían que los flamantes dueños de la Junta pondrían las bases para conseguir dicho objetivo. Esas bases no son otras que la educación y el esfuerzo, acompañados de la pedagogía civil y democrática. Sin esos mimbres no se podía construir el cesto del progreso. No ha sido así: se prefirió volcar el esfuerzo de los poderes públicos en consolidar un modelo de partido dominante, más propio de los países subdesarrollados, acompañado de una sedicente alternativa de derechas, también poco interesada en cambiar el estado de cosas de la región.

Durante tres décadas, Andalucía ha sido receptora de ingentes cantidades de dinero público tanto europeo como nacional. Era de justicia, dado su grado de necesidad; lo que no ha sido justo, a mi juicio, es el uso que se ha hecho del mismo. No creo que sea controvertido sostener lo afirmado ante la realidad andaluza actual: todos los indicadores económicos y educativos la mantienen en la cola de la nación sin que se vislumbre cambio de tendencia alguno. Como consecuencia de ello, no ha sido posible fortalecer las clases medias y las burguesías urbanas que siempre representan la punta de lanza de los ideales de la estabilidad y del progreso en cualquier sociedad. En el caso de Andalucía, este fenómeno social ha sido determinante para facilitar los designios de quienes han monopolizado el poder en Sevilla, en amor y compaña con la derecha rancia de la región. Esta última, por mor de la degradación del pasado gobierno socialista de Madrid y de las corrupciones autóctonas, tuvo la ocasión de convertirse en el clavo ardiendo al que se agarraran muchos andaluces para salir del lodo, pero no lo consiguió por sus propias limitaciones ideológicas y los incumplimientos de sus conmilitones, flamantes gobernantes en Madrid. Entre los unos y los otros provocaron la espantada de 500.000 votantes que dieron su confianza a Rajoy en noviembre de 2011 y se la negaron a Arenas en marzo de 2012.

El socialismo andaluz va a por todas

Ahora, el presidente de la Junta, que comparte el gobierno con Izquierda Unida, un cirineo útil y transitorio, ha decidido su retirada y ha buscado una sucesora que tiene el perfil más adecuado al del modelo social fraguado en la región. Muy distinto al de él, que casa poco con el de los prototipos que se expanden desde la TV oficial de Canal Sur, verdadero opio del “pueblo al que tanto quiero y tanto debo” de nuestras inolvidables folklóricas. Un viejo socialista sevillano, Alfonso Lazo, recreaba recientemente éste fresco andaluz, a propósito de la joven sucesora, y se deleitaba imaginando cómo le rendirían pleitesía los rectores de las universidades andaluzas; yo añado, también la colección de empresarios que viven al sol de la Junta, porque no han tenido las ganas ni el genio para fabricar un universo de iniciativas alejadas de las mercedes públicas. En eso son parecidos a muchos capitalistas castizos que circulan por Madrid, verdaderos liberales de vía estrecha que, en cuanto aparece algún inversor extranjero, reclaman la protección del Poder para que les blinde en sus empresas.

Pues bien, en el Puerto de Arrebatacapas en el que se ha convertido la política española, los mandamases de Andalucía, atentos y experimentados, se aprestan a convocar elecciones con dos objetivos: obtener la mayoría parlamentaria, si es absoluta mejor, y devolver al PP al papel de acompañante del que tan buenos réditos obtiene. Venderán que se renuevan, y el referente es la joven candidata, y que necesitan más fuerza para aplicar sus “renovados” programas. Cuentan a su favor con el abstencionismo de las clases medias urbanas, huérfanas de liderazgos políticos y preocupadas por su porvenir en una región que se proletariza a marchas forzadas, y con el escaso calado electoral de los discursos sobre la moral pública, como ha quedado demostrado en elecciones sucesivas, y no sólo en Andalucía. El modelo de la Transición, profundamente oligárquico y esquivo con la educación, ha cuajado en el sur, porque ha dispuesto de la argamasa social para ello: un pueblo maltratado por la incuria de las viejas elites, que agradece con su fidelidad las escasas atenciones recibidas. Ninguna de ellas encaminada a hacer hombres libres, sólo súbditos confiados. Una pena que el PSOE sea el artífice de eso.


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