Res Pública

Andalucía y Cataluña: el fracaso de dos regímenes

El año electoral que ya está en plena ebullición va deparando noticias que indican el elevado grado de incertidumbre que sobrevuela la política española, dominada por el sentimiento de que la continuidad de lo existente no garantiza la mejora del porvenir y la inquietud por la falta de enjundia de las alternativas que están emergiendo. Por eso, la crisis española tiene unas características singulares que la separan de la de otros países europeos. Volveremos sobre ello, pero hoy, ante las elecciones regionales anunciadas o por anunciar, quiero referirme a los rasgos de esa crisis en las dos regiones más pobladas de España, Andalucía y Cataluña, la primera gobernada por el PSOE desde los años 80 y la segunda por los nacionalistas también desde los 80. En ambos casos, se fraguaron verdaderos regímenes que han dominado la trayectoria vital de sus poblaciones y que han dispuesto de medios y de competencias sobradas para construir un modelo democrático y civilizador en el que basar la prosperidad económica y la cohesión social. Evidentemente, ese objetivo no se ha cumplido y se desconoce cómo se manifestarán electoralmente los catalanes, con elecciones anunciadas, y los andaluces con rumores de adelanto electoral. En todo caso, lo que suceda será determinante para el conjunto de España.

La cultura de la subvención y la disputa en la izquierda andaluza

Los andaluces contribuyeron decisivamente con sus votos a la primera mayoría absoluta del PSOE en octubre de 1982, empezando por dar a éste partido el dominio absoluto de su región: ayuntamientos, diputaciones y Junta de Andalucía quedaron en manos del socialismo, cuyo objetivo programático era transformar una de las regiones más deprimidas de España, liberándola de la pobreza y de la desigualdad. Para ello, los dirigentes socialistas andaluces contaron con la ayuda de los gobiernos nacionales presididos por el sevillano Felipe González y, en otra etapa posterior, por Rodríguez Zapatero; un total de 21 años de los transcurridos desde 1982, sin que los restantes, con gobiernos del Partido Popular, se puedan considerar hostiles a los dirigentes de la Junta andaluza, sólo menos entusiastas.

Esos son algunos de los problemas que acarrea la cultura de la subvención y del monocultivo empresarial alrededor de lo público, porque cuando el Estado flaquea y sus recursos se debilitan, no existen resortes para superar el trance

La riada de recursos públicos llegados a la región del sur hacía pensar en el desarrollo de un tejido productivo generador de riqueza y de un modelo educativo que le diera vigor. Pero no ha sido así, por mucho que se insista en que las condiciones de vida han mejorado, circunstancia que nadie puede negar, como tampoco se puede negar que eso se ha producido en gran medida por la consolidación de un sistema subvencionado que, ante la falta de recursos públicos, puede quebrar con la amenaza consiguiente a la estabilidad social, que es lo que se vislumbra allí y que añade más presión en el seno de la izquierda andaluza para determinar cómo se administra la preeminencia indudable que tiene en la región.

Esos son algunos de los problemas que acarrea la cultura de la subvención y del monocultivo empresarial alrededor de lo público, porque cuando el Estado flaquea y sus recursos se debilitan, no existen resortes para superar el trance. Se dirá que ese es un problema general en nuestro país, y no lo niego, pero el caso de Andalucía es paradigmático, porque sus magnitudes y estadísticas así lo atestiguan: todas están por encima de la media nacional en sentido negativo. Y los mayores responsables son, sin ambages, los gobiernos sucesivos de la Junta de Andalucía y el partido dominante, el PSOE. Por ello, en Andalucía se está viviendo el drama español de forma más aguda, porque las redes del sostén público, aparte de que estén mejor o peor administradas, resultan insuficientes para encauzar la riada de la parálisis económica y del empobrecimiento, ya que el sector privado tiene una textura empresarial débil, que ha girado alrededor de lo inmobiliario y de los proyectos y políticas auspiciados desde el Palacio de San Telmo en Sevilla.

Los nacionalistas burgueses han aprovechado la laxitud de los gobiernos centrales y la indefinición del marco constitucional para construir un clientelismo diferente al andaluz, pero clientelismo al fin

Cataluña y el clientelismo independentista en entredicho

A diferencia de Andalucía, que ha vivido a gusto dentro del Estado español y que ni por asomo se plantea repudiarlo, en Cataluña los nacionalistas burgueses han aprovechado la laxitud de los gobiernos centrales y la indefinición del marco constitucional para construir un clientelismo diferente al andaluz, pero clientelismo al fin. Han volcado recursos infinitos en fortalecer y extender sus aspiraciones nacionales en detrimento de la calidad de los servicios públicos y de las infraestructuras necesarias para que el tejido empresarial de la región, más plural y variado que el andaluz, estuviera en condiciones de equilibrar el peso que los grupos multinacionales han adquirido allí, con los peligros de deslocalización que se han puesto de manifiesto en los tiempos que corren. Los sonoros cierres de empresas transnacionales no se han visto compensados por las realidades e iniciativas autóctonas, cayendo una parte significativa del peso de la crisis en el segmento de los trabajadores industriales catalanes.

Con independencia de las singularidades andaluzas y catalanas, también se han producido en las dos Comunidades casos sonoros de corrupción que emponzoñan en grado sumo el clima político y hacen dudar con fundamento de la capacidad de sus dirigentes para variar el rumbo seguido durante décadas. Ni Barcelona ni Sevilla pueden culpar de sus males a otros que no sean los que mandan en la Generalidad y en San Telmo. A los de La Moncloa, como mucho, se les puede considerar cooperadores necesarios, unas veces más entusiastas y otras menos. Y ahora todos ellos están con el sinvivir de qué hacer con las elecciones. De momento, los dirigentes nacionalistas catalanes ya han anunciado las suyas, que pueden depararles sorpresas desagradables, y en Andalucía se especula con el adelantamiento electoral. Entre las dos regiones suman el 35% de la población española y son exponentes de dos modelos de administración, teóricamente distantes en lo ideológico pero similares en las consecuencias que se derivan de décadas de mal gobierno. Por eso importa mucho saber lo que opinan los andaluces y catalanes que, con sus votos, pueden convertirse en testigos proféticos del futuro de la nación.


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