Res Pública

Albricias: el FMI ha descubierto el mediterráneo

Hacía unos meses que en éste caldero o guiso de las penurias económicas europeas se echaba en falta al FMI; pero ya ha llegado a su cita y nos “descubre”, para asombro de propios y extraños, que España esta mal, que no se vislumbra su mejoría, que las medicinas no son adecuadas y que, en todo caso, hace falta tiempo para resolver el problema del déficit. Nadie puede negar tales evidencias, más bien obviedades, pero lo que sí resulta chocante en el caso de España es que se utilice el informe del FMI para poner en solfa la política presupuestaria del gobierno, como si éste hubiera hecho algo diferente de lo que se viene practicando aquí desde hace años: los presupuestos son meramente virtuales y no se cumplen. Tienen carácter meramente indicativo, y ahora ni eso siquiera. Pero ante lo que dicen el FMI y compañeros mártires, me refiero a las archifamosas agencias de calificación, cabe preguntarse qué clase de ceguera padecen nuestros gobernantes, para seguir insistiendo en recorrer los caminos equivocados. Solo se me ocurre pensar que carecen de proyecto, que están sobrepasados por los problemas y que ponen su confianza en otros, Bruselas o Francfort, a quienes les importamos una higa.

Empacho de análisis de lo obvio

El problema de los informes, como el que da pie al comentario, es que, aparte de no resolver y de no descubrir nada que no sepamos, causan daños y siembran la desconfianza en el deprimido tejido productivo del país. En otros países no sé, pero en el nuestro, donde imperan la superficialidad y la falta de rigor, se da carta de naturaleza para bien o para mal a lo que dicen los extranjeros y de esta manera se evita entrar en lo que no se quiere, o no se puede entrar: que tenemos problemas serios, políticos y económicos, cuya resolución se rehúye porque padecemos un déficit agudo de líderes y de proyectos para ello. No son los políticos, tan criticados, los únicos que no están a la altura de las circunstancias; faltan también las voces de otros sectores, empresas, universidades, inteligencia…, para desmentir la ausencia de pulso de la nación.

Ahora nos dice el FMI que la depresión económica se va ahondando y que los problemas políticos internos oscurecen el porvenir. Se afirma, además, que los plazos de reducción del déficit no son realistas. Y todo esto lo dicen quienes han participado activamente en el diseño y ejecución de las políticas de la Unión Monetaria que están arrasando el sur de Europa, ¿qué es si no la denostada troika?, y no se ruborizan. A pesar de ello, todavía reciben la atención de muchos medios de opinión que demuestran gran embeleso por sus informes. En la orfandad que nos domina, se ha desechado cualquier intento de análisis y de crítica a lo políticamente correcto para echarse en manos del sadomasoquismo: las escasas propuestas de cambios se despachan por impropias o inoportunas o con la manida excusa ignaciana de que en tiempo de turbación, no hacer mudanza. Con todos mis respetos, los cambios son impulsados por la existencia de problemas o por la aceleración del tiempo histórico. Y España se encuentra, en mi opinión, en ambas situaciones.

Aletear en el vacío

Para el establishment en su conjunto es muy tentador mantenerse en sus trece y excusarse con la falta de autonomía para decidir; a lo más que se llega es a expresar el disgusto con Alemania, sin nombrarla, como han hecho el otro día nuestro jefe de gobierno y el presidente de la república francesa en una rueda de prensa patética. Se ignora que Alemania hace lo que no hacen los aludidos, velar por sus intereses. Los que protestan todavía se creen, cándidamente, que existe un proyecto europeo común y solidario, cuando, si en verdad existió, empezó a desvanecerse después de la unificación alemana de 1989. Desde entonces, el poder alemán ha ido creciendo al mismo ritmo que disminuía el proyecto comunitario. Los únicos que lo previeron fueron los ingleses y los escandinavos que se negaron a ceder soberanía en favor de la potencia germana. Hasta la Francia de la grandeur ha sucumbido: aquella Europa de que hablaba De Gaulle de Gibraltar a los Urales se ha trocado por ésta otra dividida entre el sur desvalido y el norte poderoso, encabezado por Alemania, verdadera potencia mundial, que busca su nuevo lebensraumen la política de acuerdos con Rusia y sus viejos satélites.

Alemania por sus fueros

Mientras las burocracias comunitarias se alimentan entre sí con los proyectos huecos de los Van Rompuy, los Durao Barroso, los Almunia…, para incordiar a los débiles, el eje del poder en el Continente se va afianzando alrededor de Alemania que hasta se permite hacer oídos sordos a las recomendaciones del FMI sobre las políticas de ajuste europeas. Los alemanes toleran el tinglado de Bruselas y contribuyen a su sostenimiento, porque éste representa la coartada europeísta para encubrir su expansionismo. Manejan su poder con gran inteligencia ante la perplejidad de sus socios.

Es verdad que se puede criticar a Alemania por haber abusado de la buena fe de quienes apoyaron su reunificación y contribuyeron a los costes de la misma, pero eso conduce a poco si no va acompañado de cambios de actitud de los propios Estados, sobre todo de aquellos que conserven un proyecto nacional. No es nuestro caso, y eso explica que, para suplir la carencia, desde los años 80 los gobiernos españoles nos hayan anclado en lo que ahora se muestra como un problema de primer orden para salir del atolladero en que estamos. Lo dice hasta el FMI, que ya es decir.

Lo que parece claro es que, con FMI o sin él, España necesita un programa nacional que mire al Atlántico para salir del círculo de hierro del fracaso comunitario. Hay que buscar otras alianzas y opciones políticas y económicas con las que recuperar el tono vital que vamos perdiendo aceleradamente. La política aldeana y dependiente debería dejar paso a otra en la que se expresen con claridad la defensa de nuestros intereses y el propósito de no convertirnos en un feudo empobrecido del sur de Europa.


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