Res Pública

'Acaba' la crisis y llega la realidad

Con todas las reservas que aconsejan la prudencia y las estadísticas de la contabilidad nacional, se puede pensar que las manifestaciones más agudas y destructivas de la crisis económico-financiera van expirando y por ello conviene fijarse en la realidad para saber a qué atenernos y prever cómo evitar recaídas, porque en el caso de España no puede descartarse nada, teniendo en cuenta que nuestros problemas son de mayor alcance, razón por la que hablamos de la crisis española, que es política e institucional además de económica. Y parece claro que, sin resolver adecuadamente la primera, resultará complicado ordenar la realidad subsiguiente a las tormentas financieras padecidas estos años. La nuestra es una realidad presidida por la devastación económica, el miedo al futuro y la desconfianza de la sociedad con los dirigentes y con sus propias capacidades colectivas para salir adelante. Mal asunto, cuando todo o casi todo está por hacer para emprender el duro camino de la reconstrucción nacional. Para ello se requiere un guión que a estas alturas está por escribir, porque la maraña de las cifras y de las estadísticas no debe distraernos de constatar los males profundos acumulados estos años, productos de un modelo político y económico que ha crujido a partir de 2007.

El Estado fragmentado y empobrecido

Cuando España se despeñó a causa principal de la enloquecida carrera especulativa de sus finanzas, centradas en el monocultivo fácil de lo inmobiliario, no se podía prever hasta dónde llegarían los destrozos. Ahora ya se puede hacer un primer recuento provisional con la esperanza de que no vayan a más. Y de ese inventario resulta que el PIB español se ha reducido en un porcentaje difícil de precisar, aunque solo la desaparición del sector de la construcción, que representaba alrededor de un 20% de aquel, nos puede dar idea de la envergadura de su caída. A ello hay que sumar la reducción generalizada de las rentas, por el paro y las restricciones salariales de los empleados, con efectos negativos sobre el consumo y el ahorro. En el lado opuesto, el endeudamiento del país ha crecido casi exponencialmente y ya está cercano al 100% del PIB oficial y creciendo, como acaba de afirmar Moody’s, lo que hace pensar que tenemos un problema añadido de dimensiones colosales que se mantiene aletargado, no sabemos por cuanto tiempo, para evitar nuevas convulsiones en el área monetaria europea. Compare el lector lo que ha supuesto en la crisis de la deuda europea el caso de Grecia con lo que podía suponer el asunto de España. Un verdadero incendio.

Es cierto que aparece de nuevo la inversión extranjera, pero es de temer que ésta tenga un componente más financiero que productivo y, en determinados casos, claramente especulativo. A grandes rasgos, España es una empresa llena de problemas que carece de plan de viabilidad y que, por tanto, está en manos de la voluntad de sus acreedores y de las directrices de terceros. Y eso nos conduce a hablar del problema político español que se resume en dos cuestiones: tenemos un Estado fragmentado, puesto al servicio del conglomerado compuesto por los partidos y empresas que viven de los recursos o del favor público, que se enfrenta al problema de su disolución. El Estado educador y benefactor que debería haber sido el objetivo fundamental del sistema democrático ha permanecido inédito en perjuicio de todos, incluidos los propios beneficiarios del sistema actual. Estos están aturdidos y no saben qué hacer con los proyectos de separación de aquellos de sus socios que piensan que este Estado ruinoso y sin proyecto ya no les sirve, una vez agotada la mina después de décadas de explotación.

Los ciudadanos cada vez pintan menos

Se trata de una disputa que, aunque no se quiera reconocer, condiciona la evolución de la política y de la economía españolas, centradas únicamente en ir saliendo del paso, en hacer malabarismos con las estadísticas y elucubrar sobre los resultados electorales, los próximos o los siguientes, mirando de reojo los movimientos de fichas de los jugadores que quieren abandonar el tablero. Unos se escudan en la Constitución, ¡a buenas horas!, cuya rigidez para ser reformada y la devaluación de sus preceptos son las mayores amenazas que se ciernen sobre ella, y otros alegan los presuntos deseos de una mayoría de ciudadanos para buscar otros derroteros. Pero tanto unos como otros son miembros destacados de un régimen político que no acierta a encontrar la salida a la penosa situación que han creado en el país, abusando de la buena fe de los electores. Pueden considerarse afortunados por la paciencia de los españoles, que todavía viven bajo los efectos de la vacuna trágica de la última Guerra Civil.

En una realidad así, los ciudadanos cuentan poco, salvo para seguir contribuyendo a los costes del tinglado, y progresivamente se van convirtiendo en pura mercancía electoral de un sistema cerrado, profundamente oligárquico, que encima está siendo carcomido por sus disputas internas. Pero llegará el momento en el que los ciudadanos tendrán que pronunciarse sobre la superación de la crisis institucional, después de debatir en libertad las propuestas que se les hagan. En términos democráticos no se me ocurre otra cosa. Desde luego, si fuera cierto que las convulsiones más agudas de la crisis económica se están extinguiendo, no parece que los arquitectos para la reconstrucción de España vayan a salir de las filas de los que monopolizan ahora el poder público. Eso es lo que provoca incertidumbre y descreimiento. 


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