Punto de equilibrio

Hasta aquí han llegado las pensiones privadas

La previsión social es uno de los grandes avances de una sociedad avanzada. Esta Europa que ahora languidece puede presumir de haber sido pionera de un estado del bienestar en el que el trabajador, al abandonar su actividad laboral, podía disfrutar de unos ingresos aceptables, que le permitían mantener su nivel de vida los últimos años de su existencia gracias a un sistema solidario público. 

Además, se desarrolló un modelo complementario de pensiones privadas, que en España han cumplido ya 25 años. Al bueno de Pedro Solbes le inflaron a yoyas cuando recomendó a mediados de los 90 que todos los españoles fueran abriéndose un fondo privado, a pesar de que en ningún momento dijo que eso significara que no se iban a pagar las pensiones públicas que, ojo, de momento se siguen pagando religiosamente.

Pero ahora ya sabemos todos que están estas últimas. Heridas de muerte, por una curva demográfica insostenible y una tasa de paro no vista desde los años 80. En 30 años habrá poco más de un trabajador por pensionista. Ahora mismo, hacen falta 8,5 mileuristas para aportar el equivalente a una pensión máxima, según datos aportados por La Caixa hace pocos días en unas jornadas organizadas por BBVA, precisamente para conmemorar ese 25 aniversario. El Gobierno, sin embargo, maneja esto como un asunto de máxima sensibilidad. No se atreve a congelarlas, a pesar de que su impacto en el ciudadano no será demasiado fuerte, mientras que el ahorro para el estado sería enorme. Pero el asunto toca directamente el nervio electoral y eso hace mucho daño a nuestros políticos. 

Todo el mundo es consciente de que las pensiones públicas están fatal, pero lo cierto es que las privadas también van de mal en peor. Están en un momento más que delicado. Más bien agónico y su crisis es de modelo, no coyuntural.

Privilegio

Hace más de 10 años que no ve la luz ningún plan de empleo nuevo, privilegio sólo al alcance de grandes corporaciones, ya que nunca se ha contemplado de manera real la posibilidad de facilitar la implementación de estos instrumentos a la pequeña y mediana empresa.

Los planes de empleo públicos (para funcionarios, hablando claro) tienen una dotación testimonial y los planes privados han sido un auténtico desastre. No valen paños calientes: las pérdidas sufridas en estos años en unos mecanismos que no precisan de una gran liquidez y que son instrumentos de previsión constituyen una vergüenza. Por muy de renta variable que sea un plan, no es de recibo que haya perdido esas cifras de dos dígitos año tras año. ¿Qué se le puede decir a alguien que haya aportado 10.000 euros durante los últimos 10 años y ahora tenga 6-7.000? 

Las entidades comercializadoras no les han dedicado la menor atención, limitándose a recomendarlas como producto para adelgazar la factura fiscal. No ha penetrado la idea de que a partir de los 30 años es bueno dedicar un pequeño importe (20, 40, 60 euros... no más) al plan de pensiones, como lo demuestra que la inversión media invertida en planes privado es de 14.000 euros. La de fondos de empresa ronda los 70.000 (ahí se nota el poderío), y los públicos alrededor de 1.000. 

Son pocos

Eso, los que lo tienen, que ahora mismo son unos 8 millones de titulares y bajando (a finales de 2008, la cifra era de 8,64 millones). Conviene recordar que la cifra de partícipes no significa la de personas: hay mucha gente que tiene varios planes, por tanto, menos de un tercio de la población activa tiene plan privado. Complementar la pensión pública no ha sido una preocupación. 

Ahora mismo, las empresas aportan cada vez menos, entre otras cosas porque no paran de aligerar plantillas. Las aportaciones tampoco van mejor, cosa inevitables con 5,6 millones de parados. A finales de 2009 había 53.200 millones de euros y a finales del primer semestre hay 49.825 millones. Efecto minusvalías de cartera, por supuesto, pero también es verdad que no entra el dinero como debiera en el sistema. Ni en broma. Merece la pena ver qué dice Wikipedia sobre las pensiones. Me he quedado de piedra al verlo por curiosidad: fracaso, fracaso, hundimiento… Por cierto, sólo un tipo como Pinochet tuvo algo de visión con este tema. (Perdón por poner su nombre, lo digo sólo como curiosidad).

Ha fallado todo. En primer lugar, los Gobiernos sucesivos a la hora de impulsar estos productos, por aquello de que parecía que estaban desmontando a la vez el sistema público. Luego, las comercializadoras, porque casi ninguna los ha tratado con cariño. Y voy más lejos: algunas han usado estos instrumentos para colar sus propias guarradas, prorrateando pérdidas de otras operaciones, yendo a colocaciones poco atractivas para cubrir los intereses del banco de inversión de la casa que participaba en esa emisión… Si alguien me quiere desmentir, que lo haga.

Y también la sociedad, negándose a mirar con interés su futuro a través de la previsión. Muchos dirán que no pueden y será verdad en muchos casos. En otros no: casi todo el mundo puede apartar algo testimonial cada mes.

Pero, recuperando esas jornadas de BBVA, me quedo con una frase que repitieron muchos ponentes: “hasta aquí ha llegado el sistema”. A partir de ahora, habrá que reinventarlo. No bastará con un impulsito fiscal. Su redefinición deberá ir de la mano del nuevo modelo social que surgirá cuando salgamos de esta crisis, si es que lo hacemos algún día. 


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