Punto de equilibrio

¿Y de las auditoras de bancos y cajas no habla nadie?

La actual crisis es una crisis totalmente estructural y de ella no se saldrá sólo con eurobonos o fondos de rescates. Hay que remover cimientos, cambiar esquemas, y conseguir que la Justicia actúe. Cosa que, por cierto, no está ocurriendo. Cayó Lehman Brothers, pero no se reguló el papel de la banca de inversión, ni los activos tóxicos. Las agencias de rating continúan sembrando la controversia, por decirlo de manera amable, y los estados agachan la cabeza ante ellas. ¿Y las auditoras?

Resulta que a la CAM la auditó KPMG durante un montón de años, sin el menor problema. Al Banco de Valencia, Deloitte, y tres cuartos de lo mismo, aunque esta misma firma puso alguna pega en los últimos tiempos, en Cajasur. Algo mejor se portó Ernst & Young con CCM, aunque también muy al final, cuando ya el tema estallaba. Pero nadie levantó la liebre cuando todas las cajas presentaban incrementos de beneficios del 74% anual. Nadie. 

No lo han hecho siquiera cuando se han tenido que abordar fusiones a la desesperada, seguramente porque ahí había otro filón de negocio. Sobre Novagalicia, resulta casi delicioso este teletipo de Europa Press, de este año, que afirma que “ la due diligence encargada por la Xunta a la auditora KPMG concluye que la fusión entre las dos cajas gallegas, Caixa Galicia y Caixanova, es solvente, garantiza la galleguidad y está avalada técnicamente”.

Siempre he sostenido que la banca de negocios y la calificación crediticia son negocios intrínsecamente perversos, y añado, por supuesto, el de la auditoría, donde hay un gran elemento de corrupción. He tenido la oportunidad de ver alguna salida a Bolsa desde dentro y el proceso es deplorable. La compañía objeto de la auditoría es inundada por juniors que miran hasta el último papel y anotan todo. Se pasan horas y horas, anotando en sus Excel todo, preguntando y, en definitiva, mirando hasta debajo de las alfombras.

Al poco tiempo, aparece un jefe de proyecto; un ejecutivo algo más senior, que es quien comienza a poner pegas, a inquirir y a pronunciar la palabra maldita: “salvedades”. Y, cuando se pone demasiado pesado y dice que hay que poner de manifiesto tal o cual inexactitud (o gran irregularidad), entonces el presidente de la compañía queda a comer con uno de los socios de la auditora; un jefe de verdad y apañan esa partida conflictiva. Se disfraza por ahí, se oculta por allá, se computa de tal manera... hasta que se soslaya el incordio. Eso se repite las veces que haga falta.

Y, si al final la cosa está muy complicada de esconder, las auditoras tienen una magnífica pluma para indicar en su informe que la cosa está fea, con un lenguaje hueco, de doble sentido, amable, que no entiende nadie y que dice sí pero no. Así, si algo estalla, pueden poner ese texto legal como defensa.

No hay manera de que digan “la situación de la compañía no es la que dicen oficialmente. No firmamos esto. Nos bajamos”. Eso sería lo mínimo. Pero nada. Las auditoras también son casas que tienen que defender sus cuentas de resultados y los bonus de sus ejecutivos.

Pues han sido enormes responsables de lo ocurrido en estos tiempos. Algo hay que hacer con ellas. Se me ocurren algunas cosas, pero callo, porque luego me dicen que soy un radical. Pero o se reordena a la banca de inversión, con sus activos tóxicos, sus posiciones propias en detrimento de las de sus clientes, sus colocaciones de lo que sea en el mercado, sus informes manipulados; a las agencias de rating, propiedad de empresas cotizadas, que además son pagadas por los propios emisores, y de las auditoras, que en tiempos de bonanza firman todo lo que se les ponga por delante, o no saldremos de esta. No sólo necesitamos anestesia, hay que entrar con el bisturí y extirpar el tumor.


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