Punto de equilibrio

Pemex va de la mano de un hedge

Asistimos en estos días a la absurda batalla en Repsol, desatada entre la mexicana pública Pemex y Sacyr. Una pelea condenada de antemano en mi modestísima opinión, ya que desenterrar hostilidades a las puertas de unas elecciones generales que pueden acarrear un vuelco radical en el Gobierno, si hacemos caso a las encuestas, parece una garantía de nadar para morir en la orilla.

La alianza entre la constructora que preside Luis del Rivero y Pemex obedece a una estrategia de dos descontentos en el capital de la compañía. El primero, eterno protestón y con ganas de mando (para algo es el mayor accionista, siempre que Emilio Botín no decida lo contrario) y el segundo, sorpresa, ya que es socio industrial internacional con apacible trayectoria durante lustros. Entre ambos rozan el 30% preceptivo para lanzar una OPA.

Pemex es una gran desconocida en España y puede que hasta se la mire con cierta condescendencia, por aquello de ser latinoamericana. Ahora, qué empresa. Es la mayor de México y unas de las mayores del subcontinente americano. Su presidente es la persona más importante de país, después del propio presidente del Gobierno.

Puede entenderse que tenga descontento por el comportamiento de la acción y por la ausencia de un director financiero y un CEO en la española. Asimismo, tampoco habrá visto con ilusión las operaciones de Repsol en Brasil, de la mano de Petrobras. Ni le gustó lo más mínimo las irrupciones de Lukoil o la petrolera china con presuntas ofertas hace más de un año. 

Ahora, ¿no hay nadie en Pemex que haga google? La firma se ha equivocado de compañero de viaje. Los mexicanos han demostrado discreción y estabilidad, justo lo contrario que la constructora. De hecho, la llamamos constructora porque eso dice su razón social. Como españoles, nos enorgullece que esté liderando la más emblemática operación de infraestructuras del mundo, el canal de Panamá.

Pero hace tiempo que un amigo analista me decía que Sacyr era más bien una corporación financiera, al más puro estilo de la Alba de los March. Eso me lo contaba después de la operación de asalto al BBVA, auspiciada porMiguel Sebastián, en la que tomó posiciones en derivados sobre el banco y dijo que quería comprárselo entero. Todo, con un respaldo político que se demostró impotente frente a un FG que se enrocó sin problemas. Al final, las huestes de Del Rivero se marcharon con unas enormes plusvalías, superiores a los 100 millones de euros, gracias al tirón de la acción, que disparó el valor de sus posiciones en derivados.

Qué decir de los beneficios de la venta de Itinere. Con esa operación bajó la deuda de los más de 19.000 millones de euros a los 11.000 millones a finales de 2008. Si en tiempos pasados me compararon a Sacyr con Alba, hace menos tiempo me decía otro analista directamente que “Sacyr es un hedge fund”. Una empresa que toma posiciones apalancándose, formulando promesas de grandes proyectos y marchándose al final con pingües beneficios.

Las pocas veces que he tenido contacto con Del Rivero me ha parecido una persona inteligente y con más calado del que ofrece su imagen pública, agresiva hasta lo tosco en ocasiones. Aunque en sus oficinas se enfurecen cada vez que se dice que quieren trocear Repsol o aceptar una generosa oferta por la petrolera de bandera española, resulta difícil creerles en su situación financiera, con una refinanciación del Santander en el filo de la navaja.

Sin duda las cuitas contra la gerencia de Repsol son respetables por parte de los dos aliados. Pero Pemex ya ha constatado que no está de acuerdo con los modos de Sacyr. ¿Se arrepiente de su alianza? En cualquier caso, seguro que no me equivoco si digo que son conscientes de que no van con el compañero de camino adecuado. Sólo con hacer google comprobarán que sus planes de asalto a otras empresas no han salido nunca bien.


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