Punto de equilibrio

Debemos demostrar nuestra inocencia

Es muy fácil acertar la quiniela después de conocer los resultados, pero lo del preconcurso de acreedores de Pescanova y posterior escándalo que tanto ha sorprendido a propios y extraños, era avisado por algunos. Mientras los analistas y los fondos de inversión se deshacían en elogios sobre ella, en internet había muchos análisis independientes, estupendamente fundamentados, advirtiendo de lo que se estaba cocinando. Algunos blogueros independientes no se cortaban al afirmar hace muchos meses que la empresa era una compañía Ponzi, incapaz siquiera de pagar los intereses de su deuda. Otros, en 2009 ya alertaban de que la entidad facilitaba poca información y que, puestos a tomar posiciones, “mejor hacerlo en Telefónica, BBVA o Santander”. Realmente, hay gente buenísima por ahí suelta. Es un consuelo. Merece leer con calma los dos últimos links.

Lo que está ocurriendo en Pescanova tiene derivadas buenas y malas. Las buenas son que siguen aflorando los pufos soterrados en la economía española y, aunque ahora hagan daño, el ‘efecto purga’ avanza. Las empresas impondrán de una vez la transparencia en su gestión y sus cuentas o morirán, porque los fondos ya no van a tragar con eso de que “esto es un club y el que no quiera estar, que no entre”. Sobre todo, en este escenario de financiación bancaria complicada. Lo malo es que, a partir de ahora, las entidades cotizadas van a tener que aplicarse para convencer de que no están engañando. Que no ocultan información. El emisor tendrá que demostrar su inocencia. Ya no sólo son los bancos y las inmobiliarias las manzanas podridas de España, ahora todo el mundo está pasando a ser culpable, hasta que demuestre lo contrario.

¡A todos!

Porque Pescanova ha engañado a todo el mundo: a los bancos acreedores, que prestaban sin parar unos importes que ahora parecen descomunales, a las casas de análisis y los fondos, que recomendaban de manera unánume y compraban sin parar (mención especial para Luxempart y Grupo Damm; vaya dos indocumentados, ¿no?), a la CNMV, que la dejaba estar tranquila, y a la auditora, que ha firmado limpios de polvo y paja (ni un solo párrafo de énfasis en 10 años) los informes anuales. Sólo algunos blogueros como los arriba citados avisaban de que algo pintaba raro.

Llegados a este punto, conviene hacer un llamamiento al Gobierno: ¿qué pasa con el 'súper regulador'? ¿Pretendemos salir de la crisis con las actuales dudas sobre seguridad jurídica en España y buen gobierno privado? Es preciso recordar que la corrupción no sólo se da en las cosas públicas, también en las particulares.

La CNMV ha abierto una investigación a Pescanova. Mejor tarde que nunca, pero el espectáculo sigue siendo bochornoso. El management (es decir, el presidente, Manuel Fernández-Sousa) se enroca, los Carceller están que fuman en pipa, los acreedores lampan información… Sin comentarios sobre los despidos de familiares cercanos a periodistas de Expansión, que informaban del escándalo en Galicia, presionados por la propia entidad.

Como en los bancos

Sinceramente, haría falta un ‘súper supervisor’ que hubiera intervenido la compañía gallega con todas las de la ley: fuera el consejo de administración y constitución de uno nuevo, formado por técnicos independientes, para intentar arreglar el entuerto con la mayor brevedad. Si sólo han sido unos desfases, producto de la grave crisis, se endereza la situación y se restablece a los gestores. Pero si no, que se limpie todo cuanto antes y se depuren responsabilidades.

Eso es respeto al accionista (el dueño real) y una apuesta por la seguridad jurídica y la ‘marca España’. En definitiva, facilitarle la vida al inversor... y a la ciudadanía, de paso.

¿Acaso no hace lo mismo el Banco de España y los bancos no son entidades privadas? Pues el que quiera estar cotizado, que asuma las consecuencias y deje de actuar con modos cortijiles.

De acuerdo, el organismo con sede en Cibeles no ha estado muy afortunado en años recientes, pero ha sido debido a la injerencia política. De nuevo, es preciso insistir en la independencia, como fuente de seguridad jurídica y amparo al inversor.

Si no se avanza en este sentido, será inevitable ver sobrevolar a muchos más buitres sobre España. Metafórica y literalmente. Ya han entrado en La Seda y están relamiéndose sobre las principales hoteleras. Por supuesto, han tomado sus posiciones en Pescanova, ¿o a quién nos creemos que ha vendido sus convertibles Luxempart? ¿Por qué ha incrementado su presecia Fidelity desde un paraíso fiscal? No será por el dividendo.

O nos quitamos las maneras personalistas y cortijiles en la empresa española o los inversores nos harán fú como al gato. Para eso, apoyo totalmente la figura de un mega supervisor, independiente, pero con la misma autoridad que un banco central. Un supervisor ‘de verdad’, con poder judicial, que no permita los vaciles que estamos viendo. 


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