Porque nada es casual

No es reto para un hombre solo

“¿Está TV3? ¿Podemos empezar?” El aparente desliz de Raül Romeva antes de comenzar la rueda de prensa en la que Junst pel Sí explicó la propuesta de resolución que insta al Parlament a "declarar solemnemente” el inicio del proceso hacia la república catalana, es una muestra más de la importancia que el independentismo da a la propaganda para alcanzar sus objetivos. A la propaganda, no a la información. Es la propaganda sistemática financiada con fondos públicos la que ha convencido a muchos catalanes de que una mayoría parlamentaria está legitimada para desobedecer las leyes democráticamente aprobadas sin que previamente estas hayan sido modificadas. Es la propaganda la que ha propiciado que una porción no pequeña de catalanes acepte como argumento de autoridad que una decisión política que supone el primer paso para romper con el orden constitucional no es más que un ejercicio legítimo de “libertad de expresión”. Es la propaganda la que ha persuadido a centenares de miles de que los casos de corrupción nada tienen que ver con el acelerón independentista de la derecha nacionalista.

¿Alguien con dos dedos de frente puede aceptar que el futuro de la Cataluña que hemos conocido esté en manos de esos trogloditas ideológicos de la CUP?

Ardua tarea la que ahora toca asumir para recuperar una sensatez aplastada por toneladas de papel prensa y millones de minutos de radio y televisión financiados con cantidades estratosféricas del dinero de todos. ¿Cómo recuperar el tiempo perdido y explicar a los catalanes no sectarios que no merecen su respeto quienes proclaman iniciado el proceso secesionista sin haber ganado el plebiscito? ¿Cómo hacerles ver que, salvo algún politicastro al que se pueda comprar o que tenga cuentas pendientes con España, ningún líder del mundo civilizado que merezca tal nombre va a tomarse en serio a estos tramposos?

¿Un error de cálculo?

Sí, se ha perdido mucho tiempo, pero el desafío es tan soez, tan despótico, que muy bien pudiéramos estar ante un serio error de cálculo. ¿Alguien con dos dedos de frente puede por un momento aceptar que el futuro de la Cataluña ilustrada, próspera y emprendedora que hemos conocido esté en manos de esos trogloditas ideológicos de la CUP? Porque eso es lo que en buena medida está pasando: que unos tipos que a duras penas alcanzaron el 8 por ciento de los votos en las elecciones plebiscitarias y plantean como principal oferta programática la desobediencia a las leyes vigentes han cogido  la sartén por el mango y a Artur Mas por las pelotas; y no sueltan la presa. Con la anuencia, a todo esto, del redentor, Oriol Junqueras, quien, al igual que el San Pablo de Emmanuel Carrère (“El Reino”; Editorial Anagrama), sigue agrandando su fábula con la ayuda de los cavernícolas encargados del trabajo sucio y la inestimable colaboración del Estado de Derecho, que le está despejando el camino a golpe de comisión rogatoria y registro.

A Junqueras le están allanando el camino la CUP y el Estado de Derecho, este a golpe de comisión rogatoria y registro

Junqueras, el más listo de todos con diferencia, sabe muy bien que la propuesta de resolución parlamentaria presentada el martes, hábilmente manejada, puede convertirse en una de las principales bazas electorales de Mariano Rajoy: el único partido capaz de hacer frente al secesionismo y bla-bla-bla. ¿Por qué entonces ha apoyado esta descabellada provocación? Una hipótesis: a Junqueras no le interesa que en Madrid haya un gobierno abierto al diálogo. Quiere todo o nada. La gloria o morir en la cruz. No tiene el menor interés en soluciones intermedias, razonables. No acepta melifluos reconvertidos (otra vez el San Pablo de Carrère), como Artur Mas. Entiende la confrontación como un eslabón imprescindible para alcanzar la independencia a través de la ruptura. Y para eso necesita a Rajoy en la Moncloa. O eso cree.

Todo va a depender de cómo gestione esta crisis el presidente. Una sugerencia: repásese, salvando las distancias, lo hecho por Aznar tras los atentados del 11-M de 2004 y manióbrese al revés. Dígase en todo momento la verdad. Actúese con frialdad pero también con firmeza. Búsquese la complicidad de cuantos más mejor. Este no es un reto para un hombre solo. A Rajoy se le ha afeado estos días su indolencia ante la ofensiva secesionista. No es una crítica caprichosa. Pero equiparar en el análisis pasividad y desprecio a la ley, como han hecho algunos, es un ejercicio política e intelectualmente insoportable.

Esto no va de postureos cosméticos o tildadas equidistancias. O se está con el Estado de Derecho o con aquellos que lo desdeñan. De eso va esto.


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