Porque nada es casual

La mentira ya no es lo que era

En estos interminables días de sequía climática y política, y entre tanta apariencia, ofuscación, desplante, desatino, pequeñez, vaciedad, incoherencia, disparate, tozudez e inanidad -por no ser exhaustivos-, tras la renuncia de José Manuel Soria a un puesto-chollo en el Banco Mundial recuperábamos una pequeña porción de esa natural credulidad de la que, en tan grandes proporciones, venimos desertando desde que la corrupción se instaló como una commodity en nuestra vida cotidiana.

El desistimiento de Soria, voluntario o forzado, es una buena noticia porque confirma que, a pesar de todo, algo está cambiando en la política española; que la mentira empieza a pasar factura. No siempre ha sido así. Mejor dicho, nunca ha sido así. Cierto que en política existen muchos tipos de mentira: desde la más zafia, hasta la definida hace tres siglos por John Arbuthnot como “el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables con un buen fin”. Para ilustrar abundantemente las mentiras pertenecientes a este último rango, basta con asomarse a la política catalana de los últimos años. Pero la mentira de Soria no da para tanto; es, fue, simplemente una mentira grosera, un engaño que incorporaba, como la mayoría de engaños destapados muy a pesar de quien incurre en ellos, la burla y el desprecio a los ciudadanos.

Habrá quien defienda que no se pueden equiparar mentira y delito. Quizá no en clave judicial, pero sí, y ya era hora, en términos políticos

Soria dimitió como ministro porque mintió. Dijo que no tenía nada que ver con empresas registradas en paraísos fiscales, y sí tenía. Habrá quien defienda que no se pueden equiparar mentira y delito. Depende: no en clave judicial, pero sí, y ya era hora, en términos políticos. El nombramiento del exministro como director ejecutivo del Banco Mundial, además de una especie de indulto prematuro, era una provocación en estos tiempos de ineptitud. Pero además, ponía de manifiesto cosas peores, empezando por el alarmante desapego de la realidad que han demostrado los promotores de tan brillante idea.

Aluminosis política

La elección de Soria hubiera supuesto un desmentido en toda regla del acto de contrición que, en materias de regeneración y transparencia, escenificó Mariano Rajoy en el debate de investidura. De hecho, la forzosa y forzada rectificación deja en el camino señales inequívocas de que al PP, en esto de los privilegios, aún le queda mucho confesonario por el que transitar antes de que los ciudadanos le otorguen su particular e imprescindible absolución.

La torpe gestión del ‘caso Soria’ ha dejado muy tocada la reciente vocación regeneradora del presidente en funciones. Por mucho que ahora se busquen parapetos, ningún argumento justifica la preeminencia de la fidelidad sobre la idoneidad. Se vista como se vista, este episodio es el último ejemplo del nepotismo al que en tantas ocasiones ha recurrido la vieja derecha en nuestro país y del que se ha contagiado una parte de la izquierda. El leal siempre por delante del competente; el militante, antes del independiente.

Por mucho que ahora se busquen parapetos, la torpe gestión del ‘caso Soria’ ha dejado tocada la vocación regeneradora de Rajoy

Esta especie de aluminosis que afecta a la política española tiene mucho que ver con la reiteración de casos como el que nos ocupa. El descrédito de los partidos no es solo un efecto más de la crisis; viene de lejos, es estructural, y está directamente ligado a la condescendencia con la que nuestros hombres y mujeres públicos, nuestros dirigentes políticos, han gestionado la mentira, en sus distintas variantes, cuando los que eran pillados en falta grave eran sus conmilitones.

Como ha apuntado acertadamente un colega, Rajoy perdió la votación pero ganó el debate. Sin embargo, este empeño de algunos en seguir manejándose en el Ejecutivo como en una finca particular, ha evaporado en tiempo récord los réditos de esa victoria, puntual pero políticamente relevante. Hay una parte de nuestra clase política que en el fondo sigue entendiendo el poder como un fuero, y confiando en la acción silenciosa de la catacresis, una antigua figura retórica cuyo punto central es el olvido. Y no saben, quizá porque no quieren saberlo, que los ciudadanos ya no están dispuestos a pasar ni una, que lo que reclaman es una catarsis –nada que ver con la catacresis-, ordenada o caótica, eso ya no depende de ellos; y que, por fin, parece llegado el tiempo en el que la mentira y el desprecio a la buena fe del sufrido votante no va a seguir saliendo siempre gratis.


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