Porque nada es casual

El mártir del 3 per cent

Es mucha la gente que se pregunta en Cataluña en qué estaba pensando Artur Mas cuando aceptó esto: “El Parlamento de Cataluña declara solemnemente el inicio del proceso de creación de un estado catalán independiente en forma de república.” Y esto otro: “El Parlamento de Cataluña como depositario de la soberanía y expresión del poder constituyente, reitera que esta Cámara y el proceso de desconexión democrática del Estado español no se supeditarán a las decisiones de las instituciones del Estado Español, en particular del Tribunal Constitucional…”.

¿Estaba pensando en los catalanes? No desde luego en los más de la mitad que no apoyaron el 27 de septiembre las opciones independentistas. Tampoco en buena parte de los que sí prestaron su voto a Junts pel Sí para que se iniciara un proceso dialogado y a los que nadie les explicó lo de la desobediencia o lo de la república catalana. Los mismos que ahora ven horrorizados cómo este señor de modales impolutos, pulcro representante de la burguesía catalana, se ahorca con la soga de nueve nudos que le tienden unos tipos que parecen dispuestos a terminar el trabajo que empezaron en los años 30 del siglo pasado.

CDC ha quedado reducida a cenizas, para regocijo de Oriol Junqueras, que está muy cerca de ver a ERC convertido en el partido preeminente del nacionalismo catalán

¿Pensaba acaso en los empresarios catalanes? No parece. Josep Bou, presidente de Empresaris de Catalunya: "Los empresarios estamos desesperados. Para Cataluña sería una tragedia económica. Apelamos a los políticos y al gobierno de la nación. Debe gobernar acorde a la ley, actuar y tomar decisiones".

Detrás de Bou están los grandes, empezando por Isidre Fainé Casas, presidente de Caixabank, dos tercios de su negocio fuera de Cataluña, que lleva tiempo viendo cómo miles de clientes se pasan a la competencia mientras intenta frenar, con discreción, faltaría más, esta cadena de insensateces. No, Artur no debía estar pensando en los empresarios.

¿Quizá pensaba en su partido? Salvo que lo hiciera en clave de Código Penal -luego iré con eso-, tampoco parece probable. Porque a Convergència ya no hay quien la levante. Mas la ha reducido a cenizas para regocijo de Oriol Junqueras, que está muy cerca de ver el próximo 20 de diciembre lo que no hace mucho solo se le aparecía en sueños: ERC convertido en el partido preeminente del nacionalismo catalán.

El pasado viernes, 6 de noviembre, el Liceu inauguraba su temporada operística. Se representaba, muy apropiado para la ocasión, el “Nabucco” de Verdi, un drama sobre la ambición y el poder. Casi nadie faltó a la cita. El president, con ese aspecto entre sonado y angelical que últimamente le acompaña a todas partes, saludaba con cara de circunstancias. Pero al que preguntaban “¿I ara que farèu?”, era a Junqueras, que por toda respuesta señalaba con los ojos a Mas y decía: “Él mismo”. Pues eso: el rey Artur y sus diez caballeros de la CUP. Sigamos.

Artur Mas nos ha descubierto el liderazgo de Rajoy y provocado un corrimiento de tierras demoscópico que, a día de hoy, impulsa las expectativas electorales del PP

¿Estaba pensando Mas en la comunidad internacional cuando aceptó las condiciones de un partido antisistema? ¿En Sarajevo como espejo? Lo dudo. No hay mandatario serio en el mundo mundial que compre el ejemplo de un político que, en una democracia, se salta a la torera la ley, por mucho respaldo que tenga en las urnas. Una nueva torpeza de este brillante estadista: tirar por la borda, al menospreciar el Estado de Derecho, la porción de legitimidad, minoritaria, pero legitimidad al fin y al cabo, que aportaba al procés el respaldo de muchos ciudadanos.

¿Y en el Gobierno? ¿Pensó quizá Artur Mas en que la cercanía de las elecciones generales, y el consiguiente enfrentamiento partidario, iba a pillar al Gobierno en una situación de debilidad que facilitara el éxito del golpe? Si le quedara algo de inteligencia política en la sesera, la respuesta sería que no. Pero no hay consenso al respecto. Desde luego, Mas midió los tiempos antes de soltar la bomba. Puede que se le pasara por la cabeza, como a Hassan II, cuando con Franco moribundo lanzó hace ahora 40 años la Marcha Verde, que este, con el Estado en funciones, era el momento adecuado. Pero ni Mariano Rajoy es Franco, ni él el rey de Marruecos.

Con el misil elegido, lo que ha provocado Artur Mas es que el 80 por ciento del Parlamento nacional, y el 90 del futuro, cierre filas en lo fundamental con el Gobierno; nos ha descubierto el liderazgo de Rajoy; y provocado un corrimiento de tierras demoscópico que, a día de hoy, impulsa las expectativas electorales del PP. Sobresaliente.

La impresión es que a lo único que Mas aspira es a que le retire el Estado de Derecho, antes de que lo haga la Audiencia Nacional

Y por último: ¿Estaba Artur Mas pensando, cuando se bajó los pantalones ante la CUP, en Artur Mas? ¿Se le aparecen por las noches el juez Bosch y los fiscales Grinda y Bermejo? Sí, puede que sea esta la única clave que ayude a entender, al menos en parte, lo sucedido. Lo que hace dos años no quitaba el sueño a nadie, un caso más de corrupción municipal, lleva camino de convertirse en la mayor red de extorsión de la democracia. Y eso es mucho decir para alguien que, estando en el núcleo duro del tinglado, pretende pasar a la historia como el salvador de la patria.

Las noticias que me llegan es que el juez y los fiscales ya cuentan con material suficiente para ir a por los “peces gordos”. El ”1992” que tumbó a Bettino Craxi, pero a la catalana. Mas no tiene fácil librarse. Desde luego no de la responsabilidad política. Muchos años al frente del Govern; demasiado cerca de los Pujol.

En febrero de 2005 Artur Mas logró que el entonces presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, retirara la acusación de que CiU cobraba sistemáticamente un 3% de comisión en la adjudicación de obras. Han pasado más de 10 años. Hoy, la impresión es que a lo único que Mas aspira es a que le retire el Estado de Derecho, antes de que lo haga la Audiencia Nacional. A quedar, para algunos, como un mártir; y no como lo que empieza a sospecharse que puede haber sido.


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