OPINIÓN

Esos tipos que jugaban a ser Allende y se quedaron en Kim Jong-un

Se acabó. Fin del cuento. El autoritarismo desacomplejado exhibido por el independentismo el pasado miércoles en el Parlament  ha enterrado el procés y legitimado todas las defensas del Estado de Derecho.

Esos tipos que jugaban a ser Allende y se quedaron en Kim Jong-un.
Esos tipos que jugaban a ser Allende y se quedaron en Kim Jong-un. EFE

Desprecio a la ley, menosprecio de las minorías, incompetencia, nocturnidad, soberbia infundada, linchamiento del discrepante, matonismo… Por fin tenemos ante nuestros ojos aturdidos el cuadro completo del secesionismo. Nada que ver con esa Cataluña abierta, feliz y próspera que nos vendieron; esa Cataluña que, liberada de la bota represora de España, sin plomo en las alas, se elevaría imparable hasta convertirse en la Suiza del sur.

Pura ensoñación. Y más después de constatar los efectos de este dislocado proceso. El recuento de daños pone los pelos de punta: una ciudadanía enfrentada, una economía quebrada, empresas en fuga, los grandes bancos a un paso de hacer las maletas, un sistema de poder en manos de la peor versión de los herederos del anarcosindicalismo, una imagen internacional, otrora excelente, construida a partir del esfuerzo colectivo que culminó en 1992, por los suelos.

¿En qué manos van a dejar los catalanes su futuro, en las de quienes respetan la prensa independiente o esas otras que alientan el linchamiento del discrepante?

¿Y todo por qué y para qué? Por dignidad; para ser libres, han dicho. ¿Dónde estará mejor el futuro de Cataluña?, se preguntaba hace poco Oriol Junqueras. El líder de ERC se contestaba a sí mismo con otra pregunta: “¿En nuestras manos o en las manos de los que tantas veces nos han demostrado que no nos quieren?” Yo le sugiero que se haga estas otras: ¿En las manos de jueces distantes e imparciales o cercanos y elegidos a dedo? ¿En manos de quienes respetan la prensa independiente o de quienes alientan el linchamiento de periodistas y persiguen a los medios no afectos? ¿En manos de unos dirigentes políticos prudentes o de aquellos que no dudan en utilizar el terrorismo para alcanzar sus fines?

Se acabó. Fin del cuento. El autoritarismo desacomplejado exhibido por el independentismo el pasado miércoles en el Parlament le ha quitado de un manotazo la careta sentimental a Junqueras. Esa que ha paseado por todas partes y que alimentaba la tesis de que esto no iba de dinero, ni de privilegios, ni de buscar atajos para blindar al clan Pujol y al resto de corruptos, sino de afectos, de sentimientos. Junqueras es el gran cínico de la función. El que habla de la falta de cariño de los españoles mientras desprecia los sentimientos de los catalanes que no comparten sus ideas. El que ha exigido diálogo mientras ponía palos en la rueda, porque, como ha escrito César Antonio Molina , “nada entorpece más el diálogo que el tener la convicción de que sus razones son notablemente superiores, en mucho, a las del otro”. El bueno de la película que deja hacer a los suyos cuando se trata de acorralar a la prensa y nada tiene que decir si los cachorros de la CUP proponen “señalar” (Assenyalem-los) a los contrarios a la independencia. Fascismo puro.

El recuento de daños pone los pelos de punta: una ciudadanía enfrentada, una economía quebrada, empresas en fuga, la imagen internacional por los suelos

El pasado miércoles, con su patada a todos los principios de la democracia y el Estado de Derecho en el Parlament, el independentismo firmó la defunción del procés y su divorcio definitivo de los estándares institucionales europeos. Porque, en línea con su actual nivel de incompetencia, en una infausta jornada, al ejecutar el golpe final de forma tan desairada y arbitraria, tan descaradamente antidemocrática, voló definitivamente todos los puentes que podrían haber conducido algún día a una supuesta comprensión internacional, diluyendo de paso cualquier duda que pudiera haber sobre la contundencia legal de la respuesta.

En sus ensoñaciones, estos tipos que rigen (por poco tiempo) los destinos de Cataluña, en algún momento han llegado a verse entre dos tricornios, conducidos a una oscura mazmorra castellana mientras Barcelona entera, en protesta por tamaña injusticia, se levantaba en armas. Por fantasear, incluso han fantaseado con Salvador Allende, con Mandela. Pero cuando despierten, con lo que se van a encontrar es con la respuesta del Estado de Derecho, la repulsa de la comunidad internacional y, por supuesto, con la citación de un tribunal entregada por un mossod’esquadra.

Algunos, en su delirio, han jugado a ser Allende, hasta que el 6 de septiembre de 2017 todos pudimos constatar que con quien en realidad compartían metodología era más bien con Kim Jong-un.


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