OPINIÓN

La moción falsaria de Pablo Iglesias y el discurso ‘felipista’ de un tal Ábalos

De cómo Iglesias montó una moción de censura para machacar al PSOE de Susana Díaz y acabó encargando en Interflora un ramo para Pedro Sánchez.

La moción falsaria de Pablo Iglesias y el discurso ‘felipista’ de un tal Ábalos.
La moción falsaria de Pablo Iglesias y el discurso ‘felipista’ de un tal Ábalos. EFE

Cierto día, preguntado Juan Carlos Monedero por cuál era a su juicio el principal defecto de Pablo Iglesias, contestó que la soberbia intelectual. Desde entonces, a Iglesias no le caben en el cuerpo las camisas de Alcampo. Más aún, diríase que cada noche, antes de conciliar el sueño, Pablo se repite ante el espejo las palabras del viejo camarada. Interiorizada su superioridad, Iglesias no se priva de restregárselo a los demás cada vez que se presenta la ocasión. Y la moción de censura de esta semana era perfecta para demostrar, sin límite de tiempo, su cultura enciclopédica, y el paupérrimo nivel de casi todos los demás.

Iglesias es un tipo de arrogancia sobrenatural. Pero sus adversarios no acaban de cogerle el punto. Incluso le hacen el juego. Montó una moción para machacar a la Susana Díaz que iba a ganar las primarias y acabó encargando en Interflora un ramo para Pedro Sánchez. Y apenas fue reconvenido por el fraude. Hace no demasiado tiempo dijo aquello de que “un pacto con el PSOE es absolutamente improbable”, y ahora no sabe cómo repetir la escena del sofá con el renacido general secretario de los socialistas. Buscaba salir a hombros por la puerta de los leones, y se tuvo que conformar con que un tal Ábalos le devolviera el saludo. Pretendía expropiar el título de líder indiscutido de la izquierda, y acabó leyendo el catálogo de indecencias del PP para al menos salvar la cara ante los suyos.

Iglesias buscaba salir a hombros por la puerta de los leones y por toda originalidad acabó leyendo el catálogo de indecencias del PP para salvar la cara ante los suyos

Se vuelve a constatar que Podemos cuenta con una eficacísima maquinaria de propaganda, capaz de trocar en éxito una operación fallida. Aunque es verdad que tampoco era demasiado difícil camuflar la derrota entre tanto fingimiento. Porque esta tercera moción de censura de la democracia ha sido la más falsaria. Los que la activaron se vieron obligados a camuflar sus verdaderas intenciones; el PSOE, en cumplimiento de su nueva hoja de ruta, hizo como que no iba con ellos; y Mariano Rajoy aprovechó el teatro para consolidarse como actor principal. El presidente no sólo salió vivo, sino reforzado ante sus colegas europeos como garante de la racionalidad.

Desmontado el escenario de títeres en el que un Iglesias exultante iba a tirar de estaca para dar su merecido, por igual, a Susana Díaz y a Rajoy, hubo que redactar a toda prisa un programa de gobierno, y claro, fue ahí donde el decorado se vino definitivamente abajo. Lo cuenta aquí muy bien Jorge Vilches: “En la moción de censura no hubo un programa de gobierno, sino una retahíla de vejaciones que parecen guionizadas para televisión”. Tal cual. A las televisiones amigas y enemigas se les echaban de comer abundantes raciones de corrupción, a ver si así no se fijaban en que Iglesias doblaba la cerviz ante la visión estratégica de Íñigo Errejón, de siempre partidario de la cohabitación con los socialistas.

Hacía mucho tiempo que no se veía al “niño” con esa cara, tan contento. Desde su escaño en la retaguardia escuchaba más feliz que una perdiz a Iglesias; porque en cierto modo se estaba escuchando a sí mismo. Y es que de no ser por la gran falla que condiciona como ninguna otra la estrategia y el futuro de Podemos, por ese corsé que le obligan a llevar las confluencias llamado derecho a decidir, o la autodeterminación de los pueblos, o como se quiera llamar, sino fuera por ese pequeño detalle, hubo momentos en los que en lugar de Iglesias parecía estar en la tribuna el Santiago Carrillo más sobrio y pragmático. Sobre todo cuando se comía con los ojos al portavoz del PSOE.

Si no fuera pecado, el discurso del portavoz del PSOE, José Luis Ábalos, hasta se hubiera podido calificar de felipista

Y es que una de las secuelas de las primarias socialistas, si Pedro Sánchez juega bien sus cartas, es haber metido en cuarentena algunas de las conclusiones principales de Vistalegre II, empezando, contra lo propuesto por Errejón, por encuadrar al PSOE en el bando enemigo. El PSOE, ante el universo de Podemos, ha recuperado la iniciativa. A partir de ahora será interesante ver cómo Sánchez modula sus relaciones con Iglesias. Y las primeras señales confirman una de las señas de identidad del líder socialista: su camaleonismo, su extraordinaria capacidad para adaptarse a las circunstancias. Malas noticias para Iglesias, que ve cómo el sorpasso se aleja de forma casi irreversible, que barrunta que lo mejor ya pasó y que sin el PSOE ya nunca será posible controlar el BOE.

Una evidencia de ese eclecticismo sanchista, en esta segunda fase, fue el discurso de José Luis Ábalos. Solvente, previsible, extraordinariamente diáfano y clarificador en relación al asunto catalán, a ratos brillante. Si no fuera pecado, hasta se hubiera podido calificar de felipista, y no solo porque el autor sea el mismo escribiente que en su día utilizaron González y Zapatero. Pero la orden era contemporizar, y  hubo concesión a Iglesias, ese guiño final a un futuro entendimiento. Pero un guiño casi tan falso como un duro sevillano, algo así como decir “bueno, ya te llamo yo”, porque, más que dirigido a Podemos, estaba concebido para no mosquear al sector más belicoso de la militancia socialista, que es el que aupó de nuevo a Sánchez.

Pedro Sánchez fue un moderado socialdemócrata en los viejos tiempos, cuando aterrizó en Bruselas; hay quien dice que incluso tirando a liberal, y por esas veredas anduvo hasta como quien dice anteayer. Eso de cantar la Internacional puño en alto siempre le pareció una antigualla, pero llegado el momento no le hizo ascos; ni a levantar el puño. A partir de ahora es más que probable que asistamos a un nuevo ciclo. Sin puño; y con poca música. Eso sí, todo se hará sin prisas.

La mala noticia para Iglesias es que ve cómo el 'sorpasso' se aleja, que lo mejor ya pasó y que sin el PSOE no será sencillo controlar algún día el BOE

No habrá ruptura total con Podemos, porque algún día se les puede necesitar para gobernar, pero a poco que le demos algo de tiempo vamos a ver a un renovado Pedro Sánchez, nada que ver con el que ganó las primarias (las secundarias en este caso); un Sánchez que ya ha conseguido lo que quería y es consciente de que, para subir al peldaño más alto, está obligado a virar la nave hacia aguas más templadas y a desprenderse de esa trasnochada capa de bolchevismo impostado en la que se envolvió para doblarle el pulso al aparato.

La prioridad de Sánchez va a ser pacificar el partido, para a continuación redefinir el campo de juego y levantar un muro de contención frente a Podemos, a ser posible sin ceder demasiado terreno. Sánchez sabe que para abordar con garantías su próximo objetivo, lograr un buen resultado en las municipales y autonómicas de 2019, tiene que ofrecer a los españoles un perfil nítidamente distinto al de Iglesias, alejado de quimeras irrealizables, porque de otro modo corre el riesgo de que muchos prefieran el original a la fotocopia. Si no, como diceIñaki Gabilondo, el PP no tendrá nada que temer.

Pablo Iglesias vive en un mundo de apariencias. Presume de haber sido uno de los triunfadores de la moción de censura y, sin embargo, nadie fuera de sus fieles y simpatizantes se ha enterado de cuál es su propuesta política para, ni más ni menos, gobernar el país. Presume de inteligencia, pero es una inteligencia de biblioteca, de libro de citas. Porque la inteligencia no se mide comparando la propia con una cuidada selección de la mediocridad ajena, sino verificando la capacidad de cada cual para, como define la RAE, entender o comprender (1ª acepción), y resolver problemas (2ª acepción). Iglesias ha demostrado cierta brillantez en el diagnóstico, pero sus recetas, más por intuidas que por conocidas, son inaplicables. Y cada día que pasa son más los que caen en la cuenta de este pequeño problema.

El Pablo Iglesias impostado y retenido de la moción de censura es un regalo para sus adversarios. Y en particular para Mariano Rajoy y Pedro Sánchez.


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