OPINIÓN

¿Dónde esconderemos al Rey Emérito en el 40 aniversario de la Constitución?

No hay prisa. Hasta el 6 de diciembre de 2018 tenemos tiempo de sobra para encontrar una excusa convincente. No, un viaje de Estado sería una coartada demasiado grosera. Mejor una cirugía menor pero insoslayable. O también nos podemos inventar otro elefante.

¿Dónde esconderemos al Rey Emérito en el 40 aniversario de la Constitución?
¿Dónde esconderemos al Rey Emérito en el 40 aniversario de la Constitución? EFE

No hemos escuchado ninguna explicación plausible sobre la ausencia de Juan Carlos I en los actos institucionales que celebraban el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas post franquistas. Y no la hemos escuchado por, una de dos, imposible o impertinente. Volvemos a reincidir, salvo excepciones, en pesados silencios acerca de los aciertos y desaciertos de la Corona. Y creo que, a estas alturas, es un error no hablar abiertamente y con naturalidad sobre los unos y los otros, en especial sobre estos últimos, los yerros. No los de antes, sino los de ahora.

Más si cabe cuando hay suficientes indicios de que no son producto de descuidos fruto de la inexperiencia, sino de estrategias aparentemente elaboradas para garantizar el futuro de la institución, pero que, muy al contrario, podrían desencadenar reacciones que ocasionaran un efecto distinto al perseguido. Algo así como desvestir a un santo para vestir a otro. Algo así como desnudar al Rey Emérito para arropar a Pablo Iglesias. Solo que, en esta ocasión, la santidad teóricamente beneficiada no parece aceptar de buen grado la indumentaria que se le ofrece.

El resultado del ‘olvido’ fue algo así como desvestir un santo para vestir a otro; desnudar al Rey Emérito para arropar a Pablo Iglesias

La Corona debe ser y parecer neutral, pero también útil, que lo es, solo que tan importante como serlo es parecerlo. En estos tres años desde su proclamación, Felipe VI ha sido un rey prudente, discreto. Era lo que tocaba. Pero en esta difícil coyuntura, ¿sigue siendo esta actitud suficiente para justificar el puesto; y, sobre todo, la que necesita el país? ¿Puede el rey de España seguir recitando discursos tan previsibles y convencionales que acaban siendo inocuos? ¿Merece la pena esa aparente renuncia a moderar y arbitrar el “regular funcionamiento de las instituciones” para no irritar a la que hoy por hoy sigue siendo una minoría, respetable, pero minoría?

La Constitución dice que España es un “Estado social y democrático de Derecho” cuya forma política es la Monarquía Parlamentaria. Y lo seguirá siendo si el titular se lo cree y cumple con su papel sin complejos, sin renunciar a corregir los errores del pasado, pero sin ocultar lo mejor de ese pasado para contentar a quienes no habían nacido o andaban en la escuela cuando otros construían, a base de imaginación, generosidad y renuncias, la casa común que nos ha cobijado hasta la fecha.

De la abdicación a la equidistancia

Pero hablemos de complejos. En enero de 2000, el ex canciller alemán Helmut Khol dimitía como presidente de honor de la CDU después de haberse negado a revelar los nombres de los donantes anónimos que alimentaron la caja de su partido. El pasado 1 de julio dirigentes políticos europeos y de otros continentes rendían homenaje a Khol: “paladín de la democracia”, “gigante de la posguerra”, “patriota alemán y europeo”, “un gigante político capaz de escuchar a los ciudadanos y mirar más allá del horizonte”.

Juan Carlos I, el Rey Emérito, no es Helmut Khol, pero como Khol se movió por zonas borrosas, y como Khol pasará probablemente a la historia por haber estado a la altura de las circunstancias cuando había que estarlo y no era fácil. En ambos casos, siempre habrá quien, cicatero, haga hincapié en el debe, en lugar de en el haber. Inevitable; incluso en parte saludable para que nadie equipare generosidad con amnesia. Lo llamativo es que esta perversa equidistancia histórica sea aceptada, incluso se alimente, por los estrategas de la Casa Real.

Si la decisión ahora ha sido no contar en las celebraciones del citado aniversario con quien contribuyó, por encima de los demás, a que en este país se recuperara la costumbre de acudir libremente a las urnas, asumiendo sin remilgos su papel y actuando como escudo protector de un gobierno, el de Adolfo Suárez, que, sin ir más lejos, se atrevió a legalizar el Partido Comunista, ¿qué vamos a hacer con el Emérito cuando el año que viene se cumpla el 40 aniversario de la Constitución?

Ni los pecados de don Juan Carlos, ni la reprochable conducta del cuñadísimo deben mediatizar la acción de la Corona justo cuando más necesario es su liderazgo

No hay prisa. Hasta el 6 de diciembre de 2018 tenemos tiempo de sobra para encontrar una excusa convincente. No, un viaje de Estado sería una coartada demasiado grosera. Mejor una cirugía menor pero insoslayable. O también nos podemos inventar otro elefante. Cualquier cosa menos la torpeza de dejarse otra vez olvidado al abuelo en casa para que no pongan mala cara los que desprecian la Transición.

La Corona ha solventado con nota la nada fácil tarea de recuperar la credibilidad perdida, empezando por la abdicación de Juan Carlos I, que fue un trabajo de orfebrería digno de aplauso. Sin embargo, los réditos obtenidos por aquella exitosa maniobra hace tiempo que se agotaron. En estos años, el trabajo principal de Zarzuela ha sido reordenar las prioridades y reconfigurar las pautas de conducta de la institución, adaptándolas a una sociedad que ya no es la que fue, y en la que, cuarenta años después de aquellas lejanas elecciones, los que pudieron votar entonces ya solo representan el 30 por ciento de la población.

Es un grave error dar la espalda al pasado reciente para hacerse perdonar por aquellos que, legítimamente, quieren trocar Monarquía por República

Es esta una tarea encomiable que ni ha sido ni será sencilla. Todavía quedan pruebas que superar, como el ingreso en prisión de Iñaki Urdangarin. Pero quienes hoy deciden el día a día de la institución no pueden seguir gestionando a la defensiva la política pública de la Jefatura del Estado. Ni los pecados veniales o mortales de don Juan Carlos, ni la reprochable conducta del cuñadísimo, castigada con una más que probable larga temporada a la sombra, deben mediatizar la acción de la Corona justo cuando más necesario es su liderazgo desde su papel moderador.

Mantener la vista puesta en el glorioso pasado sería un error. Dar la espalda a los actores principales de ese pasado para hacerse perdonar por aquellos que, legítimamente, quieren trocar Monarquía Parlamentaria por República, sería un error mucho mayor.


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