OPINIÓN

¿Y si dejamos en casa a esa España acomplejada que ha rehuido sus obligaciones?

De momento, pase lo que pase el 1-0, es vital mantener la racionalidad a toda costa, porque de lo contrario nos habremos hundido completamente en la trampa del independentismo.

¿Y si dejamos en casa a esa España acomplejada que ha rehuido sus obligaciones?
¿Y si dejamos en casa a esa España acomplejada que ha rehuido sus obligaciones?

No resulta fácil en estos días mantener la cabeza fría. Pero es imprescindible. No es nada fácil contrarrestar con sosiego, desde una posición institucional, el gamberrismo provocador de un Puigdemont que más parece un activista estudiantil o un infiltrado de la CUP que el presidente de la Generalitat elegido por un partido conservador, que es lo que es. Pero hay que hacerlo. Hay que mantener la racionalidad a toda costa, porque de lo contrario nos habremos hundido del todo en la trampa del independentismo, cuya extraordinaria progresión no tiene fácil explicación desde la lógica. Y es que hace tiempo que los secesionistas lograron introducir en el debate, con todo éxito, la irracionalidad como ingrediente primario. Ellos hablan de sentimientos, pero en realidad se trata de eso otro que sale de las tripas.

El secesionismo ha logrado exportar como conflicto político la insolidaridad supremacista de unas élites que se niegan a seguir contribuyendo a la cohesión del Estado

La política en Cataluña imita al fútbol. Al mal fútbol. Para los que promueven la separación no importan los métodos. No hay adversarios; hay enemigos. Lo esencial es ganar, aunque sea de penalti injusto en el descuento. Peor aún: lo prioritario no es ganar, sino que pierda el rival. Y a eso juegan, a ganar a cualquier precio o a ver perder al enemigo cuando ya no es posible reaccionar. Hasta se podría decir que en parte ya han ganado. Hace poco no eran nada, y ahora todo el mundo habla de ellos. Han logrado exportar como conflicto político la insolidaridad supremacista de unas élites, culturales, políticas y económicas, que se niegan a seguir contribuyendo a la cohesión de un viejo Estado en el que han progresado como nunca antes lo hicieron.

Pero eso no cuenta. Es más, se niega. ¡Cataluña ha sido históricamente maltratada! Es lo que dicen. Sin ningún rubor. Y no les faltan palmeros, como el presidente del PNV, Andoni Ortuzar, que ha afirmado sin ponerse colorado que “el Estado de las autonomías ha fracasado”. ¿A qué Estado se refiere? ¿Al que ha llevado a Euskadi a tener junto a Navarra la mejor sanidad de España, una de las más altas rentas per cápita y, en cuanto se termine la V vasca, la que probablemente será la más moderna red de comunicaciones del país? Vaya usted a contar ese cuento a Extremadura. Ortuzar miente y además lo sabe, pero tiene miedo. Tiene miedo a Europa. Se autoproclaman europeístas, pero es el europeísmo federal y sin privilegios localistas una de las grandes preocupaciones del nacionalismo. Porque la Europa futura, si quiere tener alguna opción de éxito, nunca admitirá excepciones de índole económico-financiera como la vasca o la que pretende Cataluña.

La política en Cataluña imita al fútbol. Al mal fútbol. Para los que promueven la separación lo importante es ganar, aunque sea de penalti injusto. No hay adversarios; hay enemigos

Ortuzar sabe muy bien que el principal enemigo del nacionalismo no es España, sino la consolidación de la idea que esboza una Europa más solidaria y homogénea. El nacionalismo necesita para sobrevivir de Estados débiles incapaces de desarrollar tal proyecto. De ahí la creciente preocupación que se detecta entre los dirigentes europeos más comprometidos con la UE por el efecto contagio que pueda activar la deriva catalana. De ahí, por contra, la satisfacción de los líderes del independentismo, que han visto cómo Europa ha pasado de la aparente indiferencia a prestar la mayor atención a la evolución del pulso que mantienen con el Estado español. Nadie, en Bruselas, Berlín o París, había dado crédito hasta hace solo unos días a la tesis de que unos políticos representantes de una de las regiones europeas más ricas llegarían a usar la insurrección para imponer sus tesis. Y casi nadie en Europa habría apostado ni un céntimo de euro a que algo así pasaría algún día en Cataluña. Precisamente.

Sin embargo, ha pasado, en parte por la muy tardía respuesta de todos los gobiernos de la democracia, de éste también, que solo ha acertado a poner en marcha cierta pedagogía cuando la epidemia ya afecta a órganos vitales del sistema de convivencia, como la escuela y la universidad. Da mucha pena ver cómo estudiantes que nunca han protestado contra la corrupción galopante que asolaba (y asola) Cataluña se echan ahora a la calle reclamando unas urnas convertidas en el mejor parapeto de los corruptos y de sus herederos.

Da pena ver a estudiantes que nunca han protestado contra la corrupción galopante que asolaba Cataluña echarse ahora a la calle reclamando unas urnas que son el mejor parapeto de los corruptos

Da pena ver cómo mientras estos jóvenes -y no sólo de la CUP- presionan a los tribunales, los que organizaron un latrocinio sistémico ocultan su patrimonio; mientras se hostiga a guardias civiles y policías, los corruptos destruyen pruebas. Y da pena ver cómo cierta izquierda, la “nueva” izquierda, se ha puesto al lado de esa élite insolidaria que busca ampliar sus regalías, abandonando a su suerte a las gentes humildes que llegaron a Cataluña hace 40, 50, incluso 60 años, procedentes de Andalucía, Extremadura, Castilla o Murcia, contribuyeron desde muy abajo a hacerla grande y próspera, y viven este trance como una penosísima amputación cuyos efectos se ven acrecentados por el vergonzoso ostracismo al que se les ha condenado.

No sé lo que va a pasar el 1-0. Pero sí lo que entiendo debería pasar después. Ahora que el nacionalismo ha abierto brecha propagandística en Europa lo más probable es que descarte la llamada DUI, Declaración Unilateral de Independencia. No parece que sea una decisión compatible con la pretensión de que la UE acabe intermediando entre Gobierno y Generalitat. Así que lo más probable es que, a pesar de ciertas resistencias, vayamos a elecciones. Y no demasiado tarde. Plebiscitarias, constituyentes o mediopensionistas, pero vitales para el devenir del desafío. Pretenderán aprovechar la calentura, la enorme capacidad de amedrentamiento demostrado por la maquinaria soberanista. Y será entonces cuando haya que echar el resto, hacer todo lo que no se ha hecho. Empezando por perder el miedo; por dejar en casa, todos, a esa España acomplejada que ha rehuido sus obligaciones durante demasiado tiempo; por plantar cara a las mentiras y la demagogia de la “factoría Junqueras”.

Y da más pena ver cómo la “nueva” izquierda ha abandonado a su suerte a los miles de viejos emigrantes que, desde el ostracismo, viven este proceso como una dolorosísima amputación

El 2 de octubre, pase lo que pase el día anterior, se ha de dar un paso adelante y recuperar el máximo terreno en todos los frentes, sociales, legales y políticos, para que aflore sin temor esa mayoría de catalanes, asustada y sobrepasada por los acontecimientos, que dice querer seguir formando parte de España. Porque mientras eso no ocurra, mientras no sepamos a ciencia cierta la dimensión de esa “mayoría silenciosa” y no consigamos que se movilice, no habrá solución que pueda llamarse duradera.


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