Porque nada es casual

Las crisis de Podemos y del ‘compi yogui’

Carezco de aptitud alguna para la profecía, pero tengo la experiencia suficiente en la observación de la política para saber que cuando alguien modifica de forma repentina su estrategia casi nunca es por casualidad. Por eso, tras escuchar en el debate de investidura a Pablo Iglesiasescribí en este blog: “Muchos problemas internos ha debido detectar el líder de Podemos para resguardarse en las más escarpadas estribaciones ideológicas y recuperar en su discurso viejos tics autoritarios y rancias descalificaciones bolivarianas”. Pensaba yo, como probablemente Iglesias, que un medido alarde de radicalidad, la exacerbación milimetrada del enojo contra la “vieja política”, podría ser terapéutica suficiente para cauterizar las heridas que a veces provoca la convivencia entre iguales. Pero no. No ha sido posible evitarlo. La testosterona o el infantilismo de los que habla Manuela Carmena, o quizá las contradicciones de esa “izquierda regresiva” a la que describe certeramente la experta en Oriente Próximo y en el Islam político Ana Soage, han confluido -nunca mejor dicho- y estallado en Podemos en el momento menos oportuno.

Justo ahora que el CIS certificaba que la Monarquía ha dejado de ser una preocupación para los españoles aparece una versión actualizada de ‘los Albertos’ en forma de 

compi yogui

Lo importante de la bronca entre pablistas y errejones no es la bronca en sí, sino sus efectos de puertas afuera. La crisis de Podemos reduce, por no decir diluye, las esperanzas que algunos mantenían de un gran pacto de izquierdas -a mi juicio injustificadas desde que Pedro Sánchez se “desposó” con Albert Rivera. Y aún si cabe más importante: libera casi por completo al líder del PSOE de la obligación de seguir buscando el acuerdo con su flanco izquierdo, situando el foco de la responsabilidad en las contradicciones internas de esa amalgama de sensibilidades que conforma Podemos. Los arrumacos entre Iglesias e ÍñigoErrejón son insuficientes para disimular la gravedad del goteo de tiranteces y deserciones que se viene produciendo de forma incesante de norte a sur y de este a oeste.

Ya ven, la política española es más volátil que los mercados de valores. Ayer era a Podemos a quien más convenía la repetición de elecciones; hoy, son probablemente PSOE y Ciudadanos los más interesados en colocar de nuevo las urnas a los colegios. ¿Y mañana? Chi lo sa; y ¡quién lo iba a decir! Cuando peor lo tenía Mariano Rajoy, viene Pablo Iglesias a darle un respiro. Por poco tiempo, eso sí. El debate de fondo sigue siendo el mismo, y para desgracia del gallego continúa girando sobre dos términos considerados de forma creciente gramatical y políticamente como el agua y el aceite: gobernabilidad y Rajoy. Y era esa la discusión en la que andaba enredada la intelligentsia nacional, de Zarzuela para abajo, cuando se coló en la controversia Javier López Madrid, yernísimo de Villar Mir y amigo del cole del Rey.

¿Neutralidad o autoridad moral?

Abro paréntesis: los SMS entre López Madrid, la Reina Letizia y Felipe VI son de 2014. A cuenta de las tarjetas black de Caja Madrid, un asunto en el que se han mezclado churras con merinas, están pagando algunos justos por pecadores, y acabará de mala manera -jurídicamente hablando- en el Supremo. Imprudencia real, sí, pero no motivo suficiente para desembarazarse de un amigo a las primeras de cambio. Cosa distinta es lo que se ha sabido después: la investigación abierta por la Guardia Civil por la participación en la financiación ilegal del PP del viejo amigo del monarca.

Hay quienes reclaman la intervención real, discreta pero intervención, para convencer a Rajoy y favorecer el desbloqueo de una situación política muy perjudicial para los intereses de España

Y es que justo ahora que el CIS de febrero certificaba que la Monarquía ha dejado de ser una preocupación para los españoles, aparece esta versión actualizada de “los Albertos” en forma de compi yogui. Mala suerte. O mala gestión de quien se debe ocupar de garantizar la limpieza del entorno. Quizá no estuviera mal que alguien revisara la hoja de servicio de quienes hayan compartido bocata y recreo con Su Majestad. Cierro paréntesis.

El incidente es superable, pero también llega en un momento de lo más inoportuno. Precisamente cuando la izquierda anti monárquica atraviesa su primera crisis seria y, con el prestigio de la Corona recompuesto, algunas voces reclamaban la intervención real, discreta pero intervención, para favorecer el desbloqueo de una situación política muy perjudicial para los intereses de España. Porque, qué caramba, dicen, es en estas ocasiones en las que se entiende y se espera que el Jefe del Estado tome cartas en el asunto. Traducido a todas las lenguas cooficiales: que Felipe VI pusiera su granito de arena -o puñado- para convencer a Rajoy de dar un paso atrás por el bien de la patria. Hasta anteayer parece que don Felipe anteponía neutralidad a autoridad moral, y no estaba muy por la labor. Hoy, seguramente, lo está aún menos. Aguardaremos acontecimientos.


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