OPINIÓN

Los vasos comunicantes que van de la ciénaga madrileña al tremedal catalán

Los últimos acontecimientos judiciales demuestran que, en esto de la corrupción, Rajoy no tenía razón, que el tiempo no lo limpia todo, mucho menos si el cauce del río no se ha dragado a fondo.

Rajoy y Puigdemont en La Moncloa.
Rajoy y Puigdemont en La Moncloa. EFE

Nuevo y muy severo contratiempo para Mariano Rajoy y sus planes de regeneración por desfallecimiento del contrario. Lo curioso es que el golpe llega desde Madrid, la tierra en la que nunca le quisieron y desde la que llegaron a montarle un golpe de Estado para que en 2008 no saliera con vida del congreso del partido, aquel de Valencia en el que, después de que el PP perdiera las elecciones de marzo, un José María Aznar ya arrepentido de la elección de su dedo traicionero activó sus peones, y Esperanza Aguirre, Jaime Mayor, Ángel Acebes, María San Gilet alii a punto estuvieron de salirse con la suya y poner fin a la carrera del gallego.

La pasividad de Rajoy ha tenido el efecto perverso de que la noticia de la detención de Ignacio González sea mucho peor para él que para una amortizada Esperanza Aguirre

Después de aquello, de que Feijóo, Camps y Barberá, Javier Arenas, Soria y Juan Vicente Herrera se pusieran de su lado, y de que Aguirre no fuera capaz de aglutinar una candidatura alternativa, Rajoy volvió a contemporizar y permitió que Madrid siguiera en las mismas manos, descartando las recomendaciones de los que le decían que había llegado el momento de cambiar de caballos en la capital. Claro que, a efectos de equilibrio interno, Madrid no era solo Esperanza; Madrid era mucho más, empezando por el contrapoder que representaban Aznar y su entorno y siguiendo, como se está viendo estos días en toda su crudeza, por la red de intereses montada alrededor de la ex presidenta madrileña, por un lado, y de Rodrigo Rato por otro. Intereses muchas veces antagónicos pero a los que, en todo caso, les venía bien la calamitosa gestión in vigilando de la lideresa.

Los acontecimientos judiciales de las últimas horas, además de poner en evidencia el espesor del cenagal madrileño, demuestran que, en esto de la corrupción, Rajoy no tenía razón, que el tiempo no lo limpia todo, mucho menos si el cauce del río no se ha dragado a fondo. Y es que la pasividad de Rajoy es la circunstancia que ha provocado el efecto perverso de que la detención de Ignacio González sea una noticia mucho peor para él, el presidente del Gobierno, que para Esperanza Aguirre. Porque Aguirre, que resistirá hasta el límite de sus fuerzas, está amortizada, pero Mariano Rajoy tiene que gobernar un país, y no son estas las mejores condiciones para hacerlo.

Lo más preocupante es el deterioro de la legitimidad de aquellas instituciones gestionadas por los partidos a los que salpican estas prácticas corruptas

Y es que lo más preocupante de todo, muy por encima de las repercusiones internas, judiciales o electorales de la bomba sin desactivar que aún esconde el PP en sus sótanos, es el deterioro de la legitimidad de aquellas instituciones gestionadas por los partidos a los que salpican estas prácticas corruptas. La coyuntura por la que atraviesa España demanda un gobierno solvente, sin fisuras, centrado en los problemas reales del país, el principal de los cuales, hoy por hoy, sigue siendo el pulso que mantiene el independentismo catalán con el Estado.

En Cataluña hubo quien se subió al carro del independentismo para tapar la corrupción -esa opción, al menos, no la han tenido los saqueadores de Madrid-; y hubo quien ya estaba en ese carro, se había hecho con las riendas, y se dejó empujar cuesta abajo. Los casos Pujol, Palau o ITV por un lado, y Púnica, Gürtel y ahora Lezo, por otro, son los nuevos vasos comunicantes entre Cataluña y Madrid. Cuanto más sucios los de una, mejor para la otra; y viceversa. Y es esa deplorable atmósfera la que favorece la demagogia aventurera, el populismo y el arraigo de la mentira impune.

Oriol Junqueras, el gran profeta del independentismo, es el gran beneficiario del actual estado de podredumbre que condiciona las relaciones entre Cataluña y Madrid

En esa atmósfera irrespirable hay quien se siente a sus anchas, porque, al lado de lo que otros hacen, lo suyo es peccata minuta, como la limpieza étnica llevada a cabo concienzudamente en los medios de comunicación públicos catalanes (aquí el último ejemplo). Y es en esa atmósfera en la que progresan personajes como Oriol Junqueras, el gran profeta del independentismo, el gran beneficiario del actual estado de podredumbre; el mismo que despide por personaje interpuesto a periodistas no afectos y que elige a los directores de informativos; el mismo que, hace tiempo, llegó a la conclusión de que la sagrada causa justifica esa otra forma de corrupción política que es la mentira; el mismo que un día descubrió que no siempre se cumple el aforismo, y que sí se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Pero esta, es otra historia.


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