OPINIÓN

El abismo que va del “España nos roba” al “esto no les puede salir gratis”

Se abre paso una nueva consigna: “Les tiene que salir muy caro”. Dicho en términos prácticos: reversión de competencias, entre ellas la de la enseñanza, la madre, dicen, de todas las independencias.

El abismo que va del “España nos roba” al “esto no les puede salir gratis”
El abismo que va del “España nos roba” al “esto no les puede salir gratis” EFE

Han sido muchos los españoles, catalanes o no, que a lo largo de los años han ayudado a construir la historia digna de la Cataluña que hemos conocido y quiero creer que aún estamos a tiempo de reconocer. Uno de ellos fue el general José Aranguren, fusilado el 22 de abril de 1939 en Barcelona por defender el 18 de julio del 36, y de ahí en adelante, la legalidad republicana, y ponerse, desoyendo las advertencias de los mandos franquistas, a las órdenes de la Generalitat. Cataluña tiene una deuda de gratitud con la Guardia Civil. Si aquellos hombres que mandaba Aranguren se hubieran alineado en julio de 1936 con los golpistas, la historia de Cataluña no sería la que es. Desde luego sería algo menos digna de lo que es.

El pulso está donde quería la CUP; solo hay que ver cómo sonríe Anna Gabriel cada vez que se hace la foto junto a los agentes de la Guardia Civil

Aquellos episodios los cuenta con detalle Lorenzo Silva en su último libro, “Recordarán tu nombre” (Planeta de Libros), y en estas últimas horas, en las que la Guardia Civil ha hecho de nuevo lo que tenía que hacer en circunstancias difíciles, del lado de las leyes y de la democracia, algunas personas les han recordado a quienes en Cataluña hablan de “fuerzas de ocupación” esta historia de dignidad, en contraposición a la de cobardía protagonizada por las familias que salieron por patas para luego volver, enriquecerse con el franquismo y hoy miran de reojo, cuando no apoyan abiertamente, el tremendo golpe asestado por sus herederos a la convivencia entre catalanes; y entre catalanes y el resto de españoles.

Porque ese es el verdadero problema. Se trata de convivencia, no de competencias. Se trata de saber si va a ser posible recuperar una mínima confianza mutua sobre la que reconstruir un proyecto renovado. Los medios más serios hablan en sus editoriales de frenar la escalada de tensión, de diálogo, de solución política. Pero no va a ser fácil. Hasta ahora, hemos asistido a algo parecido a una guerra de guerrillas. A partir de aquí empieza lo bueno, la batalla final, la que va a determinar si aún es posible la conllevancia, si la brecha abierta es o no irreversible. Y la respuesta a esta dolorosa incógnita no puede ser, hoy por hoy, otra que esta: depende. Y depende, fundamentalmente, de quiénes sean las personas sobre las que recaiga tal responsabilidad.

Se trata de convivencia, no de competencias. Se trata de saber si va a ser posible recuperar una mínima confianza mutua sobre la que reconstruir un proyecto renovado

Como acaba de recordarDuran Lleida, fueron los de la CUP los que “impusieron a su mejor aliado, Carles Puigdemont, al frente de la Generalitat”; fueron los de la CUP los que “forzaron como primer acto de insumisión la declaración del Parlament catalán del 9 de noviembre del 2015; hicieron aprobar las leyes de secesión antes del referéndum y han determinado la política del país –mejor dicho, la falta de ella– durante dos años”. Así es, el partido está donde quería la CUP. Solo hay que ver cómo sonríe Anna Gabriel cada vez que se produce un registro o la Guardia Civil se lleva a un alto cargo de la Generalitat detenido. En estos dos últimos años Cataluña ha quedado desfigurada, irreconocible. No es la Cataluña de Tarradellas, sino la de Gabriel. Dentro, da miedo. Y fuera provoca pánico; y un preocupante rechazo que no para de crecer y dificulta extraordinariamente la búsqueda de futuras soluciones políticas.

Hay voces heterogéneas pero sensatas que piden negociación y diálogo (nada que ver con la insensata y ventajista de Pablo Iglesias, que le va a costar muy cara a Podemos). Incluso generosidad como única vía para frenar el desafecto. Una corriente de opinión que quizá sea la más realista, pero que está chocando con otra que defiende, y en constante progresión, justamente lo contrario: que, esta vez, el independentismo ha sobrepasado lo admisible, ha roto la cuerda y la solución no puede pasar por nuevas concesiones, por reformas que “muy probablemente generarían una gran hostilidad en el resto de comunidades autónomas”, como anticipaba en un reciente artículo el profesor de Ciencia Política Lluís Orriols. El “esto no les puede salir gratis” se ha quedado ya corto. Se abre paso una nueva consigna: “Les tiene que salir muy caro”. Dicho en términos prácticos: reversión de competencias, entre ellas la de la enseñanza, la madre, dicen, de todas las independencias.

Esta no es la Cataluña de Tarradellas, sino la de la CUP. Dentro, da miedo. Y fuera, pánico; y un preocupante rechazo que no para de crecer

Y en ese punto estamos. En el enorme vacío provocado por un desencuentro interminable. Sin que unos sean capaces de poner pie en pared y mandar al basurero de la historia a personajes de tercera que les han conducido al borde del despeñadero; y otros sigan sin entender que el odio hacia Cataluña, que aventan del Ebro para abajo, es el mejor aliado de la secesión.

Hacen falta hombres buenos. Como siempre. Como José Aranguren, guardia civil fusilado por Franco por defender la legitima autoridad de la Generalitat.


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