OPINIÓN

El día que Puigdemont y Junqueras decidieron escribirle el discurso al Rey

Ya estamos en el punto de no retorno, y sería bueno que toda la inteligencia hasta ahora economizada por nuestros gobernantes se aplicara ahora en dosis extraordinarias, empezando por no convertir el 12 de octubre en un aquelarre anticatalán, que es lo que desea el independentismo.

El día que Puigdemont y Junqueras decidieron escribirle el discurso al Rey
El día que Puigdemont y Junqueras decidieron escribirle el discurso al Rey EFE

1.- Prólogo

Comparto en esencia la tesis de que España se enfrenta a su mayor crisis desde la Guerra Civil. Obviamente, descartando del cómputo a la dictadura franquista, que fue la madre de todas las crisis de libertades del siglo XX español. En el pasado más inmediato, y en más de una ocasión, hemos estado cerca de desandar lo andado, de tirar por la borda la delicada obra de ingeniería política de la Transición, de regresar al terreno sombrío de la pérdida, como poco parcial, de los derechos individuales y colectivos que caracterizan las democracias avanzadas.

Piénsese sin ir más lejos en las enormes tensiones políticas y sociales que, desde que se aprobó la Constitución, ha provocado el tremendo impacto del terrorismo, con más de 1.000 muertos en todo el país, la mayor parte de ETA. Y en el penosísimo camino que ha tenido que recorrer la sociedad vasca hasta recuperar niveles de convivencia homologables, y que ahora, a rebufo de la gravísima situación provocada por el nacionalismo en Cataluña, algunos amenazan con desandar.

La sola idea de que nunca habíamos estado tan mal, en pleno siglo XXI, resulta ya espeluznante. Sin embargo, aún puede ser peor: para que la crisis en Cataluña se nos vaya definitivamente de las manos el único ingrediente que falta es un muerto. Y se ha buscado con ahínco. Ahora iremos con ello. Antes, un último apunte para concluir esta introducción: esta es la crisis del “no se atreverán”; la de la enorme ventaja obtenida por una fría determinación dispuesta a todo, frente a una inconcebible ingenuidad; la de una democracia insegura que ha estado mirando hacia otro lado durante 40 años mientras algunos hacían y deshacían a su antojo.

2.- 1-0: buscando un muerto

Ahora ya tenemos información suficiente para sospechar con fundamento que todo se había planificado para que ocurriera una desgracia. Los ciudadanos utilizados como escudos humanos, los Mossos desaparecidos, la muchachada de la ANC y la CUP provocando a las Fuerzas de Seguridad en los colegios: insultos, escupitajos, de todo. Pero como no hubo desgracia, activaron el plan B. El independentismo sí tiene plan B.

Primer acto: 900 heridos. Gran titular. Ni un solo informe que a día de hoy haya confirmado cifra tan redonda. Ni una sola palabra sobre los policías y guardias heridos. Eso sí, imágenes, reales y trucadas, de indefensos ciudadanos arrastrados por el suelo o sangrando en abundancia invadiendo las redes sociales.

Ahora ya tenemos información suficiente para sospechar con fundamento que todo se había planificado para que ocurriera una desgracia

Segundo acto: acoso a Policía y Guardia Civil. Declaración de Puigdemont hablando de violencia salvaje y exigiendo que ambos cuerpos se retiren de Cataluña.  “Fora les forces d’ocupació”. Agentes de la Benemérita y el CNP rodeados por grupos de exaltados, expulsados de hoteles. Indicios crecientes, casi evidencias, de acción coordinada entre mandos de los Mossos y la CUP a través de personas de la máxima confianza de la ANC y Òmnium Cultural: barra libre para que los cachorros de Arran hostiguen a sus anchas a maderos y picoletos e instrucciones de no intervención salvo en casos extremos. Imágenes de insurrección que dan la vuelta al mundo. Gran preocupación en las cancillerías. En las retinas de los europeos queda fijada la imagen de jóvenes justamente indignados por la represión desproporcionada de un Estado despótico y de un gobierno regional cargado de razón. Conclusión: al fracaso de la inteligencia desplegada por el Estado para impedir el referéndum ilegal, se añade el éxito de la operación propagandística diseñada por la Generalitat. El 2 de octubre el independentismo se va a dormir envalentonado.

3.- El discurso del Rey: aviso a otros nacionalismos

Felipe VI no tenía apenas margen. Cuando sacaron adelante en el Parlamento dos leyes abiertamente inconstitucionales, Puigdemont y Junqueras empezaron a escribir las líneas maestras del discurso real. Y, sobre todo, estaban dibujando los límites infranqueables del mensaje del monarca. Así que, ¿qué esperaban del Rey, en esta precisa y alarmante circunstancia, esas almas cándidas de la izquierda de salón de las que habla Alfonso Guerra? ¿Más colegueo? ¿Más amics per sempre? ¿Ofrecer su mano tendida a un grupo de golpistas que nos han anunciado a todos su irrenunciable intención de romper España por las bravas? Ninguna postulación del Rey a favor del diálogo hubiera servido para convencer a los que no quieren ser convencidos. Es más, se habría interpretado como el signo definitivo de la debilidad del Estado. 

¿Qué esperaban del Rey, más amics per sempre, mano tendida a un grupo de golpistas que habían anunciado su irrenunciable intención de romper España por las bravas?

4.- ¿Y ahora qué?: la pregunta del millón

Hasta hace poco, cada vez que alguien citaba el artículo 155 de la Constitución le mirábamos con recelo. Nos parecía un exceso. Ahora, la se ha extendido la opinión de que mucho está tardando Rajoy en aplicarlo. El cuándo y el cómo no son decisiones menores. Cierto que el Gobierno ha pecado de pasividad en muchas ocasiones -y de más cosas-, pero hemos llegado a un punto en el que hay que medir con extrema cautela cada paso. Ya se ha dicho: este partido también se juega fuera. Y no sería soportable perder de nuevo la batalla de las formas. No se puede perseguir un delito hasta que este no se ha perpetrado. Se utilizará el 155 cuando toque. Casi con toda seguridad tras la DUI. Y si antes de pasar el trámite del Senado se desbocan los acontecimientos, el Gobierno tiene a su disposición la Ley de Seguridad Nacional o la de estado de alarma, excepción o sitio entre otras.

Este partido también se juega fuera, y no sería soportable perder de nuevo la batalla de las formas. No se puede perseguir un delito hasta que este no se ha perpetrado. Se utilizará el 155 cuando toque

Pero lo normal, si de un modo u otro hay declaración unilateral de independencia, es que el Senado convoque la Comisión General de las Comunidades Autónomas, en la que están integrados todos los presidentes regionales, incluido el catalán. Todos ellos tendrán la ocasión de intervenir. Y de mojarse. Después, votación en el pleno. Ya hemos visto algo parecido en Europa, cuando en Italia Bossi proclamó la Padania independiente. Calma. Quizá hace unos meses había prisa. Quizá pudo haberse hecho algo más tras la rebelión del Parlament. Pero ya es tarde para eso. Hemos llegado al punto de no retorno, y sería bueno que toda la inteligencia hasta ahora economizada por nuestros gobernantes se aplicara a partir de este momento en dosis extraordinarias. Del mismo modo, es fundamental reforzar el consenso entre los partidos constitucionalistas, disminuido tras la torpe decisión de Pedro Sánchez de reprobar de forma intempestiva a la vicepresidenta del Gobierno. No son momentos para hacer tacticismo, que es a lo que más se parece esta inoportuna ocurrencia: una especie de guiño para no romper todas las amarras con Podemos. Entiendo que la próxima convocatoria del Consejo de Política Federal del PSOE, al que pertenecen los presidentes autonómicos y líderes territoriales socialistas, responde a la necesidad de corregir ese enorme error de cálculo del líder socialista. Rajoy está a minuto y medio de quedar amortizado, pero Sánchez también se la juega en este envite. Quiere, y quizá debe, marcar distancias con el presidente del Gobierno, pero hay muchos modos de hacerlo. Excepto uno: debilitando el frente constitucionalista, explorando opciones políticas fuera del campo del juego que dibujó con líneas de meridiana claridad el Rey en su discurso.

5.- Epílogo

Primero, respeto a la ley. Después todo es posible: negociación para la reforma constitucional, referéndum en Cataluña y en el resto de España… Todo cabe dentro de las normas democráticas. Pero antes hay que concentrarse en salir de esta gravísima crisis de convivencia. Y hay que hacerlo limitando al máximo los daños, que todavía pueden ser mucho mayores a la vista de lo que el independentismo, al poner toda la carne en el asador, nos ha dejado ver: una policía política partida en dos que en ningún país avanzado sería convalidada como tal; unas escuelas en las que una parte importante del profesorado catequiza a los niños en el antiespañolismo más cerril; una parte de la clase política a la búsqueda desesperada de una legalidad alternativa que les libre del Código Penal; unos medios de comunicación públicos indignos de merecer tal nombre. No va a ser nada sencillo. Y devolver la confianza en la policía autonómica y la dignidad a los colegios son tareas descomunales que no pueden dejarse en las solas manos de jueces y fuerzas de seguridad. Así que, quizá, sea llegado el momento de plantearse en serio, y a no mucho tardar, un gobierno de concentración nacional a partir del cual construir las bases de ese gran pacto de convivencia que se reclama. Tal y como puso de relieve Vozpópuli en este editorial, “nunca se había dado una situación tan grave y excepcional como esta. Y, por tanto, excepcionales deben ser las soluciones. En este sentido, consideramos inexcusable la formación de un gobierno de concentración nacional con amplio respaldo parlamentario, presidido por un hombre o una mujer de consenso. Un gobierno (…) capaz de ilusionar al conjunto de los españoles y que se atreva sin complejos a plantear una actualización constitucional que desmonte las coartadas del nacionalismo; un gobierno con gran capacidad de interlocución y que haga política con mayúsculas”.

Podemos convertir el 12 de octubre en un aquelarre anticatalanista o demostrar al mundo que somos capaces de realizar un ejercicio de patriotismo regenerador e inclusivo

La herida es muy profunda. Años y años de adoctrinamiento y falseamiento de la historia. Cataluña es una de las regiones de Europa más prósperas, el cuarto motor de la UE, y, sin embargo, a pesar de ser una de las sociedades más ricas del viejo continente, la minuciosa y sistemática acción del nacionalismo ha conseguido propagar un odio hacia lo español que ha penetrado en amplias capas de la ciudadanía. Lo sencillo es responsabilizar en exclusiva a ese nacionalismo excluyente y manipulador. Pero no. Hay más culpables. Todos aquellos que, desde 1978, decidieron mirar hacia otro lado.  Estamos mal, pero todo es susceptible de empeorar. Podemos convertir el 12 de octubre en un aquelarre anticatalanista o demostrar al mundo que somos capaces de realizar un ejercicio de patriotismo regenerador e inclusivo. Podemos despertar a la bestia y abandonar a su suerte a esos millones de catalanes que hoy están atemorizados, o acompañarles solidariamente en la dura travesía que les espera hasta recobrar niveles aceptables de normalidad cívica.  En definitiva, si algo de bueno tiene el intolerable órdago de este nacionalismo hipócrita y disgregador es que va a poner a prueba esa afirmación con la que se llenan la boca de vez en cuando nuestros dirigentes políticos: la de que somos un gran país. Y esa es la mala noticia: que ha llegado la hora de demostrarlo. 


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