OPINIÓN

El PSOE 4.0 de Tezanos y Narbona o la realidad es de derechas

Lo que este mes largo demuestra es que el principal problema del PSOE no es definir su ubicación ideológica, sino su empeño en negar la realidad circundante, tirando del manual socialdemócrata como si no tuviéramos suficientes pruebas de su obsolescencia.

Cristina Narbona junto a Pedro Sánchez.
Cristina Narbona junto a Pedro Sánchez. EFE

José Félix Tezanos es un histórico del PSOE. Un viejo guerrista con los 70 ya cumplidos, pero que conserva cierta ‘autoritas’. No son pocos los que en estos últimos años han ido a llorarle en el hombro a su despacho de la Fundación Sistema. Este sociólogo cántabro ha mantenido el rescoldo de un socialismo en horas bajas, y cuando ha sido preciso ha surtido a sus compañeros de argumentos suficientes para aplacar el impulso de Podemos.

Lean por ejemplo este párrafo entresacado de un artículo suyo, publicado el pasado 2 de febrero, y titulado “Los partidos-meteorito”: “En Podemos las cosas y los modos son bastante peculiares (…). Con poderes condicionantes, con posibilidades absolutas de someter directamente a plebiscito las medidas, decisiones y propuestas que quiera el jefe (…). Y, sobre todo, con la atribución al hiperlíder de competencias para cesar fulminantemente a cualquier miembro de la dirección que le venga en gana (…). ¿Por qué hay tantos silencios cómplices y tanto tartufismo ante comportamientos que suponen riesgos evidentes de regresión democrática?”

Tezanos y Escudero están en las antípodas de Jordi Sevilla o José Carlos Díez; ya saben, si no le gustan mis principios, tengo otros

Tezanos es hoy secretario ejecutivo de Estudios y Programas de la Ejecutiva de Pedro Sánchez II. O sea, el encargado de justificar los cambios de criterio que las circunstancias aconsejen. Tras la victoria de Sánchez en las primarias, Tezanos declaró: “Estamos volviendo a los principios de la socialdemocracia”. Ahí queda eso: el PSOE 4.0 en manos de Tezanos y de otro viejo roquero del guerrismo, Manuel Escudero, coordinador de aquel Programa 2000 que en 1990 encargó Alfonso Guerra para que se visualizase un PSOE dispuesto a abandonar viejos conceptos y entrar en la modernidad. Fichado por Sánchez sobre la marcha, el principal mérito de Escudero es estar en las antípodas de Jordi Sevilla o José Carlos Díez, y, en apariencia, más cerca que otros de los tartufistas.

Escudero, flamante secretario ejecutivo de Economía, ha dicho que bueno, que sí, que Pedro Sánchez antes era un poco liberal, ya saben, si no les gustan mis principios tengo otros, pero que ha reflexionado, que todo el mundo tiene derecho a cambiar, y que, en todo caso, ni él, Escudero, ni Sánchez son “ni rojos ni radicales”, sino “reformistas”. Reformistas pero “volviendo a los principios de la socialdemocracia”, como si las recetas del siglo pasado todavía sirvieran.

Cuando Felipe González era de izquierdas

Tezanos y Escudero han venido para sostener el giro ideológico de Sánchez, para reforzar los flancos débiles de un líder que, por lo observado en este mes largo transcurrido desde su victoria en las primarias, de las dos opciones que tenía, transitar por la izquierda eligiendo su propio camino o hacerlo con el salvoconducto de Pablo Iglesias, ha elegido esta última. Tartufo ha desaparecido de la escena.

En el entorno de Pedro Sánchez se exhiben en privado razones tácticas para explicar esta aparente aceptación del tutelaje que parece ejercer Iglesias sobre el secretario general de los socialistas. “También Felipe González, en sus comienzos, hubo de tomar decisiones más radicales dirigidas a achicar el terreno del Partido Comunista, y luego se moderó”. Esto es más o menos textual. Lo que no doy por seguro es que mi interlocutor exprese algo más que un deseo.

En esta primera fase, Sánchez ha optado por aceptar el salvoconducto de Pablo Iglesias en lugar de elegir su propio camino

En todo caso, ese no es el principal problema del PSOE. El problema no es la táctica, es el no reconocimiento de la realidad, es seguir tirando del manual socialdemócrata como si no tuviéramos suficientes pruebas de su obsolescencia, como si no hubiera quedado meridianamente claro que lo que hay que reinventar es precisamente la socialdemocracia; que algunos de los viejos principios de esta hace tiempo que fueron digeridos, con éxito razonable, por una derecha que se jugaba su supervivencia, y otros se han quedado viejos, tan viejos que ya no sirven.

Yo soy por principio bien pensado, pero me cuesta creer que Tezanos y Escudero sean los más adecuados para encabezar esta imprescindible tarea de reinvención. Como, a mi juicio, tampoco lo es Cristina Narbona, la ex ministra de Medio Ambiente de la que prescindió Rodríguez Zapatero después de protagonizar serios enfrentamientos con algunos compañeros de Gobierno, que la tachaban de “talibán”. Ni la cordobesa Carmen Calvo, cesada por ZP en 2007 por el desbarajuste del Ministerio de Cultura y que ahora parece elegida por el líder socialista para alterar el estado nervioso de Susana Díaz (y hasta es capaz de acabar alterando el del propio Sánchez).

Lamentablemente, en la elección del núcleo duro del nuevo PSOE parecen haber primado las urgencias por blindar la posición del secretario general, y rematar al adversario, que la urgente necesidad de diseñar un partido que ofrezca respuestas convincentes, y no solo gestos; un partido que más allá de intentar justificar con escaso acierto su inútil y desleal abstención en el asunto del Acuerdo Comercial UE-Canadá (CETA), asuma, para después ofrecer soluciones, que “la globalización genera ganadores y perdedores, pero la respuesta correcta no es detenerla o revertirla, sino cómo compensar a los segundos” (Dani Rodrik).

Carmen Calvo parece haber sido elegida para alterar el estado nervioso de Susana Díaz; y hasta puede acabar alterando el del propio Sánchez

La actitud pueril del PSOE respecto al CETA, la promesa de derogación de la reforma laboral y el regreso a la ortodoxia sindicalista como soluciones mágicas que nos llevarán al pleno empleo, o la política del avestruz desarrollada por sus dirigentes ante problemas de muy compleja solución, como el extraordinario aumento de la esperanza de vida y su tremendo impacto en la factura social (pensiones y gasto sanitario), son todos ellos síntomas que sugieren un preocupante distanciamiento del entorno.

Ciertamente, el PSOE tiene un problema que resolver: el de su ubicación ideológica. Y serán los ciudadanos los que, llegado el momento, determinarán con su voto el mayor o menor acierto del sitio finalmente ocupado. Pero no esto lo que ahora más les interesa aclarar. Lo que quieren, queremos descifrar cuanto antes, es si este PSOE está capacitado para proponer a los españoles un nuevo pacto social en el que se planteen fórmulas alternativas a las que en la actualidad determinan la deficiente redistribución de la riqueza, en el que tenga cabida un sistema de igualdad de oportunidades que no margine el mérito y el esfuerzo; si está en condiciones de dibujar un proyecto cabal, inteligible, coherente y de futuro, o va a seguir enganchado al pasado y a la tozuda negación de la realidad.


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