OPINIÓN

Oriol Junqueras no es Obélix, es el Druida

El líder de Esquerra, ingeniero jefe de la maquinaria puesta en marcha para dinamitar el catalanismo y subvertir el orden natural de los valores de la democracia, acabará ofreciéndose como la única alternativa al caos.

Oriol Junqueras no es Obélix, es el Druida.
Oriol Junqueras no es Obélix, es el Druida. EFE

Oriol Junqueras no tiene la menor intención de estampar su firma en ningún documento oficial que pudiera derivar en su inhabilitación política. Su última maniobra, promover la responsabilidad colectiva del Govern, es la confirmación de una estrategia que viene de lejos y que emisarios del líder de Esquerra Republicana (ERC) vienen dejando caer en determinados despachos. Al menos desde el mes de marzo. La colectivización del riesgo es, ante todo, una demostración de fuerza, casi una amenaza. Plantear la firma colegiada de todo el gobierno catalán para, en principio, comprar unos millares de urnas, es una propuesta tan desproporcionada que solo tiene una explicación racional: Junqueras busca la negativa de la mayoría del Govern para justificar la propia.

Sabe Junqueras que Artur Mas y Carles Puigdemont no cuentan, por razones distintas, de cara al futuro. Y que el candidato del PDeCAT en unas futuras elecciones autonómicas debiera salir en buena lógica de entre las caras conocidas de la antigua Convergència. Sabe también Junqueras que al menos dos consellers del PDeCAT, Neus Munté y Santi Vila, tienen legítimas aspiraciones a encabezar la lista de este partido en esas elecciones. Y sabe, por tanto, que preferirían no correr el riesgo de ser inhabilitados. Todo eso sabe Junqueras, junto a otra obviedad: que si se buscan, no faltarán voluntarios para pasar a la historia y firmar lo que haga falta. Otra cosa es que no se quieran buscar (de momento).

Al plantear la firma colegiada de todo el gobierno catalán, lo que busca Junqueras es la negativa de la mayoría del Govern para justificar la propia

Con su envenenada oferta a Puigdemont, Junqueras salva la cara y buscará la forma de escurrir el bulto para no ser el responsable de nada que le pueda comprometer. Puede que en las próximas semanas asistamos a un ridículo e inacabable juego de silencios, medias palabras y engaños en el que el president intente ‘cazar’ a Junqueras; o puede que el Govern estalle por los aires. Lo que es seguro es que el líder de ERC quiere ser el próximo presidente de la Generalitat y no va a dejar pasar la ocasión. No estamos ante un caso de desmedida ambición personal. Junqueras no es un político al uso. Tiene una misión que cumplir, más religiosa que partidaria, y sabe que a Jesucristo esto de convencer a tanta gente le llevó su tiempo.

El objetivo inmediato de Junqueras no es una Cataluña independiente. Es consciente de que todavía no hay base bastante para eso; que hay que seguir predicando. Que hay que pasar aún por algunas estaciones en las que caer para luego levantarse. De momento, se trata de no salir abrasado antes de tiempo, de superar cuanto antes el incordio de un referéndum en el que ya nadie cree, y preparar a conciencia unas elecciones en las que ERC es segura ganadora, pero no hay certeza de que sea también la que gestione el resultado. Será entonces cuando de verdad se la juegue Junqueras. Porque de no gobernar, de ocurrir que las cuentas dieran para formar un gobierno constitucionalista, todo su plan se habría venido abajo.

No estamos ante un caso de desmedida ambición personal, pero el líder de ERC quiere ser el próximo ‘president’ y no va a dejar pasar la ocasión

Oriol Junqueras es un hombre de trato afable, de conversación pausada, incluso agradable. Pero también es el ingeniero jefe de la maquinaria montada para subvertir el orden natural de los valores de la democracia. Una maquinaria diseñada para convencer a los ciudadanos de Cataluña, mediante una eficaz malla propagandística, de que burlar las leyes que a todos atañen no es deslealtad, sino el mayor ejercicio de rebeldía y de libertad que pueda haber.

En estos años Junqueras no ha hecho el menor esfuerzo por contrarrestar la idea del personaje que sugería su apariencia física. Hubo quienes, tiempo atrás, incluso le tildaron de hosco y algo zoquete. Craso error. Junqueras no es Obélix, es Panorámix, de panorámico, el Druida. No se cayó en ninguna marmita, sino que es autor de la receta del bebedizo independentista que ha embriagado a muchos catalanes con la promesa de un mundo mejor.

Junqueras es el hechicero que ha conseguido prodigios tales como que, desde hace meses, en Cataluña no haya debate político, no se hable, porque ya no interesa, de los agravios que nos han traído hasta aquí, ni de la inexistencia de base jurídico-internacional alguna que, como dice el profesor Eduard Roig, dé cobertura al llamado procés. En Cataluña, hace demasiado tiempo que la discusión sobre las legitimidades y la invención de los derechos incautados a una minoría oprimida ha opacado y aparcado los debates más urgentes: el de las verdaderas razones de la pérdida de influencia de la política catalana; el de la corrupción sistémica; el de la quiebra económica; el de la fractura social.

El problema de Junqueras es que ya no hay forma de mantenerse en la zona de confort, ni de esperar a que los demás sigan poniendo cara de tontos

De todo ello fue responsable Artur Mas, y ahora Puigdemont. Pero siempre hubo alguien detrás, alguien que no necesitaba centrar sus energías en frenar los golpes del caso Pujol, o del caso Palau de la Música, o del 3%. Alguien que, hasta hoy, siempre buscaba el segundo plano, mientras situaba sus peones en consejerías, en TV3, en Catalunya Radio. Alguien que contribuyó a la limpieza étnica en los medios, que no movió un dedo para evitar que, mientras él presumía de tolerancia, se silenciara al discrepante, sin que casi nadie se atreviese a levantar la voz, como ha escrito Isabel Coixeten este artículo que recomiendo lean: “Nuestro silencio ha sido interpretado equivocadamente como un consentimiento tácito. Hoy somos súbditos de un Govern que tiene planes que no cuenta para romper con un Estado del que legítimamente forma parte y nuestro silencio está henchido de estupor, pena y enfado”.

A Oriol Junqueras le ha llegado la hora. Tiene algo de predicador iluminado, pero no es un loco. Y sus embajadores no mienten. El plan es reconocer que el referéndum no se puede celebrar, ir a elecciones, ganarlas, gobernar y negociar con Madrid un nuevo encaje de Cataluña en España. No se renuncia a la independencia. Al contrario, es un paso más hacia ese objetivo, que algún día, piensa, llegará. Pero para ello, hay que aumentar la base social. Nada se puede hacer con más de la mitad de la población en contra.

Junqueras es un tramposo, un manipulador de alta escuela. Pero no es un loco. Su problema es que a partir de este punto ya no hay forma de mantenerse en la zona de confort, ni pretender que los demás sigan poniendo cara de tontos. Ha llegado la hora, y vamos a ver cosas que nunca pensamos que íbamos a ver.


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