Porque nada es casual

Je suis musulman

Están aquí. A nuestro lado. Sirviendo paellas a los turistas o terminando el bachillerato en el instituto del barrio. Están aquí, en el piso de arriba, en el metro. Son como nosotros. Son nosotros. Y, como nosotros, conviven con ese uno o dos por ciento de hijos de puta que hay en cualquier colectivo. ¿O es que nos hemos olvidado del IRA, de la Baader Meinhof, de las Brigate Rosse o de ETA? Solo nos separa la religión; y no siempre.

En Europa hay unos 52 millones de musulmanes, alrededor de un tercio en la UE. Un significativo porcentaje tienen la nacionalidad del país en el que residen. Hace treinta años, en Inglaterra vivían unos 80.000 musulmanes. Hoy, son dos millones y medio, y hay más de 1.000 mezquitas. En Francia ya existen más mezquitas que iglesias cristianas, y hacia mitad del presente siglo el islamismo será la religión más profesada en territorio galo. La actual ministra de Educación del Gobierno de Manuel Valls, Najat Vallaud-Belkacem, nació en Marruecos. En España, datos de 2013, residen 1,7 millones de musulmanes, aproximadamente el 3 por ciento de la población. Por debajo de Francia (8%) o Inglaterra (5%). De ellos, unos 525.000 tienen la nacionalidad española. Y en Alemania, solo los ciudadanos de origen turco superan los 2,7 millones, un cuarto de ellos con pasaporte alemán.

El de la integración y coexistencia pacífica con los musulmanes es sin duda el mayor reto en materia de convivencia que tiene por delante Europa

Esta es la realidad. Una realidad que ha venido para quedarse, por mucho que algunos la nieguen o se sirvan de ella para vender una mercancía tan impensable como peligrosa, la de la deportación masiva; pero muy eficaz electoralmente cuando el pánico aniquila la sensatez. Vean esto. Y esto otro. ¡El éxodo como remedio! Dios mío, no aprendemos.

El de la integración y coexistencia pacífica con los musulmanes es sin duda el mayor reto que tiene por delante Europa. Y no solo en materia de convivencia. Si las políticas elegidas para afrontarlo se inclinan por la simplificación y la brocha gorda, no es descartable que el envejecido continente en el que vivimos inicie un largo y oscuro proceso de decadencia. Francia es ante todo víctima, pero también laboratorio y ejemplo de un sistema que ha fracasado. La doctrina naif de las tierras de acogida, sin una política realista de integración, es el mejor reclamo del racismo. Ahí están Marie Le Pen, el húngaro Gábor Vona o el británico Nigel Farage, por citar solo algunos ejemplos. Y el argumento rutinario y omnipresente de los inmigrantes como inevitable mano de obra, y cotizantes necesarios para pagar nuestras jubilaciones, no deja de ser un ingrato reduccionismo que en casi nada contribuye al objetivo esencial, que es aprender a convivir.

Francia es ante todo víctima, pero también ejemplo de un sistema que ha fracasado: el de la doctrina naif de la tierra de acogida sin una política realista de integración

Dicho esto, golpear al Estado Islámico en sus dominios no es que sea importante: es imprescindible. Las autoflagelaciones a las que asistimos estos días, y que nos recuerdan las torpezas y el cinismo de un Occidente dispuesto a apoyar gobiernos corruptos a cambio de tranquilidad, solo son parte del diagnóstico. Los que guardan un minuto de silencio por las víctimas de los bombardeos rusos y franceses no pasan de ser unos estetas de segunda y profetas de la equidistancia más inoportuna. Nos lamentamos de los “daños colaterales” de estos ataques y hay quien se atreve a equipararlos a los atentados de París. El buenismo al que somos tan aficionados no cae en la cuenta de lo desacertado de esa equivalencia: el Estado Islámico usa civiles como escudo humano y no provoca daños colaterales porque los daños colaterales, los ciudadanos inermes, ya son su objetivo prioritario.

Pero con ser comprensible, la reacción de Europa y sus aliados, acosando a este nuevo fascismo en sus trincheras e incrementando las medidas de seguridad en nuestras ciudades, no deja de ser solo una pequeña parte de la solución. Hace un par de años se hicieron públicos los resultados de una encuesta sobre el “entorno vital y de valores de los turcos alemanes”. El objetivo era comparar cómo habían evolucionado desde 2010 a 2012 los distintos parámetros que miden el grado de integración de esta amplísima comunidad de la sociedad germana. La conclusión era desalentadora. Solo un dato, pero muy significativo: a la afirmación “estoy mejor con turcos que con alemanes” en 2010 había respondido afirmativamente el 40 por ciento; solo dos años el porcentaje había aumentado al 62.  Y así todo.

El Estado Islámico usa civiles como escudo humano y no provoca daños colaterales porque los daños colaterales, los ciudadanos inermes, ya son su objetivo prioritario

Bombardear los pozos de petróleo confiscados por el EI e impedir la financiación de su maquinaria de propaganda y terror (extraen entre 30.000 y 40.000 barriles diarios cuyo valor en el mercado negro es de unos 1,5 millones de dólares), es vital para afrontar con posibilidades de éxito esta batalla. Pero la guerra hay que ganarla sobre todo aquí, buscando la complicidad leal de la gran mayoría de los musulmanes, su colaboración y supervisión para impedir que se siga inyectando el odio a los más jóvenes, asumiendo con naturalidad como parte del acervo cultural europeo, o al menos respetándolos, aquellos hábitos que no contradigan nuestros estándares de justicia, igualdad y libertad.


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