OPINIÓN

Esperando a Susana

La decisión que tome el PSOE sobre su liderazgo es también trascendente, a la vista de lo que sucede en la guardería de Podemos, para establecer un cálculo fiable sobre la duración de la supremacía del centro-derecha en nuestro país.

Pedro Sánchez y la presidenta andaluza, Susana Díaz.
Pedro Sánchez y la presidenta andaluza, Susana Díaz. EFE

Es el último cartucho, o el último tren, como ustedes quieran. El caso es que Susana Díaz se ha ganado en estos años merecida fama de indecisa, o de excesivamente táctica, ella que en su Andalucía natal presume de ir siempre de frente, sin miedo, aunque con una red de seguridad bajo sus pies que lleva resistiendo décadas las acometidas del adversario. El valor es un componente más bien secundario cuando se juega en casa. La pelea a campo abierto obliga, en cambio, a asumir mayores riesgos, y a veces fallan las piernas.

Algo así es lo que le ha venido pasando a Díaz desde que Alfredo Pérez Rubalcaba presentara la dimisión como secretario general del PSOE en julio de 2014. Dos años y medio de titubeos, intrigas, arrepentimientos. Su principal error, corregido cuando ya era demasiado tarde: apoyar a Pedro Sánchez como secretario general para evitar que lo fuera Eduardo Madina, que no se avino a razones (a las de Susana). Aún se está recuperando de aquella cagada histórica.

Como Felipe González o José Bono, Susana Díaz se mantiene en el poder porque ha conseguido invadir una parte del territorio sociológico del centro-derecha

El resultado de tamaño patinazo fue el que fue; mejor dicho, el que sigue siendo: el mayor conflicto interno sufrido por el PSOE desde aquel otro de la OTAN de entrada no, también intenso, pero de inferior trascendencia. Así que, para recuperar una cierta normalidad, ya toca mover ficha. Ha llegado el momento de la verdad. Algo está a punto de suceder, como intuye el columnismo patrio, que no quita ojo a la andaluza.

Hasta las encuestas prestan a Susana Díaz una especial atención. Especialmente significativa es la de El Mundo del pasado martes, que, en contra de algunas interpretaciones simplistas, le hace un inesperado regalo de Reyes a la presidenta al desvelar que los votantes del PP la prefieren a ella como líder del PSOE. Como ha escrito Víctor Lapuente, “a fuerza de insistir en los derechos de unos grupos, [la izquierda] ha dejado de ser vista como representante de la sociedad en su conjunto”. Como era vista en tiempos de Felipe González o José Bono, que encadenaron hasta hartarse victoria tras victoria precisamente porque invadieron territorios del centro e, incluso, de la derecha templada.

Sánchez no es enemigo

Puede que Susana Díaz no sea la mejor candidata/o a dirigir el PSOE de las/los posibles, pero de lo que no hay duda es que estamos ante una de las escasas figuras del partido que reúne las mínimas propiedades para serlo: instinto de transversalidad, autoridad interna, moderación ideológica y sentido de la simetría discursiva, dicho sea esto último en clave territorial. Díaz es uno de los productos de la fábrica socialista más parecido a aquel González triunfador, lo que hoy no es necesariamente aval de nada, pero anuncia un estándar de posible éxito que no debiera despreciarse en un país que, descontados los efectos de la crisis, ha cambiado menos de lo que se dice.

Un país en el que hace mucho que no pasaba lo que ahora pasa: que la calidad media de la España real, siendo manifiestamente mejorable, no es en absoluto inferior a la de muchos de los dirigentes políticos con responsabilidades orgánicas o institucionales. El deterioro de la imagen de la clase política produce monstruos, y sus efectos son especialmente visibles en el ámbito de la izquierda. De ahí que la futura decisión que tome el PSOE sobre su liderazgo es trascendente no solo en clave interna, sino, y a la vista de lo que sucede en la guardería de Podemos, para establecer un cálculo fiable sobre la duración de la supremacía del centro-derecha en nuestro país.

El mayor reto de Díaz será desmentir con los hechos que su objetivo no es exportar al resto de España la “cubanización” del PSOE andaluz

Probablemente Susana Díaz no es la mejor apuesta, pero sí es la más segura. Al menos, a los efectos de recobrar el pulso. Además, de momento no ha quedado demostrado que su preparación sea inferior a la de otros, como desde algunos sectores se sugiere. La política es una materia rodeada de intangibles, y lo que más importa de un líder no son sus conocimientos teóricos, sino su capacidad para repartir acertadamente responsabilidades. Un líder deja ver su potencial real cuando forma equipo. Un ejemplo reciente es el de Pedro Sánchez, que empezó su declive el mismo día que eligió una Ejecutiva tan endeble como territorializada.

La decisión está tomada. Y Sánchez no será enemigo, aunque acabe intentándolo; porque nunca lo será quien presente como virtud el riesgo de una fractura que convierta definitivamente al PSOE a la segunda marca de la izquierda. Quedan por conocerse momento y formato, pero Susana Díaz será la lideresa del PSOE porque, hoy por hoy, queriendo ella, no existe alternativa fiable. No va a ser camino fácil. Díaz tendrá que superar más de una suspicacia y despejar unas cuantas dudas.

Susana Díaz es un producto nítido del aparato socialista andaluz, lo que es certificado de fortaleza, pero también acarrea ciertas anomalías potencialmente hereditarias. La peor de todas es el inestimable tesón con el que el PSOE-A se ha desenvuelto en favor de lo que podríamos denominar la  “cubanización” del ejercicio del poder, y su derivada más llamativa, los ERE fraudulentos. Por eso es legítima la duda, y la mayor urgencia de la señora Díaz será desmentir con los hechos a quienes afirman que una representante tan significada de esa cultura política no tiene el perfil adecuado para llevar a cabo la renovación en las formas y en el fondo que con urgencia necesita el partido.


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