OPINIÓN

Cataluña, ese oscuro objeto de deseo del antieuropeísmo

Que no nos equivoquen: no es que Puigdemont y Junqueras hayan conseguido internacionalizar el “conflicto”, sino que es Europa la que ha reconocido, en la cara airada del nacionalismo catalán, los peligros que le acechan como proyecto sostenible de convivencia y progreso.

Cataluña, ese oscuro objeto de deseo del antieuropeísmo.
Cataluña, ese oscuro objeto de deseo del antieuropeísmo. EFE

Cuenta Emmanuel Carrère en el prólogo de su formidable El Reino (Anagrama), que su padre, cuando de pequeño llevaba a la misa de domingo al hoy célebre escritor francés, se lamentaba sistemáticamente de que la liturgia ya no se desarrollara en latín, porque antes, al recitar el Credo “en latín, no te dabas cuenta de la idiotez que es”.

Podría muy bien decirse que la crisis de Estado provocada por el independentismo catalán se parce mucho a una crisis de fe insatisfecha. La de aquellos que hasta no hace mucho se conformaban, aparentemente, con celebrar sus rituales en círculos más o menos acotados y ahora han decidido imponer a los demás su alucinógeno eje vital, que permanecía oculto tras una lengua ininteligible. Y “si se les pregunta -escribe Carrère-, responderán que creen de verdad que hace dos mil años un judío nacido de una virgen resucitó tres días después de ser crucificado y que volverá para juzgar a los vivos y a los muertos”.

En Cataluña, personas en apariencia inteligentes han apostado por la fe en menoscabo de la convivencia; entienden como precio inevitable de la libertad el desgarro de familias o viejas amistades; asumen sin grandes problemas, aferrados al dogma de la autodeterminación, el desmoronamiento del tejido industrial del país; aceptan sin rechistar la vieja doctrina, conectada con el uso alternativo del Derecho, que defiende que también en las democracias la ley ha de subordinarse al anhelo de las masas; y consideran una provocación que un presidente legítimo condicione cualquier diálogo al previo respeto de la Constitución vigente.

Antes o después, la CUP exigirá que se lleve al pleno del ‘Parlament’ el documento firmado por 72 diputados en el que se declara sin remilgos ni plazos la independencia

No sé si Carles Puigdemont ha leído El Reino. Junqueras seguro que sí. Es más, apostaría a que su personaje favorito es Pablo de Tarso, un visionario. Puigdemont es Lucas, el cronista, el encargado de traducir la fabulación del latín al lenguaje de la calle. A Carrère le gusta Lucas, tanto que hay momentos en el libro en los que los asertos del escritor se confunden con los del evangelista: “Soy a la vez libre y estoy obligado a inventar”. Ahora que lo pienso, igual también Puigdemont le ha echado un vistazo a El Reino.

Basta leer la declaración en la que 72 diputados de Junts pel sí y la CUP dieron por constituida la república catalana, tras la “no declaración” de independencia de Puigdemont, para saber de qué estamos hablando cuando hablamos de “inventar”, de burdas mentiras, de la “extravagante inversión de valores” que, como en su día la Iglesia, propone la nueva fe independentista: “El Estado español (…) ha concedido una autonomía limitada, un tratamiento económico profundamente injusto y una discriminación lingüística y cultural”. Eso dice la declaración secesionista que, antes o después, la CUP exigirá someter a votación.

En Cataluña, personas en apariencia inteligentes han apostado por la fe en menoscabo de la convivencia y parecen asumir sin grandes problemas el desmoronamiento del tejido industrial del país

Déjenme que responda a esta “extravagancia” con una opinión más neutral que la mía, la de un reciente editorial de Charlie Hebdo: “Detrás de esa palabra esplendorosa, independencia, se ocultan preocupaciones a veces menos nobles. Como pasa con la Liga Norte en Italia, siempre la reclaman las regiones más ricas. Cataluña quiere la independencia porque ya no quiere soltar dinero a las otras regiones españolas menos ricas que ella (…) Las regiones pobres de Europa pocas veces bajan a la calle para obtener su independencia”.

Aplastados como hemos estado hasta ahora por el tumulto, solo las voces que vienen de fuera logran aportar algo de claridad y recuperan, sin sustancias contaminantes, los elementos neurálgicos del debate. Sí, estamos ante un problema político y social de extraordinaria trascendencia, que requiere de soluciones políticas, y no solo judiciales. La política, en eso podemos estar de acuerdo, no puede eludir la realidad que hoy se vive en Cataluña; pero, y esta parte es esencial, aún menos sus causas. Y ninguna salida será duradera si los principales responsables de la descarnada fractura social que padecemos no se avienen a neutralizar el germen del problema. A saber: una educación fronteriza con el odio a los español, unos medios de comunicación públicos llamativamente parciales, unos mandos policiales en demasiados casos elegidos no por su profesionalidad, sino por sus afinidades políticas.

Es la hora de la política con mayúsculas, se repite con renacido convencimiento. El problema es que no todos entienden de igual modo tal aseveración. ¿Qué es hacer política? ¿Olvidarnos de que la “hoja de ruta” del independentismo, incautada al número 2 de Junqueras, Josep María Jové, era un programa de desestabilización social y económica, un plan involucionista en toda regla, una mayúscula conspiración destinada a destruir la nación española? ¿Hacer como que no nos hemos percatado de que una élite intenta llevar adelante una monumental operación de supremacía política y de inmunización judicial usando como fuerza de choque a una organización supuestamente de izquierda radical y profundamente regresiva?

Ninguna salida será duradera si los principales responsables de la descarnada fractura social que padecemos no se avienen a neutralizar el germen del problema

“La obsesión identitaria que se expande por Europa como la podredumbre de una fruta afecta a la extrema derecha pero también a la izquierda. El nacionalismo de derechas y el de izquierdas tienen un punto en común: el nacionalismo”, afirma el ya citado editorial de Charlie Hebdo. “Deshacer España como nación es deshacer Europa” (Manuel Valls). Esas son las verdaderas cuestiones de fondo, para las que no sirven parches localistas.

Y ese es el examen más exigente al que ha de responder cuanto antes la izquierda heredera de la vieja socialdemocracia. Nada que ver con esa otra izquierda que defiende derechos excluyentes y territorios raquíticos y que, se supone que de forma inconsciente, se ha alineado con el ultra Farage o la Rusia de un Putin cuyas televisiones, oh casualidad, dedican horas y horas de programación a la crisis catalana. 

Conclusión final: de acuerdo, el independentismo no es solo un asunto interno de España, es también un problema de Europa. Pero que nadie se entusiasme: no es que Puigdemont y Junqueras hayan conseguido internacionalizar lo que ellos llaman el conflicto, sino que es Europa la que ha reconocido, en la cara airada del nacionalismo catalán, los peligros que le acechan como proyecto sostenible de convivencia y progreso. Que no es lo mismo.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba