Porque nada es casual

Artur Mas, una historia de ineptitud

En los muchos años que arrastro de ejercicio del periodismo he conocido políticos brillantes, cultos, extraordinariamente seductores en la corta distancia. Bien es verdad que el gremio ha sufrido, de la Transición hasta aquí, un indisimulado deterioro, pero aun hoy sobreviven especímenes notables, muy alejados de esa imagen grosera, exacerbada por el impacto de la crisis, que equipara la política con maldades intrínsecas que van de la necedad al latrocinio. Sí, créanme, hay políticos brillantes. Incluso muy brillantes. Pero no todos han sabido trasladar ese brillo a sus decisiones políticas. Es más, hay políticos deslumbrantes en lo personal y políticamente tontos. Podría dar nombres, algunos de ellos muy notorios, pero no vienen al caso. A este caso. Nombres de personajes relevantes cuyas decisiones acabaron hundiendo su propia carrera y menguando de forma severa las expectativas electorales de su partido. ¿Es Artur Mas uno de esos personajes? No exactamente. A Mas le falta uno de los ingredientes: la brillantez.

Cuando el pasado 9 de noviembre el Parlamento de Cataluña aprobó la resolución, impuesta por la CUP, en la que se arrojaba por el desagüe el Estado de Derecho, la contención con la que hasta ese momento se había conducido la intelligentsia catalana empezó a resquebrajarse. El editorial de La Vanguardia del día después, “Por la rectificación”, era el primer reflejo público de un estado de ánimo que hasta ese momento solo se exhibía en privado: “No fue ayer un día alegre. No lo fue para gran parte de los ciudadanos de Catalunya. Sólo los diputados de la Candidatura d'Unitat Popular transmitían felicidad. ¡Con sólo diez escaños y el 8,2% de los votos han logrado arrastrar las aguas del Parlament hacia su molino!”. Un serio aviso. Pero no solo.

Ya casi nadie calla lo que sabía y no decía: que no solo asistimos a un nuevo caso de conversión, sino de huida hacia adelante e ineptitud

El entreguismo de Mas, apremiado por este anarquismo de nuevo cuño, llegaba al extremo de asumir el riesgo de someter a Cataluña a una etapa de inseguridad jurídica de consecuencias perfectamente previsibles. El president rebasaba la línea roja por excelencia y dilapidaba el crédito que todavía algunos le concedían. Aquel muchacho aseado de hace unos años, “que llegó al catalanismo ya de mayor”, se había convertido en un traidor. “Artur ha roto el pacto de no agresión. Con su actitud genuflexa ha degradado la institución. Solo le queda un camino: dar marcha atrás. Pero no lo va a hacer”. Fin de la historia. Los empresarios se han caído del guindo. La veda está abierta y ya nadie calla lo que sabía y no decía: que no solo asistimos a un nuevo caso de conversión, sino de huida hacia adelante e ineptitud (“inhabilidad, falta de aptitud o de capacidad”, según la RAE).

“Prueba de sangre”

Si se colocan las piezas en su sitio es difícil rebatir la opinión ascendente que apunta a la falta de idoneidad de Mas para conducir cualquier proyecto político. Antoni Fernández Teixidó, primer dirigente de Convergència que da el portazo: “Decidimos cabalgar en el tigre en lugar de conducirlo, y aquí están los resultados”. El liderazgo de Mas es ya pura ficción. O es un liderazgo prestado: por Esquerra, la ANC, Omnium y ahora, si finalmente permite su investidura, de la CUP. No lo olvidemos: Mas se hizo con el puesto porque el hereu político del clan, Oriol Pujol, se cayó del caballo antes de entrar en la recta final. Desde entonces, el molt honorable ha dinamitado CiU, destruido CDC, dejándola infrarrepresentada en el Parlament (29 diputados), se ha esforzado como el que más en fracturar la sociedad catalana y, en lugar de leer con pragmatismo el entorno económico e internacional provocado por la crisis, ha hecho todo lo necesario para meter de cabeza a Cataluña en el pelotón de los insolventes.

Mas es un hombre gris convertido durante mucho tiempo en un personaje aceptable gracias a los millones invertidos en su promoción

Este es el balance -y no todo será responsabilidad del Estado opresor- de un personaje al que en realidad se le conoce muy poco, principalmente porque los que de verdad le han tratado de cerca, o le han protegido o se han visto favorecidos por esa opacidad. Un personaje al que en muy pocas ocasiones se le ha oído hablar de política con mayúsculas y bajo cuyo mandato los órganos de dirección de CiU y CDC eran meros, y breves, ejercicios preparatorios de las ruedas de prensa posteriores. Un hombre gris convertido durante mucho tiempo en un personaje aceptable gracias a los millones invertidos en su promoción. Una lumbrera que, de tragar con la “prueba de sangre” (acto contundente de desobediencia) que le exige la CUP, se habrá desprendido del último átomo de dignidad política.

En cualquier organización humana un currículo como este acabaría en la trituradora. Pero la ventaja de Artur Mas es que, descartado el mesianismo, su cadáver político sigue teniendo una doble utilidad como títere necesario del independentismo y tapón de aguas residuales.


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