Porque nada es casual

Ahórrennos, al menos, la campaña electoral

A menudo subestimamos a los políticos. Es un error. Yo he conocido a muchos, y he de decir que, a excepción hecha de mi colección de los “políticamente idiotas”, esto es, personajes cultos y brillantes pero de una torpeza oceánica cuando se ocupan de la gestión de los asuntos públicos-, a excepción de estos, digo, la inteligencia media detectada en el colectivo es superior a la del resto de los mortales. Hace años no había duda de que esto era así. Puede que ahora, tras el prolongado empobrecimiento del gremio, la distancia se haya reducido, pero haberla, hayla.

Viene lo anterior a cuento de lo visto y oído estos días en el Congreso de los Diputados. Mientras el común de los terrícolas parecía abducido por la solemnidad del momento, colaborando cándidamente a promover un clima de cierta expectación por el resultado, los dirigentes de los principales partidos ocuparon sus asientos en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo teniendo muy claro que sus discursos debían trascender el debate que estaban a punto de protagonizar. Hasta el opositor sabía el resultado final. Por eso habló, tal y como había previsto, para consolidar su liderazgo interno y ampliar sus opciones de mejorar el resultado electoral de los socialistas.

Pedro Sánchez pasará a la historia por ser el protagonista de la primera investidura fallida de la democracia

Pedro Sánchez mantuvo cerrados a cal y canto los canales de entendimiento con el PP y tonteó con Podemos para residenciar la responsabilidad de la fractura de la izquierda en el partido de Pablo Iglesias. Cuando el miércoles franqueó por primera vez la puerta que da acceso a su escaño, ya sabía cómo iba a salir el viernes del trance: habiendo pasado a la historia, a pesar de su todavía escaso bagaje, por ser el protagonista de la primera investidura fallida de la democracia. Lo que no es poca cosa. Y también reforzado como líder del PSOE y casi seguro candidato único a la secretaría general en las primarias del 8 de mayo.

Pero junto a la consolidación de un liderazgo hasta no hace mucho muy disminuido, Sánchez ha alcanzado otro de los objetivos que se había fijado: construirse una imagen posibilista de aspirante a la Presidencia del Gobierno, marcando con nitidez la frontera insalvable con la radicalidad de Podemos y convirtiendo en verosímil, de puertas adentro y hacia fuera, la apuesta por un Ejecutivo de centro-izquierda corregido, junto a Ciudadanos, tras unas nuevas elecciones. Pedro Sánchez sale de este debate derrotado y a la vez ganador, porque, al contrario de lo que sucede con Mariano Rajoy, ha dejado de ser el problema para convertirse en la única solución posible de la que, a corto plazo, puede echar mano el PSOE.

¡A buenas horas, don Mariano!

El presidente en funciones, por cierto, hizo en el debate de investidura su único discurso nítidamente político de la legislatura. ¡A buenas horas!, dirá más de uno, y no sin razón. Rajoy se ha pasado estos cuatro años en el monte de la tecnocracia. Ha despreciado la política y solo ahora, cuando la cosa tiene difícil remedio, ha caído en la cuenta de que no conviene desdeñar al adversario. No obstante, el jueves subió a la tribuna dispuesto a reagrupar a la tropa de cara al combate final. Quiere jugar sus últimas cartas. Si hay elecciones en junio, será de nuevo el cabeza de cartel del PP, y si suma con Ciudadanos -que es a lo que aspira, al igual que Sánchez-, no será obstáculo para la formación de un gobierno de centro-derecha.

Ciudadanos sale del envite convertida en una alternativa muy a tener en cuenta por los entusiastas del voto útil

Rajoy se lo ha tomado por lo personal. Es consciente del error que cometió cuando por razones tácticas dejó pasar su turno, y quiere ser él el que ofrezca al partido una salida. El gallego no renuncia a su cuota de grandeza. No son pocos los que en el PP piensan que el caballo ya no sirve, pero a Rajoy, como a los demás, le beneficia el factor tiempo, la necesidad de poner fin cuanto antes a esta autodestructiva interinidad.

Pero es sin duda Albert Rivera el que más rédito ha obtenido de la frustrada investidura. Ciudadanos, cuarta fuerza política en el Parlamento, sale del envite convertida en pieza clave de la gobernabilidad, en una alternativa muy a tener en cuenta por los entusiastas del voto útil. Con Rajoy de oponente, el objetivo de Rivera va a ser ampliar la cosecha de votos procedentes del ala liberal del PP.

Por último, lo de Pablo Iglesias merece comentario aparte. Ha preferido la paz de las trincheras que el riesgo del campo abierto. Muchos problemas internos ha debido detectar el líder de Podemos para resguardarse en las más escarpadas estribaciones ideológicas y recuperar en su discurso viejos tics autoritarios y rancias descalificaciones bolivarianas. El acuerdo de Iglesias con Alberto Garzón está más que cerrado y el objetivo de superar al PSOE en votos, a tiro. Para eso hay que mantener prietas las filas. Ni una fisura que pueda poner en riesgo el sorpasso. El Pablo Manuel Iglesias Turrión de los gloriosos vídeos de casposa radicalidad ha vuelto. También él, como Rajoy, piensa en el 26 de junio y quiere tener contenta a sus huestes.

No nos hagan pasar de nuevo a los españoles  por el bochornoso espectáculo de la repetición de los argumentos que justifican el desgobierno

En diciembre, los inversores sacaron de España 19.000 millones de euros, según datos del Banco de España. Salvo milagro, estamos abocados a unas nuevas elecciones. La única posibilidad de rectificación es que Rajoy dé un paso atrás y su “sacrificio” facilite la gran coalición que este país necesita. Poco probable. Por tanto, las apuestas apuntan a que no habrá gobierno hasta septiembre. Podemos buscar todo tipo de eufemismos para calificar la situación, pero sólo hay dos términos para definir con precisión el espectáculo al que estamos asistiendo: vergüenza y fracaso. No creo necesario explicar por qué.

Sí pediría que nuestros dirigentes políticos limiten al máximo el impacto de la decepción en los ciudadanos. Lleguen al menos a un acuerdo para circunscribir a lo estrictamente necesario la campaña electoral. Reduzcan al mínimo los gastos. Cíñanse a los debates en los medios de comunicación. Hagan por una vez algo útil. Y no nos hagan pasar de nuevo por el bochornoso espectáculo de la repetición machacona de los argumentos que nos separan y han llevado a España por el estrecho y empobrecedor camino del desgobierno.


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