Referéndum en Cataluña 2-O: el lunes en el que las 'càrregas' dolieron más

Las cargas policiales para cumplir con la orden judicial de impedir el referéndum del domingo copan todas las conversaciones en el día después de la consulta ilegal. 

Agentes antidisturbios de la Policía Nacional forman un cordón de seguridad frente al colegio Ramón Llull de Barcelona.
Agentes antidisturbios de la Policía Nacional forman un cordón de seguridad frente al colegio Ramón Llull de Barcelona. EFE

No había otro tema de conversación en el día después del referéndum. La intervención de los agentes de la Policía Nacional y la Guardia Civil para impedir la consulta ilegal ha hecho daño en Cataluña. La indignación ante lo que se percibe como una agresión del Estado cala incluso entre algunos de los no independentistas.

Las terrazas de los bares, los ascensores de la oficina o cualquier autobús eran buen sitio para reforzar ese sentimiento de rabia que TV3 se había encargado de exacerbar emitiendo en bucle las imágenes más violentas de la jornada anterior. Nadie hablaba de la actitud de los Mossos d'Esquadra

Las portadas internacionales reforzaban el mensaje del Ejecutivo catalán. ¡Más de 800 heridos!, clamaba Puigdemont en una comparecencia al mediodía desde el Palau de la Generalitat apelando a la mediación internacional y denunciando la violación de derechos humanos.

Al mediodía, las puertas de los edificios se llenaban de gente a modo de simulacro de incendio. Todo el mundo relataba a sus compañeros cómo había vivido el domingo. Mostraban su enfado contra el empleo de la fuerza bruta frente a la resistencia pasiva de ciudadanos que únicamente pretendían votar. "Desproporción brutal", era una frase repetida. Los turistas extranjeros incluso pronunciaban "guardia sivil" en su paseo por las ramblas. 

En varios colegios donde hubo intervenciones policiales, las profesoras sacaban a los más pequeños al patio para explicarles la importancia del diálogo. Inocentes ellos, asentían ajenos tal vez a lo que había pasado un día antes en su espacio de recreo. 

"Han generado un sentimiento de odio que antes no existía", comenta un veterano cronista parlamentario de la Cámara catalana. "La culpa de todo la tiene Rajoy. Y esto ya nadie lo va a poder parar", enfatiza un camarero granadino que lleva cincuenta años afincado en Cataluña. El domingo acudió a votar con su esposa y asegura convencido que sus nietas verán la independencia. 

Quizás es a los jóvenes a quienes más afecta el relato de la "agresión estatal". Muchos expertos dan por descontado que las imágenes sangrientas permanecerán en la retina de una generación de catalanes que ya ve a España como un ente lejano que cercena su libertad. Un marco mental difícil de desmontar.


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