Pólemos

Lo lógico es votar a Podemos

Lejano parece ya el otoño de 2014. En aquel tiempo las encuestas vaticinaban que Podemos se habría alzado victorioso de haberse desarrollado entonces las elecciones generales. Sabido es que los sondeos para el próximo 20 de diciembre dan no obstante al PP como más probable vencedor y relegan a Podemos a un cuarto puesto, tras Ciudadanos y PSOE; si bien hoy nadie pondría la mano en las espinas de la rosa socialista para apostar que no sea al final el partido de Pedro Sánchez el que finalice cuarto de este peculiar combate a cuatro.

Con todo, hay un dato que arrojaba el último estudio preelectoral del CIS y que no debería pasar desapercibido. En la franja de edad de 18 a 34 años Podemos sigue siendo el vencedor si se suman votantes y simpatizantes declarados. ¿Qué tiene Podemos que lo hace tan atractivo para nuestros jóvenes? (Admitiré por una vez el uso cada vez más generalizado que atribuye a personas de 34 añitos el divino tesoro de lo “juvenil”).

Son numerosos los casos que muestran que la gente no vota por lo general a favor de aquello que les beneficiaría más personalmente

Para responder a esta pregunta quiero recordar una serie de estudios recopilados por Donald Kinder en 1998 y que demuestran algo ciertamente curioso. A menudo (especialmente entre los que nos dedicamos a estudiar la ética) pensamos que uno de los problemas de la política es que los votantes actúan en ella de modo egocéntrico, mirando cada cual por sus intereses personales, y de ese batiburrillo de egoísmos es imposible extraer nada sensato. Lo que Kinder nos muestra es que eso en realidad no es exactamente así. Son numerosos los casos que muestran que la gente no vota por lo general a favor de aquello que les beneficiaría más personalmente: “los padres que tienen niños en la escuela pública no apoyan más las ayudas estatales a tales escuelas que los demás ciudadanos; los jóvenes en edad de ser reclutados por el ejército no se oponen a las escaladas militares más que los ancianos que tienen una edad excesiva para ello; y la gente que carece de seguro médico privado no tiene mayores probabilidades de apoyar los seguros sanitarios públicos que la que sí posee tal seguro privado”, resume Jonathan Haidt para dibujar este curioso comportamiento.

Si no actuamos en beneficio personal al votar (con la excepción, eso sí, de que ese beneficio sea muy claro e inmediato; yo confieso que me sentiría fuertemente tentado a votar a un partido que de manera fiable prometiera doblarnos el sueldo a todos los profesores de ética), ¿significa eso que votamos de forma altruista? No exactamente. Lo que Kinder a la vez nos explicó es que “en cuestiones de política pública los votantes no parecen preguntarse a sí mismos ‘¿Qué hay ahí de lo mío?’, sino ‘¿Qué hay ahí que beneficie a mi grupo?’”. Es decir, votamos para expresar que nos sentimos parte de un grupo y que queremos apoyar aquello que creemos que redundará en beneficio de tal grupo: ya sea nuestro grupo étnico, regional, religioso, socioeconómico, político, sexual... En política nos portamos no tanto de manera individualista, sino gregaria.

Ahora bien, cualquiera de nosotros pertenece a numerosos grupos sociales a la vez. Una gitana lesbiana y gallega, de clase alta y con creencias fuertemente católicas, que acaba de quedarse en paro y que tradicionalmente ha votado a los verdes, ¿en función de qué sentimiento de pertenencia votará? ¿Como lesbiana votará a aquellas políticas que se preocupen más por las lesbianas? ¿Como gallega a aquellas otras que apuesten más por Galicia? ¿Como persona rica votará a partidos que proponen un trato fiscal mejor a tal estrato o como católica a aquellos que promuevan mejor la doctrina social de la Iglesia? Todo dependerá de cómo se vea ella a sí misma. De la narración que Vanessa (pongamos que se llame así) se cuente acerca de sí cuando Vanessa se mire en el espejo o cuando se pregunte quién es ella. En suma, de las ideas que tenga Vanessa en su mente sobre quién es Vanessa (“Soy una gitana”, “soy una parada”, “soy alguien de la misma clase social que Carmen Lomana”...). Y tales ideas son difíciles de predecir mirando solo a su etnia, su comunidad autónoma, su fe, su sexo, sus ingresos... Sería útil mirar más bien a las historias que rodean a Vanessa y que le cuentan quién es ella y quién debe ser; pues a partir de retazos de esas historias es como ella se habrá construido su propia narrativa.

Los jóvenes ven muy lógicas las propuestas de Podemos que otros tildamos a menudo de disparatadas

Ahora bien, a pesar de lo interesante que sin duda debe de ser la vida de Vanessa, no es ella el humilde objeto de este artículo sino, recordemos, esos jóvenes españoles (de hasta 34 años, ejem) que votan a Podemos en mucha mayor proporción que el resto de edades. Lo que quisiera sugerir aquí es que si lo hacen es porque han estado rodeados, en sus pocos años de vida, de retazos de historias que les dicen que son o deben ser lo que Podemos precisamente les dice que son o deben ser. De modo que ven muy lógicas las propuestas de Podemos que otros tildamos a menudo de disparatadas. Me explico: no uso aquí la palabra “lógica” para aludir a la complicada disciplina formal que explica lo que son razonamientos bien hechos, el modus ponens o la falacia del post hoc ergo propter hoc. Uso la palabra “lógica” más bien en el sentido del que procede, el logos griego, es decir, los discursos, lo razonable, las historias que pululan por ahí y que permiten que Vanessa vea como “lógico” apoyar en estas elecciones a un partido u otro porque es el que le cuenta una historia que conecta mejor con la historia que Vanessa se cuenta sobre sí misma.

¿Por qué es, en este sentido, lógico que un joven español de 2015 apoye a un partido formado por personas que hasta hace nada se envolvían en esas vetustas banderas soviéticas de las que media Europa abominó hace ya hace décadas? ¿Por qué es lógico que los jóvenes se sientan atraídos por una formación que se niega rotundamente a implantar un tipo de contrato laboral, el contrato único, que a quienes más beneficiaría sería precisamente a los jóvenes que están empezando a acceder al mercado laboral? ¿Por qué es lógico que los jóvenes españoles simpaticen con quienes asesoran a un Gobierno que encarcela opositores o dispara contra también jóvenes estudiantes, pero venezolanos?

Mi hipótesis es que parte de la explicación se debe a que esos jóvenes españoles han estado rodeados de historias que les han dicho quiénes son ellos, y esas historias engarzan muy bien con la lógica podemita.

Los jóvenes españoles han sobrevivido a un sistema educativo en que solo se habla de lo bonita que es “la paz” y lo fea que es “la guerra”, así que sencillamente carecen de herramientas para entender que hay guerras justas (y eso que tenemos cerca en Europa una que claramente lo fue: la guerra contra Hitler, si nos dan permiso los que saltan con la palabra “Godwin” cada vez que recordamos las tragedias de nuestro pasado). Tras pasar por la escuela española, todo el mundo conoce a Gandhi (aunque no sus aspectos más oscuros) y pocos las refinadas teorías sobre la guerra justa, de modo que es lógico que cuando desde el área de Podemos se lanza un mensaje de que la guerra es siempre, siempre, siempre mala, mala, mala, muchos se vean identificados con ellos.

Los jóvenes españoles han pasado por un sistema educativo en que la palabra democracia se asocia demasiado a menudo a “hacer lo que quiera la mayoría”, sin más detalles

Los jóvenes españoles han pasado por un sistema educativo en que la palabra democracia se asocia demasiado a menudo a “hacer lo que quiera la mayoría”, sin más detalles. Como profesor, he comprobado que en muchos casos lo único que saben los alumnos que salen de la educación secundaria sobre ese complicado sistema de derechos y equilibrio de poderes que denominamos “democracia” es... que lo democrático es que sea delegado de clase el que tiene más votos. Por lo tanto, si “democracia” es simplemente votar cosas, evidentemente cualquier cosa que quiera “el pueblo” estará bien por definición, sin importar los derechos del individuo, de las minorías, los frenos constitucionales a la tiranía de la mayoría, etc. De ahí que muchos ni siquiera entiendan por qué se puede criticar el populismo (¿no viene “populismo” de “pueblo” en latín, populus, y “democracia” de “pueblo” en griego, demos, así que no son democracia y populismo al fin y al cabo la misma cosa?). Y por tanto un partido populista como Podemos tiene ahí todas las de ganar

En suma, como docente de ética constato que a los jóvenes españoles se les está hablando cada vez más de amorosa empatía y cada vez menos de la fría justicia; bastante de la Declaración Universal de Derechos Humanos pero mucho menos de una Declaración Universal de Deberes, esos antipáticos correlatos; muy frecuentemente de igualdad y seguridad pero escasamente de los riesgos de la a menudo incómoda libertad. Por consiguiente me resulta luego de lo más lógico que se abonen a quienes utilizan ese mismo tipo de amoroso discurso empalagoso. De hecho, creo que sería lógico que Podemos obtuviera aún mayor apoyo juvenil que el que de hecho ya tiene. Y es sin duda un índice de lo astutos que son muchos de nuestros jóvenes que un buen número de ellos huyan de esa lógica en la que les hemos imbuido (y aburrido) durante sus largos años en las aulas.


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