Pólemos

Contra la empatía

“¡Sed empáticos!”. Podríamos decir que esa frase resume casi toda la ética que según muchos nos basta para campar hoy por la vida. “¡Sé empático!”. Es decir: siente como tuyos (o, bueno, solo un poquito menos que si fueran tuyos) los sufrimientos de toda la gente que veas que lo pasa mal (o incluso de los animalitos que lo pasan mal: bien sea porque los tengamos en granjas para nuestro provecho, bien sea porque los mantengamos encerrados en apartamentos de 40 metros cuadrados, mientras que ellos ansiarían -¡bastaría preguntarles!- corretear por el campo en libertad). “¡Sed empáticos!”: eso es lo que más importa, que ante el dolor dejes claro que a ti también te duele (pon un hashtag apropiado en tu Twitter; quédate sin dormir esa noche y comenta exhaustivamente al insomnio a tus amistades de Facebook; si han inventado un lacito alusivo, corre a la mercería, busca una cinta de ese color y exhíbelo). “¡Sé empático!”. Llora incluso si gracias a Barack Obama o a Pablo Iglesias has aprendido a hacerlo en las circunstancias apropiadas; antes la política consistía en algo tan prosaico como intentar resolver los problemas del país: hoy más te vale (o quizá te vale) con que publicites, como político, lo mucho que te acongojan esos problemas.

Toda esa insistencia en las bondades de la empatía no puede sino resultarle pintoresca, me temo, a quien haya estudiado un poco la historia intelectua

Ahora bien, toda esa insistencia en las bondades de la empatía no puede sino resultarle pintoresca, me temo, a quien haya estudiado un poco la historia intelectual. Naturalmente, al moderno empático esto no le importa demasiado: ya se sabe que los hombres del pasado eran brutotes desalmados que por cualquier nimiedad te montaban una guerra o te hacían una inquisición. De modo que no hay mucho de ellos que aprender. (Es curioso que a nuestros bondadosos empáticos la empatía rara vez les alcance hasta entender un poco a esos nuestros antepasados; quizá, dado que están muertos y ya no sienten, no tenga mucho sentido preocuparse de ellos, si todo lo que importa en ética es sentir empáticamente lo que padecen ahora los demás). Aun con todo y con eso, algunos de nosotros todavía estamos empeñados en pensar que los habitantes del siglo XXI no somos los primeros que habitamos sobre la Tierra y que quizá algo quepa aprender de quienes nos precedieron en esto tan complicado de vivir.

Y por ello acudimos a los autores antiguos (Platón, Aristóteles, Séneca, Epicuro, Plutarco...) y comprobamos, entre la sorpresa y el alivio, que para ellos la empatía no sólo nunca fue una virtud especialmente ponderada, sino que incluso se contempló a menudo como un craso vicio del que en ocasiones es mejor huir. Sentimos empatía (ellos preferían llamarla “compasión”) cómo podemos sentir cualquier otra emoción (alegría, tristeza, miedo, alerta...). Y sentir esas emociones no es en sí mismo ni bueno ni malo: dependerá de las circunstancias, de si somos capaces de sentir exclusivamente una emoción demasiado preponderante, de quiénes nos rodeen... Estar alegre, por ejemplo, suele ser aconsejable en una reunión social, pero no si esa reunión se llama “ceremonia de funeral”.

Lo mismo ocurre con la empatía. Hoy sabemos que en ella andan implicadas sobre todo dos cosas que tenemos pululando por nuestros cerebros: las denominadas “neuronas espejo” y una sustancia, la oxitocina. Y sabemos también, como sabían los antiguos, que esas sustancias nos pueden inclinar a realizar acciones loables (impulsarnos a ayudar a quien lo pasa mal, frenar nuestra agresividad, estimularnos a cuidar a nuestra prole). Pero también nos arrastran a hacer cosas mucho menos aconsejables. Por ejemplo, nos hacen ser parciales y apoyar a aquellos que nos hacen “sentir cosas” (amor hacia ellos, camaradería, esa “empatía especial”) y despreciar, o incluso engañar, a los que tienen la mala suerte de no hacernos sentir tanto (es imposible sentir empatía hacia todos por igual). Además, cuando nos vemos embargados por la empatía o la compasión hacia alguien, ese mismo sentimiento de dolor compartido puede frenarnos para hacer lo que debemos hacer, o trastornarnos mientras lo hacemos: si algún día (los dioses de la empatía no lo quieran) un cirujano se ve obligado a amputarme algún miembro, confío en que sus ojos no se nublen con las lágrimas que a mí mismo me causaría un acto así, sino que actúe fría y eficazmente para minimizar mis riesgos.

La diosa Justicia siempre se representó con una venda precisamente por esto: porque es mejor que no se deje llevar por los “sentimientos” de aquello que ve

La diosa Justicia siempre se representó con una venda precisamente por esto: porque es mejor que no se deje llevar por los “sentimientos” de aquello que ve, sino por las razones de aquello que es justo de verdad. En un mundo de empatía, los que nos logran mostrar su dolor llevan siempre la ventaja, aunque su dolor no sea especialmente grave por comparación a otros o incluso sea minúsculo. Solo puedo “empatizar” con aquellos que se hallan cercanos a mí (aunque sea a través de mi tele) para que yo pueda empezar a segregar oxitocina y a activar mis neuronas espejo ante ellos. Los antiguos veían este sesgo como injusto: el hecho de estar más cerca de mí no le da a alguien automáticamente la razón, y quizá incluso veríamos su malestar como algo poco relevante o apropiado si nos esforzásemos por pensar en el conjunto de toda una situación. El tipo que lloriquea a mi puerta no es necesariamente el que más merece mi ayuda, sino tal vez lo es aquel otro que vive tan lejos, o es tan discreto, como para no quererme importunar.

Así se comprende que Platón reputase la empatía como una amenaza para la justicia (República 415c) y que Aristóteles nos advirtiera de que tendemos a sentir pena por los que más se parecen a nosotros mismos, o por aquellos cuyas desgracias bien pudieran ser las nuestras (Retórica II, 8), pero no por quienes más lo merecen. Platón incluso iría más lejos y nos advertiría de que justo aquellas personas que son incapaces de soportar los sufrimientos de los demás son a menudo las menos capaces de soportar los propios (República, 606a-c): y la compasión hacia uno mismo es feo vicio, no virtud. En suma: los clásicos nos recomendaban no caer en la debilidad que supondría el ir por ahí apiadándose de cualquiera (o de aquellos más habilidosos al excitar nuestra empatía), ni tampoco ir suplicando a los demás que se compadezcan de nosotros mismos. Aunque, como buenos adalides del virtuoso término medio, tales clásicos tampoco nos aconsejaban la crueldad o la indiferencia ante todos nuestros congéneres: una digna magnanimidad equilibrada, razonable, severa cuando debe serlo y activa cuando procede, era su ideal.

Las cosas sin embargo se empezaron a torcer siglos después, con Montaigne, quien dado el escepticismo en que le sumían los duros avatares del siglo XVI francés, empezó a confiar en los meros sentimientos compasivos, que él creía que compartíamos con los animales, antes que en la capacidad humana de razonar. Rousseau o Montesquieu no harían sino empeorar las cosas, pues tenían la fe de que fueran esos cálidos sentimientos de la empatía lo único que pusiera cierta brida al trajín del mundo moderno, cada vez más globalizado e impersonal. Clifford Orwin ha recordado cómo el pomposo poeta Víctor Hugo, en esta línea, llegaría a elogiar a su asno como “más grande que Sócrates, más sublime que Platón” porque este équido había evitado pisar a un sapo que se le puso en medio: prueba sin duda de la gran empatía de los burros, de que estos poseen ya la mayor excelencia a la que a nosotros, simples humanos, nos cabe aspirar.

No son pocos los que creen que el cristianismo en el fondo no es sino una modalidad de esta obsesión con la empatía, y que el mensaje cristiano se reduce a ser compasivos con los demás

Pero el mundo de Víctor Hugo, y que preludiaban Montesquieu y Rousseau, ya se parece demasiado al nuestro (el de la impersonal economía por un lado y los bondadosos compasivos por el otro), de modo que no nos detendremos a describirlo aquí. Sí que me gustaría, antes de terminar, mencionar qué tiene que ver el cristianismo con todo esto, dado que es el gran elefante que ocupa esos siglos que hemos saltado desde la sensata época de Platón y Aristóteles a la empática edad actual. Puesto que hoy muchos no ven la ética sino tras las gafas de lo empático, no son pocos los que creen que el cristianismo en el fondo no es sino una modalidad de esta obsesión con la empatía, y que el mensaje cristiano se reduce (como el de Montesquieu, Rousseau o Víctor Hugo) a ser compasivos con los demás.

Lo cierto es que esto no es así, pero es comprensible cierta confusión al respecto. Sin duda que el cristianismo recupera la importancia de la compasión y la misericordia en el trato con nuestros semejantes (los burros solo lo son en cierta medida, bien es cierto que en algunos casos más que otros); y aquí el cristianismo llega hasta un punto que los dignos y severos estoicos romanos, mucho más desconfiados hacia toda empatía, no podían sino contemplar con cierta aprensión. Ahora bien, la diferencia entre la propuesta cristiana, desde el siglo I de nuestra era, y la triunfante mentalidad empática actual no es menos relevante: el cristianismo no contempla el dolor humano como algo que quepa eliminar del todo de nuestras vidas (basta fijarse en que su símbolo primordial es una cruz, representación de una de las mayores torturas posibles que cabe infligir), sino como algo a lo cual dar sentido. Nuestros empáticos contemporáneos han renunciado por lo general a dar sentido alguno al dolor humano y nos piden solo que empaticemos con él, que lo sintamos nosotros un poquito también. Su programa se parece mucho más al de un desabrido Arthur Schopenhauer, pues, que al de una Teresa de Calcuta: normal que esta última cause, a pesar de su vida de acción compasiva, considerables sarpullidos en el fondo a tanto bondadoso y empático progresista actual. Pero todo esto nos abriría a ulteriores consideraciones con que, por empatía hacia el lector, no le castigaré de momento prolongando este artículo aún más.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba