Pólemos

¿Nos ayuda la filosofía a entender el terrorismo yihadista?

Entre  las cosas en que se hallaban de acuerdo Platón y Aristóteles está la idea de que la filosofía surge de la admiración. Contemplamos nuestro alrededor, observamos cosas asombrosas (las estrellas, la diversidad de animales, el extraño comportamiento de nuestros congéneres) y nos  viene inmediata a las mientes la pregunta: “¿Por qué?”. Pero, quizá, si en vez de hace unos 2300 años estos dos filósofos hubiesen vivido hoy, su idea habría sido algo diferente. Quizá hoy habrían sugerido que la filosofía surge en no menor medida del horror. Contemplamos nuestro alrededor (ese “alrededor” que hoy en día es tan amplio como el planeta, gracias a los medios de comunicación), observamos hechos terribles (los genocidios del último siglo, la opresión tiránica de los gobernantes autoritarios, el hambre y la pobreza) y nos preguntamos horrorizados, al igual que los hombres antiguos frente a las estrellitas, “¿Por qué?”.

Una de esas causas de horror hodierno es el terrorismo y, más concretamente, el de índole yihadista. De modo que tras los recientes atentados de París también se ha recrudecido la palpitante pregunta acerca de su porqué. Ahora bien, lo malo de las preguntas palpitantes es que algunos sienten vehementes ganas de responderlas cuanto antes. Es muy incómodo sentir que tienes una pregunta palpitante sin responder.

Si andas muy preocupado por la pobreza en el mundo, correrás a especular que entonces el terrorismo debe de surgir de la pobreza también

El problema cuando tienes mucha prisa por contestar una pregunta es que a menudo dices más acerca de ti mismo con tu respuesta que sobre ella. Por ejemplo, si andas muy preocupado por la pobreza en el mundo, correrás a especular que entonces el terrorismo debe de surgir de la pobreza también. Creerás que solo ese problema que a ti tanto te inquieta habrá de ser susceptible de inducir a otros a algo tan serio como matar y morir. Me temo que este ha sido el caso del actual papa, Francisco, cuando en su reciente viaje a África ha venido a afirmar que el terrorismo se alimenta de la pobreza. El expresidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, incurrió hace ya años en esa misma teoría. Mas lo cierto es que todos los estudios serios que existen sobre el terrorismo yihadista arrojan justamente la conclusión contraria: son normalmente personas de clase media, y con una formación por encima de lo común, las que se embarcan en el negocio del terror. Los terroristas de la yihad no son pobres desharrapados que estén esperando que algún bondadoso líder socialista venga a redistribuirnos la riqueza. Son otra cosa. (Aunque no dudo de las buenas intenciones de tales gobernantes socialistas, o de los expertos en caridad, al tratar de convencernos de que ellos serán los más indicados para solucionarnos parejo afán).

Otra respuesta a la pregunta sobre el horror terrorista reviste tintes más filosóficos, de modo que me gustaría centrarme en ella aquí. El recientemente fallecido pensador francés André Glucksmann la expresó hace ya varios años, y otro analista de renombre como Olivier Roy, también francés, la sigue sosteniendo a día de hoy. Es una respuesta que denomino “filosófica” pues utiliza un término de cierta raigambre en filosofía: el de “nihilismo”. Para Glucksmann, Roy y tantos otros, los terroristas suicidas típicos del yihadismo se nos muestran con sus atentados como “nihilistas”. ¿Qué quieren decir?

Como es sabido, la palabra “nihilismo” procede del latín “nihil”, que significa “nada”. Lo que quizá no es tan sabido es que hay pensadores a los que llamamos nihilistas porque sostienen que el mundo entero es nada: la realidad, el mundo, nos parece algo, pero en realidad es toda ilusión y, en el fondo, una nulidad. No son frecuentes filósofos así en Occidente (ya en los inicios de nuestra filosofía, Parménides nos dejó a todos claro que el ser es y el no ser no es, así que la nada no existe, no es; y poco más hay que decir de ella). Pero algunos han llegado a ser muy influyentes en Oriente, como ocurre con el budista Nagarjuna.

¿Qué tiene que ver todo esto con el terrorismo? Bueno, lo cierto es que hay otro sentido de la palabra “nihilismo” según el cual este cobra más importancia para entendernos a nosotros mismos, los occidentales. Sería el “nihilismo” entendido como la tesis de que no existe ni el bien ni el mal, no existen valores éticos, no existe un propósito para nuestros trabajos ni un sentido para nuestros días. Todas esas cosas son nada. Por este motivo, si destruimos una vida o incluso el mundo entero, nada se habría perdido: nada importa, todo lo que hagamos tiene el mismo valor (ninguno).

Los terroristas destruyen su vida y la de los demás porque en el fondo esta no les parece nada valioso

Supongo que ahora ya se comprende por qué los aludidos Glucksmann o Roy consideran que el terrorismo de la yihad es nihilista. Los terroristas destruyen su vida y la de los demás porque en el fondo esta no les parece nada valioso. ¿Construyen algo gracias a su terror? Seguramente no, solo destruyen, pero eso también da igual: su nihilismo resultaría así plenamente coherente.

Es innegable que vincular el terrorismo con el nihilismo posee cierto sentido. De hecho, la palabra “nihilismo” surgió en Rusia durante el siglo XIX para etiquetar a un grupo de jóvenes rebeldes, magníficamente retratados por Turguénev en su novela “Padres e hijos”, que se levantaban contra todo el sistema, aún feudal, de su tiempo, contra todas las creencias que sostenían sus mayores, y no vacilaron en usar para ello la violencia y la destrucción. Ahora bien, estos pioneros terroristas rusos nos dan también la clave de por qué no es del todo apropiado usar la palabra “nihilismo”, tal y como hoy la entendemos, para caracterizarles. Pues esos jóvenes sí que creían en algo (una sociedad futura muy diferente a la decimonónica rusa), aunque no creyeran en otras muchas cosas (Dios, el zar, la burguesía, su presente y sociedad).

Algo similar ocurre con los yihadistas actuales. Cierto es que no creen en la mayoría de las cosas en que los occidentales de hoy solemos creer (la democracia, una vida lo más larga y saludable posible, nuestra hipoteca y nuestras vacaciones pagadas, lo divertido que es ver la televisión, lo importantísimo que es que nuestro equipo de fútbol gane la Liga). Pero su problema no es, como podría inducirnos erradamente a pensar el término “nihilistas”, que no crean en nada. De hecho, creen en muchas cosas, seguramente demasiadas: creen en Alá, en el Corán, en una interpretación muy concreta de él, en una vida ultraterrena de huríes y placeres, y creen que claro que existe un bien (ellos) y un mal (nosotros).

¿Significa esto que no nos sirve de nada el término “nihilismo” para entender a los terroristas de la yihad? La verdad es que la cosa es algo más compleja. Cuando uno analiza las vidas que tenían estos creyentes antes de empezar a creer en todas las cosas (demasiadas) que les llevaron a difundir el terror, uno percibe una nota común, como también han destacado numerosos analistas. Hay un número relativamente alto, por ejemplo, de yihadistas que son recientes conversos al islam. Muchos de ellos adquieren libros básicos de introducción al islam (al modo de Islam for dummies) antes de partir hacia sus guerras santas. Y cuando se les pregunta sobre su vida anterior al yihadismo, utilizan expresiones que no nos pueden dejar de recordar al nihilismo: su vida estaba “vacía” antes de convertirse a esta forma fanática del islam; no veían sentido alguno al modo de vida que Occidente nos propone a todos; consideran que no tiene ningún valor aquello de lo que las sociedades ricas europeo-americanas más se enorgullecen (vidas relativamente prósperas, un Estado protector desde la cuna hasta la tumba, espectáculos y deportes para entretenernos en tanto, fines de semana locuelos, mucha tolerancia hacia todas las ideas pero poco compromiso -qué te vas a creer- con ninguna de ellas). Dicho de otro modo: estos terroristas seguramente no sean nihilistas, pero sí que huyen del nihilismo. Para ellos, los nihilistas somos nosotros. Todas las cosas de las que Occidente tanto se enorgullece y que le hacen creerse la mejor cultura (como se lo creen todas, por lo demás) en el fondo son nada.

Vattimo pensaba que una sociedad occidental cada vez más nihilista nos abocaría a un mundo cada vez más pacífico. Los yihadistas han venido a demostrarnos que quizá las cosas no sean así

Es más: cabría pensar que nosotros mismos, los occidentales, somos los nihilistas, pues entre nosotros casi nadie se creería de veras las cosas que creemos creer. Por ejemplo, si creyésemos de veras todos los “demócratas” en la democracia y los Derechos Humanos, ¿permitiríamos que el Estado Islámico exhibiera impunemente sus crueldades en imágenes que llegan a cualquier punto del orbe? ¿Nos preocuparía tanto no turbar nuestra comodidad en la lucha contra el yihadismo si creyésemos de veras en alguna de las cosas que les reprochamos a ellos no creer? Naturalmente, alguien podría contraargumentar que, bueno, al fin y al cabo creemos en algo: en esa nuestra comodidad. Pero los yihadistas tienen también una buena respuesta a eso: con atentados como los de París vienen a demostrarnos que tal comodidad tampoco existe, que es muy sencillo reducirla también a nada. Otra cosa más en que nos quedaremos, todo nihilistas, sin poder creer.

La idea de que nosotros, y no los terroristas, somos los nihilistas ha sido frecuente en la filosofía del siglo XX, después de que Nietzsche y (en literatura) Dostoievski insistieran en ella durante el siglo previo. Autores como Heidegger o Vattimo han hecho de la reflexión sobre el nihilismo (sobre nuestro nihilismo) el eje de sus filosofías. Vattimo sin embargo pensaba que una sociedad occidental cada vez más nihilista (con menos creencias fuertes, con menos fe en valores de peso) nos abocaría a un mundo cada vez más pacífico. Los yihadistas han venido a demostrarnos que quizá las cosas no sean así. Si nosotros no queremos molestarnos en tener creencias fuertes, otros vendrán con las suyas a trastornar nuestra débil apacibilidad.

(Agradezco a Manel Gozalbo muchas  de las referencias bibliográficas que aparecen en los enlaces de este texto)


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