Pólemos

Manifestaciones a favor del Bien

Los primeros manifestantes que vi en mi infancia se contaban probablemente entre los primeros que salían a la calle en mi ciudad natal, Salamanca, tras la muerte de Franco. Íbamos en el coche y un policía ordenó a mi padre que se detuviera para dejar paso a la manifestación. En aquellos tiempos los únicos desfiles que había observado yo eran los de las cabalgatas de Reyes y las procesiones de Semana Santa. Ambos, a pesar de sus notables diferencias, los encontraba pintorescos, de modo que, sentado en el asiento de atrás del coche, me dispuse a contemplar un nuevo tipo de desfile, con sus fanfarrias y sus colores. Ni que decir tiene que la cosa me defraudó. Una manifestación no se parecía nada a un desfile de los que me gustaban: eran solo señores, tras una pancarta no muy artística, gritando que querían algo, en formación un tanto desordenada. Ni siquiera llevaban túnicas o barbas de rey mago.

Muchos de los que se manifiestan hoy lo hacen no porque nos estén pidiendo algo a los demás, sino por nuestro bien

Naturalmente, las cosas han cambiado mucho en los últimos 40 años y ahora las manifestaciones son más coloridas y a veces francamente divertidas. Pero hay otro cambio aún más importante que es el que quiero destacar. Como he apuntado, antes estaba claro que las manifestaciones se hacían porque los manifestantes deseaban algo y se lo exigían a otros (el Gobierno, los empresarios, el conjunto de la sociedad...) que quizá no estaban del todo de acuerdo en dárselo. El lector habrá notado que las cosas a menudo ya no son así. Muchos de los que se manifiestan hoy lo hacen no porque nos estén pidiendo algo a los demás, sino por nuestro bien. Cuando los médicos de la Sanidad pública (las “mareas blancas”) se manifestaron estos últimos años no lo hacían porque (legítimamente) quisieran conservar sus condiciones laborales, o mejorarlas, u obtener ventajas frente al otro modelo de Sanidad, la privada; no. Se manifestaban porque (según narraban en sus pancartas y proclamas) era lo bueno para nosotros, los usuarios, que no nos dábamos cuenta pero ellos nos lo debían comunicar. Algo parecido sucedió hace un par de veranos cuando se rumoreó que había un tímido intento de liberalizar el sector del taxi: al montar yo en uno me encontré con un folleto que me explicaba las grandes ventajas que tenía para mí que ese sector esté cerrado a nuevos competidores. Los taxistas no defendían sus puestos de trabajo, sus tarifas fijas, las inversiones que han hecho en su taxi, no: me defendían solo a mí, que soy un incauto y lo mismo me monto en un coche de Uber o de Blablacar, inconsciente de los gravísimos peligros que me acechaban en tales alternativas.

Cuando un manifestante sale a la calle en defensa de sus intereses es posible discutirle si es justo o injusto lo que reclama, si es conveniente o no lo que nos pide, si sus intereses chocan o no con los míos. Pero cuando un manifestante se manifiesta en defensa de mis intereses es imposible discutirle. Él está del lado del Bien, no solo del suyo propio, sino también del mío, y del de todos, así que solo un tipo perverso o un idiota se opondría a sus reivindicaciones. Los manifestantes que vi de pequeño admitían que sus intereses eran diferentes a los del resto y por eso me los comunicaban; los de hoy solo me informan de cuáles son las cosas buenas para todos y qué debo acatar.

Creo que cuando nos percatamos sobre esta característica de muchas manifestaciones actuales podemos entender mejor las airadas reacciones que provoca el simple hecho de que algunos osemos debatir sobre ellas. Estamos viviendo un buen ejemplo de ello estos días en España. El fin de semana pasado se celebraron masivas manifestaciones en contra de la violencia contra las mujeres, ¿quién podría estar en contra de tan loable propósito? A prácticamente todos nos iría mejor en una sociedad sin maltratadas.

La manifestación no era en realidad una simple proclamación a favor del Bien y en contra del Mal, pese a lo que sus organizadores parecen querer hacernos creer

Ahora bien, a poco que reflexionemos percibiremos que la manifestación no era en realidad una simple proclamación a favor del Bien y en contra del Mal, pese a lo que sus organizadores parecen querer hacernos creer. Los manifestantes decían muchas otras cosas, aparte de lo lógico, que estaban en contra de que las mujeres sufran maltrato. Quieren también, por ejemplo, reafirmar la actual ley contra la llamada “violencia de género”. Y ahí ya cabe discrepar. De hecho, se puede hacer por numerosos motivos: por ejemplo, porque es una ley injusta que trata de modo diferente a las personas en función de su sexo, y un principio democrático básico es el de no discriminación; o es injusta porque no atiende igual a maltratados (niños, parejas homosexuales, varones…) que también están en situación de inferioridad; o que es injusta porque considera que cuando hay violencia doméstica entre un hombre y una mujer la causa es siempre la diferencia de sexo entre ellos, cuando la verdad es que son muchos, por desgracia, los motivos que pueden llevar a agredir.

La respuesta que a menudo se da para justificar estos problemas de tal ley suele ir en el sentido de que la violencia de género en España presenta un problema especialmente grave por sus “altísimas cifras”. De hecho, este es el argumento que emplea la sentencia 59/2008 que emitió nuestro Tribunal Constitucional cuando dictaminó la constitucionalidad de tal ley (y de tal sentencia procede el entrecomillado anterior). Ahora bien, lo cierto es que esta justificación de la ley también puede discutirse, y no solo por seres perversos o idiotas, sino simplemente por personas a las que nos guste comprobar los datos y observar, por ejemplo, que esta ley no ha conseguido disminuir el número de asesinatos de mujeres desde su proclamación. Es decir, parece tratarse de una ley ineficaz ante lo que el propio Tribunal Constitucional considera como una de sus justificaciones principales. Pero es que además los datos no avalan que las cifras de violencia en España, por trágicas que sean (una sola muerte lo sería), resulten especialmente altas por comparación a nuestros vecinos europeos; de modo que difícilmente esté justificado apoyar aquí medidas extraordinarias frente a lo legislado en esos otros países.

Hay, naturalmente, muchos más peros que poner a la manifestación bondadosa del pasado fin de semana que fundamente la idea de que algunos no la veamos tan bondadosa. En este mismo medio, Vozpópuli, mi colega filósofo Santiago Navajas ha argumentado por qué la idea de género que promulgaba es criticable; y podríamos usar otro artículo entero en explicar por qué la idea de “terrorismo machista”, tan cara a los convocantes de esa manifestación, carece de sentido (no hay grupos armados y organizados de machistas que pretendan, mediante la publicidad de sus acciones violentas, obtener ciertos objetivos políticos; “terrorismo” no es todo lo que cause terror, pues las películas de terror no son terroristas).

Cualquiera que se oponga a su forma de pensar no puede sino ser un diabólico agente del machismo

Pero tengo la sensación de que, al final, todos estos argumentos dan igual. Los manifestantes del pasado fin de semana han logrado convencer a mucha gente que ellos simplemente defienden el Bien de todos y que por eso cualquiera que se oponga a su forma de pensar no puede sino ser un diabólico agente del machismo. De modo que (paradójicamente, por tratarse de manifestantes “contra la violencia”) está justificada la violencia (de momento solo verbal) contra cualquier discrepante, y de ahí que lleven días padeciendo acoso por redes sociales tanto el citado Santiago Navajas como el periodista Arcadi Espada, que también se permitió  ponerle peros al Bien.

Algún día, quizá, conseguiremos organizar una manifestación en contra de la violencia verbal contra el que discrepe de ti; incluso quizá consigamos hacer caer a la gente en la cuenta de que esa es una de las bases de la democracia, la pluralidad de ideas que discrepan sin agredir los defensores de unas a los de otras. Creo que sí que sería una de las pocas manifestaciones que redundarían, finalmente, en el bien de todos nosotros, sean cuales sean las ideas que sostengamos. Entre tanto, yo añoraré en el fondo las manifestaciones de mi infancia, tan desgarbadas, sí, pero con esa falta de garbo que acarrea a menudo la sinceridad.


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