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Miquel Giménez

Opinión

Un pueblo, un estado, un President

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.
El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. EFE/Quique García

La romería a Bruselas ha puesto una vez más de manifiesto el carácter terriblemente populista, maniqueo y sectario de un proceso que aún puede hacer mucho daño. Las similitudes entre este y otros movimientos políticos en Europa de triste recuerdo son alarmantes.

¡Deutschland Erwache!

Despierta, Alemania. Era el grito de guerra del NSDAP, el partido de Adolf Hitler. Una consigna que emanaba del círculo interno de los nacionalsocialistas invocando las energías místicas del Volk alemán, palabra que aquí mal traducimos como pueblo, al que suponían dormido, para que despertase ante el nuevo Reich de los mil años. El mismo lema ha sido adoptado por Carles Puigdemont y los separatistas en la manifestación de Bruselas del pasado jueves. Despierta, Europa. Nuevamente encontramos ecos de ideologías totalitarias, porque el CEDADE, organización nazi española, empleó ese mismo eslogan. Exigían una Europa de los pueblos, aria, pura, plebiscitaria. Era la década de los setenta, cuando los nazis de aquí coqueteaban con el separatismo mezclando Montserrat y la leyenda del Grial, el wagnerianismo catalán con la mística nórdica y gastándose una fortuna que nunca se supo muy bien de dónde salía en revistas, folletos y propaganda que, todo hay que decirlo, tenían una notable calidad.

El independentismo tiene la misma base ideológica: el racismo del Doctor Robert, Esquerra y Estat Català en los años treinta, el supremacismo nacional catalán frente a España, los actos de masas, los plebiscitos, los desfiles, las antorchas. Nada nuevo bajo el sol. Escuchar al fugado Toni Comín gritar en la tribuna de oradores de Bruselas despotricar contra el gobierno de España, calificándolo de franquista, o amenazar con la condenación a Europa si no atiende las exigencias de los separatistas da mucho que pensar. Ha repetido las consignas de siempre: España está aterrada ante la posibilidad de que ellos la desenmascaren, tienen miedo de que se sepa la verdad y de cómo aquí se vive en poco menos que una cárcel, por eso, dentro de nada, Europa contará con una estrella más, la de una república catalana. Todo, como el resto de los intervinientes, en un tono anti europeo y, si me apuran, anti democrático.

Parecía que iban a preguntarles a los allí congregados si querían la guerra total. Joseph Goebbels lo hizo en el Palacio de los Deportes de Berlín el 18 de febrero de 1943 y los fanáticos que le escuchaban aplaudieron a rabiar. Las cosas empezaban a irle mal al Reich. Usando la exageración de la exageración, típica en la oratoria nazi, pedía la guerra total, como si pudiese existir alguna forma de guerra que no lo fuese. Totalkrieg.

Tienen la ventaja de contar con un público dispuesto a tragarse la mentira que sea, siempre que se acomode a su odio racista contra todo lo que no sea su idea de Cataluña, así como la ventaja de no tener enfrente suyo a un adversario fuerte y sin complejos"

Los nacionalistas son expertos en orquestar manifestaciones. Aunque acudan solo diez mil y no cuarenta mil, como asegura la policía belga, a la que un avisado ministro flamenco, que estaba en la concentración en primera fila, había indicado por donde debían ir las cifras. No es lo único en lo que destacan, porque aparte de fletar aviones, autobuses y apurar hasta las heces a los seguidores más fanatizados (¿dónde estaban en Bélgica los millones de separatistas?) saben como nadie construir un relato. Tienen la ventaja de contar con un público dispuesto a tragarse la mentira que sea, siempre que se acomode a su odio racista contra todo lo que no sea su idea de Cataluña, así como la ventaja de no tener enfrente suyo a un adversario fuerte y sin complejos. Las invocaciones que suelen hacer estas gentes siempre se refieren a conceptos nada democráticos como los mandatos del pueblo, los imperativos históricos, haremos lo que queremos como sea. Les falta decir que lo hacen porque Dios se lo manda. “Camino sonámbulo por el camino que me dicta la Divina Providencia”, decía el Fhürer. ¿Casualidad? Que los únicos apoyos que ha conseguido recabar Puigdemont sea la extrema derecha europea ¿también lo es? El racismo que sienten sus partidarios hacia los castellanoparlantes, España, su cultura o sus instituciones ¿son también coincidencias respecto a los que manifestaban los nazis alemanes contra Weimar, la constitución, los partidos democráticos o los judíos?

Ahora incluso han adoptado un uniforme: todos de amarillo con una estelada colgada al cuello. Un pueblo, un estado, un President. Ein Volk, ein Reich, ein Fhürer. Heil, Cataluña.

Son totalitarios que se esconden bajo la máscara de la democracia

En el universo de la razón los independentistas no se sienten a gusto. Si dices que ya son más de tres mil empresas las que se han ido de Cataluña por culpa de sus desvaríos te responderán que mucho mejor, porque las empresas son unas mafias terribles o se encogerán de hombros como Junqueras y soltarán que ya volverán. Su pensamiento está más allá de toda lógica. Se mueven en un mundo mágico en el que confunden sus delirios con la realidad. En los juicios de Núremberg se pueden encontrar magníficos ejemplos de esto que digo. Les recomiendo vivamente el libro publicado por Taurus Las entrevistas de Núremberg, que recoge las conversaciones que mantuvo con los presos nazis el psiquiatra del ejército de los EE. UU. Leon Goldensohn. Es un testimonio terrible por lo que tiene de siniestro. El médico intenta llegar hasta el fondo de la personalidad de aquellos hombres mediante la conversación y los argumentos. Tarea inútil. Llega a reconocer que se le escapaba la tremenda disociación existente entre los hechos y lo que ellos interpretaban que había sucedido. “Es como si hablase con marcianos, con seres más allá de la lógica humanista a la que estamos acostumbrados”.

Cuando alguno de ellos le dijo que creía firmemente en la teoría de la tierra hueca y que en el interior de nuestro planeta habitaba una raza superior, o que muchos manifestaban su fe en la cosmogonía de Horbiger, un científico nazi demencial que propagaba la teoría del hielo eterno y la existencia de civilizaciones arias que en el pasado habían sido las que crearon un mundo científico y espiritual muy avanzado al nuestro, aquel médico creyó que el loco era él. No existía la menor conexión entre aquel puñado de dirigentes del Tercer Reich y nuestra cultura, basada en el humanismo cristiano, la Revolución Francesa, el marxismo, los principios democráticos y la razón como norma básica de todo.

Y bien, ¿alguien cree que se podría mantener una conversación mínimamente razonable con los dirigentes secesionistas? ¿Admitirían el libre intercambio de opiniones, estando dispuestos a reconocer que se han equivocado en algo? Es imposible. Sus modos y maneras antidemocráticas, apartando todo lo que no sea su idea de las cosas están arraigados en ese imaginario, ese constructo en el que ellos son los buenos y el resto somos escoria, españolazos a eliminar. Se les escapa a través de las bocas de sus voceros mediáticos. Si de ellos dependiera, nos expulsarían de nuestra tierra, en el mejor de los casos.

No tienen el menor reparo en utilizar la mentira como arma de propaganda ni la intimidación política e incluso personal si es menester"

Que ningún político en campaña haya sido capaz de ver esto y de decirlo es algo muy preocupante. A estas gentes les da igual la ley, la economía, la convivencia, incluso el mismo país por el que dicen luchar. No tienen el menor reparo en utilizar la mentira como arma de propaganda ni la intimidación política e incluso personal si es menester. Esa manera de pensar solo puede tener un nombre. Por su paralelismo con partidos e ideologías funestas que conocemos, por la actitud prepotente y sectaria de sus líderes, por el grado de fanatismo de sus seguidores – cuidado, que son muchos -, esto nos retrae de vuelta a un pasado que dejó una huella horrorosa en Europa. Esa Europa que ahora los separatistas ponen por los suelos y que costó tanto construir.

Nadie entre los gobiernos de la UE les hace el menor caso. Si estuviéramos en las épocas de Adenauer, De Gaulle o Churchill, estoy convencido que tampoco se lo harían. La diferencia es que aquellos hombres conocían bien el paño, mientras que alguno de nuestros actuales gobernantes vive en la inopia. Son puras copias de Chamberlain y su maldito appeasement. Así le fue al mundo.


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