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Jorge Vilches

OPINIÓN

El mito del constitucionalismo y la realidad

Refórmese la Constitución, sí, nuestra realidad, sin mitos, pero contando con el pueblo y el Zeitgeist popular que se percibe del fin de los privilegios y de los chantajes.

El mito del constitucionalismo y la realidad.
El mito del constitucionalismo y la realidad. Casa Real

Lo cierto es que la celebración del 6-D nunca luce. La UCD no la quiso como festividad . Herrero de Miñón argumentaba en 1981 que la identidad nacional iba más allá del texto y del referéndum, y que podría conmemorarse el día en que se sometió a consulta popular, pero nada más. La Historia de España, alegaba este constituyente que luego recibió el premio Sabino Arana , era muy dilatada y profunda como para reducirla a una fecha.

Fue el PSOE, sí, los socialistas de otros tiempos, los que quisieron que el 6 de diciembre fuera festivo como demostración de la ruptura con los viejos tiempos

Fue el PSOE, sí, los socialistas de otros tiempos, los que quisieron que el 6 de diciembre fuera festivo como demostración de la ruptura con los viejos tiempos. No quedó como fiesta nacional, ya que se mantuvo por ley el 12 de octubre, sino como “Día de la Constitución”. Tampoco se realizó una política de creación de una memoria común asentada en las libertades, sino en la difusión de mitos: la Transición y la intangibilidad del texto.

El hecho es significativo porque demuestra dos cosas: la transitoriedad con la que se había concebido la Constitución de 1978, y la adopción sin ambages del mito del constitucionalismo. Era una contradicción, ya que un hecho construido para ser alterado, reformado o sustituido, como una Ley, no se puede mitificar . Esa incongruencia se salvó con el paso de los años, lo que permitió la santificación laica de personas –el Rey, Suárez y otros pocos señalados-, la narración épica de acontecimientos peligrosos –el terrorismo y el 23-F-, y la exposición del dogma salvador –el consenso político -. El relato se construyó al modo de las tragedias griegas: el personaje de grandes valores que, ante un grave riesgo, saca lo mejor de sí mismo para solucionar un grave problema, y que sirve de ejemplo.

La mitificación se empezó a pergeñar tras el 23-F, pero cobró cuerpo como respuesta al acoso de los nacionalistas desde mediados de los noventa

La mitificación se empezó a pergeñar tras el 23-F, pero cobró cuerpo como respuesta al acoso de los nacionalistas desde mediados de los noventa, y la posterior tibieza de Zapatero. Consenso, Transición y Constitución se convirtieron en la tríada perfecta para la oposición conservadora. Ese discurso que aún se percibe en la derecha lastra reformas imprescindibles del texto que hacen de nuestra democracia un sistema débil, perturbador e inestable, y que desmerecen lo verdaderamente rescatable de la Transición: el deseo general de hallar un modelo político de convivencia, estable y confortable, con el que resolver problemas y progresar.

Sería un suicidio convertir la constitución reformada en el sueño plurinacional asimétrico de los supremacistas nacionalistas. Un Estado moderno, o que quiere serlo, no puede basarse en la jerarquía de ciudadanías en atención al lugar de nacimiento. La verdadera igualdad está fundada en el individuo y el ejercicio de las libertades en cualquier lugar, no solo en su patria chica. Esto sí es progreso, y no lo que quieren imponer los podemitas, ansiosos por sovietizar la Constitución a través del “blindaje” de derechos sociales y de plurinacionalidades al servicio de oligarquías locales.

El nuevo texto no puede ser la coartada para una mayor ingeniería social que no se contentará con imponernos por qué lado de la calle podemos caminar

El nuevo texto no puede ser la coartada para una mayor ingeniería social que no se contentará con imponernos por qué lado de la calle podemos caminar, como ha hecho el ayuntamiento de Carmena en Madrid. Tampoco debe ser el alimento de un Estado Minotauro al que sacrificar nuestra libertad y riqueza para que nos haga más dependientes de su paternalismo, al socaire de una “justicia distributiva” en manos del político de turno. Eso solo puede ser “progreso” en el sentido leninista de la vida.

La reforma constitucional no debería ser retrógrada, con más Estado y más nacionalismos, sino el blindaje de la libertad y la igualdad. La oportunidad que nos brinda la movilización en defensa de la democracia constitucional ante el golpe de Estado supremacista no tendría que ser desperdiciada. No necesitamos esa protección estatal de la cuna a la tumba porque no estamos en 1945, ni la omnipresencia mediática y educativa estatal, sino seguridad en el ejercicio de las libertades y de los derechos en cualquier territorio.

Es preciso volver a las viejas formas mixtas de gobiernos, ya sean las de los antiguos griegos, las inglesas de Locke y los norteamericanos, o las que pensó Montesquieu

Es preciso volver a las viejas formas mixtas de gobiernos, ya sean las de los antiguos griegos, las inglesas de Locke y los norteamericanos, o las que pensó Montesquieu, porque el conflicto permanente es, como escribió Zygmunt Bauman, entre gestores y gestionados.

El norte se perdió cuando nos hicieron creer que la clave política de nuestro tiempo era la igualdad material porque fue el instrumento para el sacrificio general de las libertades y de la democracia, la resurrección de los nacionalismos y la moda de los populismos. Por eso, Hannah Arendt escribió que en el futuro el único ámbito donde el individuo podría manifestar en todo su esplendor su ser –hablar, moverse, pensar, expresarse, reunirse, … - sería en la intimidad secreta del hogar.

Refórmese la Constitución, sí, nuestra realidad, sin mitos, pero contando con el pueblo y el Zeitgeist popular que se percibe del fin de los privilegios y de los chantajes, de un abuso y una arbitrariedad que los retrógrados populistas nacionalistas y socialistas quieren aumentar.


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