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Karina Sainz Borgo

Opinión

El miedo del portero al penalti

Un grupo de ciudadanos siguen desde una pantalla de televisión la declaración institucional del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, tras la decisión del Gobierno de aplicar el artículo 155 en Cataluña.
Un grupo de ciudadanos siguen desde una pantalla de televisión la declaración institucional del presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, tras la decisión del Gobierno de aplicar el artículo 155 en Cataluña. EFE

Muchos han intentado leer El miedo del portero al penalti,de Peter Handkeen clave futbolera. Pero ésta no es una historia sobre fútbol, aunque su título sugiera la tentación de la épica o balada de la derrota. Aquella cosa que tanto gusta glosar a algunos, y no sin cursilería, acerca del portero clavado bajo los tres palos, enfrentado a su destino. Héroe ante el pelotazo. Pero no, ésta no es una historia de ese tipo. En ella, la pena máxima ocurre desprovista de cualquier romanticismo.

En las páginas de esta novela, Peter Handkecuenta la historia de Josef Bloch, un antiguo portero de fútbol. Alguien que alguna vez ocupó en el campo de juego el área solitaria de los guardametas, acaso cual guiño de su naturaleza hosca.  Bloch ha sido despedido de su trabajo como mecánico. El ocio lo despeña por la cuesta del aislamiento. Se mueve en mundo que no comprende. Un mundo que le resulta hostil. 

Bloch avanza  empujado por la inercia de su propio movimiento. Se presenta ante el lector como un pobre hombre  secuestrado por la estupidez o alguna forma de locura desprovista de inteligencia. Encerrado en su solipsismo, Josef Bloch estrangula una mujer. Comete un crimen,  pero no sabe el motivo. Se ve actuar, pero no sabe por qué actúa. Es el personaje prototipo de la posguerra alemana: hombres  incapaces de sentir duelo, embrutecidos por los horrores que la guerra ha dejado a su paso.

Quien ve a Carles Puigdemont deambular del sí al no, dando tumbos y arrancado de toda voluntad, piensa en el Josef Bloch de Handke. Ambos comparten ese aroma de las cosas atrofiadas. Alguien que hace una cosa y su contraria. Alguien que se ha convertido en observador de su propio juego. Alguien que rehuye, que gobierna una ínsula votada en secreto. Alguien sin voz. Que ejecuta una acción, desenchufado de toda  inteligencia y empatía. Alguien para quien la nación se limita al hostil decorado del mundo que él no llegó a comprender.

La de Puigdemont, claro, tampoco es una historia de fútbol. En ella no hay épica ni honor. Es la oscura historia de los secuestrados por la locura o la estupidez. De los que cometen un crimen sin saber por qué.


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