Opinión La hora de la verdad para Mariano Rajoy y el PP

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en el Palacio de La Moncloa.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en el Palacio de La Moncloa. EFE

José Alejando Vara escribía el viernes que Mariano Rajoy y Pedro Sánchez -el sobrevenido apoyo, tan incondicional como infiable, del presidente del Gobierno-, estarían dispuestos a olvidar las ilegalidades perpetradas hasta ahora por Carles 'Puchi' Puigdemont si éste renunciara a la proclamación de la independencia. Pelillos a la mar y vuelta a la casilla de salida, a la situación previa al 6 de septiembre pasado, jornada en la que el bloque independentista se pasó por el arco de sus caprichos en el Parlamento catalán el reglamento de la Cámara, el dictamen de sus letrados, el Estatuto de Cataluña, la Constitución española y cualquier brizna de Derecho, español o extranjero, que pudiera asomar en la Cataluña asolada por la insolencia totalitaria del nacionalismo. “Sería una especie de indulto político a todas las ilegalidades perpetradas por el bloque secesionista en el plano político (se entiende que el judicial seguiría su camino) desde que el Parlament aprobó tanto la ley del referéndum como la ley de ruptura”. Y aquí no ha pasado nada. ¿Realmente no ha pasado nada?

Es el espíritu que sobrevoló la recepción ofrecida por los Reyes en el Palacio Real tras el desfile del jueves 12 de octubre, día de la Hispanidad, un copetín que, por cierto, y con el cadáver del piloto del Eurofighter siniestrado aún caliente, tenía que haberse suspendido de forma automática, señores, todos a tomar el canapé a casa que aquí estamos de luto, un piloto de nuestro Ejército ha fallecido en acto de servicio en momentos tan dramáticos como los actuales, y es obligado el luto. No se hizo así, y del cotilleo correspondiente en torno al político de turno surgieron como las flores del mal este tipo de especulaciones escandalosas que proponen un perdón para los sediciosos, perdón que arruina cualquier esperanza de arreglo integral del desafío independentista y abre todo tipo de incógnitas, a cual más negra, sobre el futuro de este pobre país. Bajo el yugo de políticos cuitados, cortos de miras, faltos de espíritu y sobrados de cobardía a lo Neville Chamberlain, España parece querer volver sobre sus pasos para encaminarse de nuevo en pos de la historia atormentada de los siglos XIX y XX que creíamos superada.

Confieso que la aparición de Rajoy en televisión a mediodía del miércoles 11, para decir aquello de que “se requiere al señor Puigdemont para que confirme si ha declarado la independencia de Cataluña”, no me gustó un pimiento. Aclaro, no me gustó lo que dijo ni el tono en el que lo dijo, por no hablar del tacticismo implícito en el lance, su retranca galleguista, el juego del ping pong, el ajedrez y lo demás, porque todos sabíamos, sabemos, que tanto el discurso de Puchi como el texto, mucho más explícito, rubricado por los parlamentarios independentistas, no admite duda. De mi desconcierto dejé testimonio en un wasap apresurado en el que llegué a calificar de “indecente” el lance entero. Algunos amigos cuyo juicio valoro, sin embargo, criticaron mi apresuramiento y me hicieron relato de las ventajas que la iniciativa rajoyesca llevaba implícitas: para empezar, el requerimiento era exigencia legal imprescindible –cosa que ya sabíamos- para la aplicación del artículo 155 de la Constitución; al darle hilo a la cometa de los plazos, Mariano podía conseguir que la alianza forjada entre JxSí y la CUP saltara por los aires, lo que suponía dinamitar la amenaza de esa trama civil que apoya el golpe y que encarnan los camisas pardas de la CUP y la ANC. La iniciativa volvía a colocar la pelota de una batalla que es fundamentalmente de imagen en el tejado de un Govern de pronto desconcertado, y Puigdemont podía quedar más solo que la una y como único responsable de la aplicación del citado 155.

¿Operación redonda de Mariano, ese maestro en el manejo de los tiempos que desde hace tiempo venden sus hooligans? Casi en el mismo acto, miércoles pasado, supimos que la prudencia de Mariano venía obligada por la decisión de hacerse acompañar en el trance por el maestro ciruela Sánchez, ese genio de la ciencia política socialista a quien las naciones se le hacen huéspedes. ¿A cambio de qué? De que Mariano se comprometa a hincarle el diente a la reforma constitucional que reclama el sabio líder del PSOE para acoger a sus nacioncitas. De nuevo el presidente volvía a hacerle un feo intolerable a quienes le han venido apoyando en este trance sin pedir nada a cambio: Ciudadanos y Albert Rivera. Y el asunto cobró entonces una tan nueva como peligrosa deriva, porque qué tiene que ver la aplicación del 155 para devolver al Parlamento de Cataluña al cumplimiento de la Ley con una inexplicada, inconcreta, difusa reforma de la Constitución. Peras y manzanas. De nuevo la cobardía de Neville Chamberlain en el recuerdo. 

El miedo del PP a Ciudadanos   

El ejercicio de funambulismo efectuado por Rajoy al abrazarse a Sánchez tiene mucho que ver, casi todo que ver, con la desconfianza radical hacia Albert Rivera y Ciudadanos, líder y partido que, a poco que el PP y el propio Rajoy terminen por cabrear definitivamente a esos millones de españoles que les han seguido votando a pesar de la corrupción, a poco que Rivera acierte como está acertando estos días, podrían llegar a convertirse en los grandes referentes del centro derecha español para las próximas décadas. Rivera ya ha dicho alto y claro que estos no son momentos para el egoísmo cortoplacista, sino para pensar en los supremos intereses de España, pero para el PP, como naturalmente para el PSOE, lo primero es el partido, lo que conviene al partido, y, por encima de todo, lo que conviene al que parte el bacalao, al conductor que con mano de hierro hace las listas y distribuye el alpiste, por encima de los intereses generales. Los intereses personales y de partido por encima de los de España. Por grave que sea la situación. El caso es que Mariano, después de haberse reído de las ocurrencias de Pedrito y sus “todas las naciones son España”, ha terminado por abrazar la idea y se ha comprometido a abrir el melón de la Constitución –bien es cierto que nadie sabe cómo ni cuándo ni para qué- a cambio de que el saltimbanqui socialista le apoye en la aplicación del 155.

Lo que a Mariano le gustaría es que 'Puchi' y su tropa, en un una prodigiosa voltereta ideológica digna de los milagros de Fátima, depusiera su actitud y se aviniera a abrazar la Constitución con el entusiasmo del converso

Comprenderán que con semejante compañero de viaje no se puede ir muy lejos. De hecho, parece que la firmeza del presidente del Gobierno ha durado apenas 24 horas, las que van de su declaración institucional del miércoles al copetín del jueves en el Palacio Real. Asumiendo que parece razonable otorgar a Mariano un margen de confianza incluso con los antecedentes, en lo que arrojo y determinación se refiere, conocidos por todos, lo cierto es que los datos que se van publicando no inducen al optimismo sino todo lo contrario. A Rajoy le gusta el 155 tanto como a Sánchez, es decir, nada, y es muy posible que sienta el mismo entusiasmo por la utilización del resto del arsenal legal –Ley de Seguridad Nacional, por ejemplo- de la que el Estado dispone para reprimir la rebelión independentista. Lo que a Mariano le gustaría es que Puchi y su tropa, en un una prodigiosa voltereta ideológica digna de los milagros de Fátima, depusiera su actitud y se aviniera a abrazar la Constitución con el entusiasmo del converso. Es evidente que eso no va a suceder, y es muy posible, por desgracia, que en Cataluña estalle la violencia descontrolada. Hay allí mucha gente con poco que perder, mucha gente que no está dispuesta a dejar de vivir del cuento del prusés.

Los paños calientes están condenados al fracaso con una gente que lleva décadas falsificando la historia y tergiversando la realidad de las cosas, con el objetivo puesto en romper España. Asuntos como la creación de una Administración digital catalana independiente, en estado ya muy avanzado- que conocimos ayer sábado hablan a las claras de la magnitud del desafío y del calado de las decisiones adoptadas estos años por los sediciosos para llegar a la situación actual de práctica desconexión con el Estado. En estas circunstancias, ¿tiene algún sentido hablar de vuelta a la casilla de salida previa al 6 de septiembre y aquí no ha pasado nada? Desde aquí hemos dicho –y no hemos sido los únicos- en numerosas ocasiones que de esta guerra deben salir vencedores y vencidos, y que sus resultados deben servir para infligir al movimiento independentista una derrota de la que tarde décadas en recuperarse si es que lo logra. Y eso implica, al margen de las iniciativas que adopte el aparato judicial, tomar medidas que rebasan con mucho la mera coyuntura de los Puchis, Junqueras y demás patulea, para entrar de lleno en cuestiones como la intervención total de las finanzas de la Generalitat, el fin de las subvenciones a la trama civil (ANC, Ómnium, etc), la gestión de los Mossos, la voladura del aparato de propaganda (TV3, Catalunya Radio, RAC1, etc.) y naturalmente la demolición de un sistema de Ensenyament pensado en su integridad para adoctrinar en el odio a España y a todo lo español.

Construir el edificio democrático de los próximos 40 años

Esa es la tarea que el Gobierno de la nación tiene por delante. Cualquier otra cosa destinada a templar gaitas solo conseguirá, en el mejor de los casos, aplazar el problema un par de años o tres para volver a resurgir con mayor fuerza. Cierto, después de tantos años soportando el tufo supremacista del Movimiento Nacional catalán, ahora toca calma y cabeza fría para devolver a los catalanes no independentistas las libertades robadas y revertir la senda de ruina y miseria a la que estaban abocados. Si desmontar la trama nacionalista no puede ser rápida a fuer de legal, sí tiene, en cambio, la obligación de ser eficiente y, sobre todo, contundente. Ni un paso atrás, Mariano. Entre otras cosas porque el pueblo español ya no te lo permitiría, empezando, muy probablemente, por tu propio partido, en el que no deja de crecer un rumor incontenible de protesta contra las posturas pastueñas de que haces gala, incluso entre gente que hasta hace dos días te elogiaba a calzón quitado. Nadie te entiende ya en el PP y cada vez son menos los que te disculpan. Esa es la realidad, Mariano.

Pero es el pueblo llano el que no te permitiría la menor traición a España, El clima en la calle está muy caliente y se manifiesta en esa exhibición de banderas españolas como nunca jamás se había visto por estos pagos. El país ha llegado a un punto de ebullición tras el permanente chuleo al que le ha sometido el nacionalismo durante años y no parece dispuesto a aguantar un desplante más. Y si Rajoy pretende ignorar ese cabreo, corre el riesgo de ser arrollado por la protesta de un pueblo que ha descubierto que él también puede salir a la calle y llenar las avenidas. Han llegado demasiado lejos con su arrogancia y la cólera de millones de españoles ha terminado por salir a flote. ¿Qué hará mañana el señor Puigdemont? Probablemente contestar con una nueva añagaza destinada a ganar tiempo. Otra provocación más ante la que el Gobierno debe mostrar templanza, siempre, pero también firmeza. No es la hora de los Chamberlain. Estamos en un momento histórico, similar al que vivimos entre 1975 y 1978, cuando construimos el edificio que nos ha cobijado en paz y prosperidad, en democracia, durante los últimos 40 años, y hace falta templanza y sosiego, sí, pero también unidad y firmeza para construir el edificio que deberá albergarnos a todos en los próximos 40. Es quizá la última oportunidad que Mariano Rajoy Brey tiene de pasar a la historia como un político que sirvió con decencia a su país.


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