Editorial

Un Rey sobre la tela de una araña

Un Rey sobre la tela de una araña
Un Rey sobre la tela de una araña

Decía el pensador liberal Alexis Henri Charles de Clérel, vizconde de Tocqueville, que “cuando nacen las sociedades, los jefes de un Estado son los que dan a éste su particular carácter. Después, es este carácter el que forma a los jefes de Estado”. Si no fuera por la época en que fue formulado el aserto, bien podría relacionarse con la reciente historia de España, concretamente con el periodo que desde el final de la Guerra Civil llega hasta nuestros días, pasando por la dictadura de Franco y la Transición. Una relación que explica algunas de las peculiaridades más descollantes de la sociedad española actual, producto de los largos años de dictadura, de los que tampoco se ha desprendido el propio modelo político que nos dimos tras la muerte del dictador. Un carácter que ha conformado el perfil de un español obediente, conformista y desprendido, que hasta la fecha lo perdonaba casi todo y que, a su vez, ha dado forma a ese personaje singular que es el Rey Don Juan Carlos I.

Sin embargo, el vendaval de desempleo y pobreza que azota España desde algo más de cuatro años parece haber roto por fin el molde. Y el encanto. De tal forma que esa idiosincrasia del español medio, antaño despreocupada en lo que respecta a las razones de Estado, se ha vuelto con el tiempo mucho más cicatera y crítica, no sólo en lo que a los políticos se refiere, sino también con las instituciones del Estado, entre la cuales se encuentra en un lugar especialmente expuesto la Corona. Este profundo cambio en el ánimo de los españoles parece haber cogido por sorpresa a Su Majestad el Rey, quien, como el Marcello de La dolce vita de Federico Fellini, sigue con su acostumbrado estilo de vida, y contempla desde fuera, preso de una espiral de incomunicación creciente, la zozobra que la nación llamada España vive en esta hora.

Si hemos de ser justos habremos de convenir que el Rey, aunque quizá haya envejecido súbitamente, no ha cambiado en lo sustancial en el transcurso de estos cuatro o cinco años. Su carácter sigue siendo el de siempre: el fiel reflejo del Reino heredado en los setenta por obra y gracia del general Franco. El que sí ha cambiado, y mucho, es el ciudadano común, que si bien a duras penas acepta ser más pobre por fuerza, se niega ahora en redondo a ser súbdito de reyes reconvertidos en expeditivos cazadores. Por lo mismo, tampoco ve con buenos ojos que, cancelado en plena tormenta económica el obligado despacho de los lunes con el Presidente del Gobierno, Su Majestad se solace en Botswana abatiendo paquidermos con munición de grueso calibre, mientras millones de familias españolas amanecen todos los lunes al sol, con lo justo o tal vez menos.

De no haber mediado la mala fortuna del inoportuno tortazo, dicho sea como licencia literaria, que hizo caer a Su Majestad  de bruces y fracturarse la cadera, nadie se hubiera enterado de que para nuestro Rey la vida sigue igual, dulce y placentera como siempre. La casualidad ha hecho que el destino se erigiera en juez y diera un enésimo aviso al Monarca. Y puesto que el ruido creciente del debate que se escucha de fondo no es la sucesión sino la elección entre monarquía o república, abdicar a favor de Don Felipe sería la salida más conveniente y digna, siempre que no se tome tal decisión demasiado tarde. Empieza a ser más que manifiesta la necesidad de un cambio generacional. Por supuesto, no precisamente ahora, o no ahora mismo, con una crisis encima de tal calibre que aconseja pocas mudanzas, pero sí, quizá, en cuanto el país empiece a ver la luz al final del túnel de las penurias del momento. Dentro de dos o tres años a lo sumo, si la suerte nos es propicia.

Por el bien de la Corona y entretanto ha lugar –o no– a decisión tan acertada y prudente como es la abdicación a favor de Don Felipe, para esta España desolada cazar elefantes en África a 40.000 euros la pieza es una actividad proscrita, sólo apta, en todo caso, para jubilados pudientes que, con la discreción debida, quieran cometer tal exceso, pagando el safari de su bolsillo, claro está. Si esas condiciones se cumplen, relevado ya de sus obligaciones como Jefe del Estado, don Juan Carlos sería muy libre de emular a John Wilson en Cazador blanco, corazón negro (1990) y decir aquello: “Sé que es un pecado matar un elefante. Pero es el único pecado para el que puedes comprar una licencia. Y lo quiero hacer porque es pecado”.   


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