Editorial

La deriva del PSOE ahonda la incertidumbre y la orfandad política

   

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados.
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados. EFE

Los acontecimientos que se suceden en el PSOE no merecerían mayor atención que la de dar cuenta noticiosa de los avatares de un partido político. Pero, en este caso, el interés va mucho más allá porque este partido, junto con el PP y los nacionalistas vascos y catalanes, son las vigas maestras del régimen constitucional, generosamente financiadas, además, con fondos públicos, de acuerdo con la legalidad vigente. Ello quiere decir que los ciudadanos, a la par que contribuyentes, debemos preocuparnos del devenir de estas organizaciones políticas y de la administración que hacen de los recursos que reciben, preocupación que no se manifiesta sólo a la hora de depositar el voto en la urna, sino que debe contemplar su funcionamiento democrático, como exige la Constitución, y la previsión sobre los peligros que pueden derivarse de las sucesivas crisis internas que les van deshilachando. Hoy nos referimos al PSOE, pero la obligada mirada en derredor, PP y nacionalistas, dibuja un cuadro muy poco estimulante para los que valoramos la estabilidad y el progreso en democracia.

La crisis del PSOE viene de lejos: la caída de Felipe González en 1996 no significó sólo la pérdida del Gobierno de la nación, sino algo mucho más importante, en tanto en cuanto certificó la descomposición interna de su partido víctima de un cesarismo prolongado y de la desnaturalización de sus principios ideológicos, por mor de los nuevos vientos doctrinales consagrados en Maastricht con el apoyo de la socialdemocracia europea. Como es sabido, González fue un entusiasta de ello y lo sigue siendo sin el menor pudor. Su sombra alargada continúa proyectándose como un maleficio sobre la organización socialista, aparentemente incapaz de recuperar el vigor ideológico en un país tan necesitado de referentes serios en el centro izquierda. La llegada al poder de Zapatero en 2004, gracias a los infaustos atentados del 11-M, solo sirvió para proclamar urbi et orbe sus carencias y, lo que es peor, las de su propio partido, amén de cabalgar alegremente a lomos de las burbujas iniciadas por Aznar, con su escudero Rato, que han llevado a España a una crisis nacional sin precedentes.

Un proyecto de regeneración democrática

Desaparecido Zapatero, los españoles están asistiendo en primera fila a un espectáculo de inanidad, el del Partido Socialista Obrero Español, que no tiene trazas de resolverse. Los sucesores del genio de León están validando la realidad de un partido atenazado por la ruina ideológica y la desconexión con la sociedad española de la segunda década del siglo XXI. Aunque desde otras posiciones ideológicas, liberales o centristas, podría verse con regocijo el devenir del socialismo español, no lo es en nuestro caso, porque sus compañeros de fatigas en la viga maestra del sistema de partidos, principalmente el PP, tampoco están para tirar cohetes. El grado de rechazo y animadversión que hoy les profesa la sociedad española les afecta a todos por igual, haciendo inaplazable la búsqueda urgente de protagonistas dispuestos a llenar los nichos vacíos de la política y resolver la orfandad de millones de electores.

Lo que está en juego es la necesidad de sentar las bases de un proyecto de regeneración democrática capaz de recuperar la moral pública y entronizar los valores del mérito y el esfuerzo

Las prisas son malas consejeras, y más si se producen en medio de una crisis nacional como la actual, presidida por el espectáculo caótico que diariamente ofrece el PSOE y por la crónica de las corrupciones judiciales del PP. Nuestra preocupación va por ahí. El problema español no es de simple intendencia (volver al discurso del crecimiento y aquí no ha pasado nada), como cree el gobierno Rajoy. Lo que está en juego es la necesidad de sentar las bases de un proyecto de regeneración democrática capaz de recuperar la moral pública y entronizar los valores del mérito y el esfuerzo, enmarcando un escenario en el que los distintos protagonistas puedan encontrar un lugar al sol en el seno de la colmena española. Y no parece que el PSOE, convertido en un queso gruyere, esté en condiciones de responder a reto semejante, lo que podría llevar la balanza del sistema de partidos hasta un desequilibrio tal que, aunque el resto del elenco fuera un dechado de perfección, que no es el caso, resultara imposible restablecer el equilibrio necesario para el funcionamiento de un Estado de Derecho.

En estas condiciones, España empieza su viaje por el bravío mar electoral que nos aguarda este año, en una singladura iniciada apresuradamente por una de las más importantes díscolas del PSOE, la jefa de Andalucía, y que presumiblemente terminará en las generales del próximo otoño, sin que sea posible atisbar el horizonte de país que nos aguarda, pero sabiendo, como sabemos de sobra, que nuestro destino colectivo está en manos de gentes de escasa entidad política y moral, de tipos de muy poca "sustancia", que ni siquiera son capaces de gobernarse a sí mismos.


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