Editorial

Blesa y Rato en la estela de Aznar

   

Mientras Miguel Blesa y Rodrigo Ratoentraban ayer en los juzgados como iconos de la corrupción rampante, su mentor político, José María Aznar, pontificaba sobre los peligros que acechan a los españoles, sin tomarse la molestia de aludir a la activa contribución que tanto él como su grupo político, el Partido Popular (PP), efectuaron al crecimiento de aquellos. Ya va siendo hora de refrescar la memoria de la gente con los “logros” de los gobiernos de Aznar, en los que Rato se desempeñó como mandarín de la Economía patria poniendo, al dictado de su jefe y amigo, las bases de muchos de los males que hoy nos aquejan. Aunque, y hasta el momento, Aznar ha gozado de una aureola de buen gobernante en influyentes círculos de la derecha española, la pura verdad es que no sólo no es oro todo lo que reluce, sino, al contrario, latón de la peor calidad, como cada día se encarga de demostrar el estado decrépito de la nación, víctima de un grado de envilecimiento de la moral pública imposible de imaginar siquiera en los gloriosos años de las burbujas iniciadas durante y por sus Gobiernos.

Una de las primeras iniciativas tomadas por el señor Rato nada más llegar, año 1996, a la vicepresidencia económica fue colocar al frente de la granítica Caja de Madrid al amigo de su jefe, Miguel Blesa, descabalgando de la presidencia de la institución de ahorro a Jaime Terceiro mediante una alianza, más parecida a un contubernio, con otros componentes de la oligarquía política y sindical. Ahí se inició una travesía plagada de desmanes, sólo encubiertos por la gran ola especulativa de las finanzas españolas que abarcó la etapa Aznar y la de su sucesor, el inefable Rodríguez Zapatero, con la connivencia de los reguladores, Banco de España y CNMV. Los resultados de esa francachela entre amigos se cuentan en miles de millones de euros caídos sobre las espaldas de los españoles, miles de puestos de trabajo perdidos en la Caja y miles de depositantes estafados con las participaciones preferentes.

El Señor Aznar, tan acerbamente crítico ahora con los nacionalistas, no encontró obstáculo alguno para, en el citado 1996 y al objeto de asegurarse el Poder, suscribir un pacto, ahora sabemos que nefando, con CiU, merced al cual realizó importantes traspasos fiscales a la Generalidad, renunciando al tiempo a que su partido, el PP, fuera en Cataluña una organización al servicio de los intereses del centro derecha no nacionalista. Con ello, engrandeció al nacionalismo catalán hasta límites insospechados, sentando las bases para la desaparición progresiva del Estado en Cataluña, asunto que hoy tanto parece lamentar el aludido. Por supuesto que no es el único responsable, porque hay muchos más, pero él fue presidente del Consejo de Ministros durante ocho años, de los cuales cuatro lo fueron con mayoría absoluta en los que no varió un ápice sus compromisos iniciales con los nacionalistas catalanes.

El salvador de la patria sigue sin apearse del púlpito

Es verdad que su llegada al Gobierno coincidió con la incipiente salida de la crisis económica sufrida por España durante los años 1992/93, salida que su Gobierno aceleró con una política de reequilibrio de las cuentas públicas que, entre otras cosas, sirvió para labrarse la confianza de los socios europeos. Por desgracia y en paralelo, este salvador de la patria que sigue sin apearse del púlpito a pesar de tener su verdadero norte puesto en los negocios y el dinero, renunció a la cacareada regeneración democrática y se empeñó en proyectos legislativos –caso de la ley del suelo y las regulaciones bancarias y financieras-, que iban a poner en marcha un modelo especulativo que, bajo una apariencia de riqueza, escondía los males de la inmoralidad y de la corrupción que han terminado por arruinar a esa nación a la que tanto dice admirar. En su debe hay que cargar también la enajenación de las grandes empresas públicas, auténticas joyas del patrimonio nacional, con Rato como muñidor del reparto del botín entre oligarcas y amigos -¿o es que nadie recuerda episodios tan bochornosos como la colocación del amigo Villalonga al frente de Telefónica?-, un Rato ahora asaltado, suponemos, por un mar de preguntas sobre el porvenir judicial que le deben estar preparando sus conmilitones para intentar lavar la imagen del partido.

Reconociendo la dificultad de abordar en el corto espacio de un editorial un análisis pormenorizado de los “logros” de la etapa Aznar, no podemos dejar de mencionar, en fin, el que tal vez fuera el principal de ellos: el haber facilitado, con su arrogancia aldeana, la llegada al Gobierno del inane Rodríguez Zapatero, el hombre que iba a encargarse, como todo el mundo sabe, de dar la puntilla a lo poco que quedaba de pie del Estado y de la economía nacional. Su sucesor en el Gobierno, un Rajoy nombrado por el dedazo de Aznar, no ha respondido en absoluto a las ansias de regeneración que una gran mayoría de españoles reclama del sistema de partidos turnantes, lo que explica el descrédito en el que hoy navegan tanto PP como PSOE. La estela del Ayatolá de FAES parece cada día más una zona de sombras, y la utilización de dos juguetes rotos como Blesa y Rato cual oportuno espantajo no solo no conseguirá darle brillo, sino que contribuirá a acentuar el juicio negativo que su etapa de Gobierno merece a los ojos de los españoles.


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