Editorial

El aviso de los mercados a un Gobierno confundido

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La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, en Berlín.
La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, en Berlín. EFE

La reacción de ayer de los mercados financieros, bajada significativa del Ibex 35 y aumento relevante de la prima de riesgo, parecen retrotraernos a tiempos que, según los portavoces oficiales, estaban superados. El velo de estabilidad financiera extendido después del verano, sin que los fundamentos económicos españoles lo avalasen, hacía pensar que en el tira y afloja de los mercados se valoraba la fortaleza del gobierno español para ejecutar las políticas dictadas por la Unión Monetaria, sobre todo después del rescate bancario acordado a principios del verano pasado. En el mapa inestable, política y socialmente, del sur de Europa, el gobierno de Mariano Rajoy parecía una rareza a la que había que cuidar para que no se transformara en flor de un día. Las expresiones verbales de apoyo han sido constantes, incluso ayer mismo en la visita del jefe del gobierno a la cancillería de Berlín. Sin embargo, los mercados, dentro del tono bajista general, han sido más crueles con España. Debemos pensar, por tanto, que la crisis de confianza agudizada en los últimos días sin que se vislumbre salida, puede tener que ver en ese castigo extra.

Desde que las autoridades suizas transmitieron a España los datos de las cuentas del ex tesorero que, no se olvide, había sido nombrado por el presidente del partido, hoy jefe del Gobierno, se podía pensar que la fortaleza del PP había recibido una andanada, cuyas consecuencias políticas estaban por ver en un país poco acostumbrado a los usos y costumbres de las democracias homologadas de la Unión Europea. Nadie se dio políticamente por aludido y, aparte de un cierto griterío mediático, el parlamento hizo una faena de aliño con el asunto, a la que ya nos referimos en otro comentario editorial. Todo parecía acotado y dentro de ese orden irregular que adorna el tratamiento de los deslices y errores públicos en España. Se repitió por enésima vez el latiguillo, entre  hipócrita y cínico, de respeto a la actuación de los tribunales, para consumo de los crédulos que aún quedan sobre la piel de toro. El propio ministro de Economía, en la rueda de prensa del Consejo de Ministros del viernes, contestó, entre ufano y displicente, a la pregunta de un periodista que “los mercados no le inquietaban”.

Lo acontecido los últimos días, que ha obligado al Presidente del Consejo de Ministros a decir públicamente que nunca ha cobrado ni repartido dinero negro, da idea cabal de la dimensión de la crisis política que se ha abatido sobre el Ejecutivo y, con él, sobre un país que, a pesar de conocer y hasta comentar las abundantes miserias y corrupciones de la política española, se ha puesto en el disparadero por el presunto reparto de sobres. Y es que, a veces, una mecha pequeña, y la de los sobres lo es comparada con todo lo demás, actúa como una verdadera bomba que destroza Gobiernos e instituciones, porque el terreno está abonado para ello. Todavía no se puede hablar de estallido social, cierto, metidos como estamos hasta las cachas en una controversia política y mediática cuya intensidad ha aumentado desde que el principal partido de la oposición pidiera la dimisión del jefe del gobierno.

Queremos creer que queda algún margen para evitar ese estallido que es obligación de todos impedir, pero los signos de los protagonistas del poder y de la oposición no indican voluntad de reconocer errores y de asumir las responsabilidades de las decisiones, o de la ausencia de ellas, tomadas durante años. Puede ser la falta de costumbre en las prácticas democráticas o, lo que es peor, la ceguera de la impunidad. En nuestra opinión, y a pesar de los comportamientos erráticos de los que vienen haciendo gala, lo sucedido en los mercados financieros indica que el velo de la estabilidad financiera podría haberse roto y, con él, las frágiles esperanzas de superar los males que nos afligen. En todo caso, los que dirigen el país están obligados a salir de su ensimismamiento y a ofrecer cambios y sacrificios propios, por duros que sean, en beneficio del conjunto de la nación.


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