Editorial

España debe ser solidaria sin entrar en aventuras bélicas

   

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, junto a François Hollande, presidente de la república francesa
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, junto a François Hollande, presidente de la república francesa EFE

Europa, que venía experimentando las consecuencias sociales de los conflictos del Mediterráneo causadas por la crisis irresuelta de los refugiados, se ha dado de bruces en los últimos días con la violencia terrorista desatada por el islamismo radical, que ha sembrado el miedo y la incertidumbre no sólo en el país afectado, Francia, sino entre sus socios y vecinos, como es nuestro caso. Tras el terrible shock emocional provocado por la matanza de París, las antiguas potencias coloniales europeas parecen urgidas a tomar medidas drásticas contra los responsables de la agresión llamando a la guerra. François Hollande ha sido tan explícito como antaño lo fue George W. Bush: “Estamos en guerra”. El asunto es de tal gravedad, empero, que cualquier prudencia es poca para enfrentarlo, sin que pueda ser despachado con un simple sí o no, entre otras cosas porque la guerra se está produciendo en el otro extremo del Mediterráneo, en el avispero sirio e iraquí, zona que algunas potencias occidentales, capitaneadas por los Estados Unidos y ahora también Rusia, están bombardeando. Entre los nuevos actores de los bombardeos se encuentra Francia, antigua metrópoli de Siria, con intereses en la región.

El terrorismo islamista es un fenómeno que ni trae causa de las guerras de Siria o Libia, ni depende de la evolución de ambos conflictos. Más bien se trata de otra derivación de las divisiones agudas que sacuden desde hace mucho tiempo el mundo árabe, cuyas víctimas principales son musulmanes: la ristra de atentados y de muertos en Irak, Nigeria, Yemen y otros países de credo musulmán así lo acredita. La mayoría de los expertos en la materia insiste en lo expuesto y aconseja no mezclar terrorismo y guerra aunque, puntualmente, aparezcan ligados, como de hecho ha ocurrido con los atentados de París. Por ello, resulta prematuro dar por sentado que la solidaridad con nuestros vecinos galos pasa por acompañarlos en la guerra de Siria, enviando tropas y/o bombarderos a la misma.

Conviene recordar que ese tipo de terrorismo no es nuevo y ahí está para recordarlo la infausta fecha del 11 de marzo de 2004

Por grande que sea el dolor que ahora sufre París y mucha la angustia que embarga a millones de europeos, conviene recordar que ese tipo de terrorismo no es nuevo y ahí está para recordarlo la infausta fecha del 11 de marzo de 2004 y sus 200 víctimas inocentes españolas. Aquella matanza no debió de preocupar lo suficiente al Gobierno francés de la época, ni a los distintos Gobiernos europeos, ni les incitó a prepararse para hacer frente con determinación y pensando en el largo plazo a tamaña amenaza, tal vez porque España es una potencia de segundo orden obligada a tragarse casi en silencio aquella salvajada. Ahora París clama venganza y la quiere urgente, ignorando el peligro inherente a las decisiones tomadas en caliente.

El columnista Kamel Daoud advertía el sábado en The New York Times sobre el riesgo de dar palos de ciego, poniendo en evidencia el papel capital que en este drama juega la Arabia Saudita, cuya monarquía tan celebrada y agasajada resulta siempre en todas las cancillerías europeas: “Las rimbombantes declaraciones de las democracias occidentales sobre la necesidad de luchar contra el terrorismo le dejan a uno escéptico. Se trata de una guerra absolutamente miope, por cuanto pone el foco en el efecto y no en la causa. Dado que el ISIS es primero y sobre todo una cultura, no una milicia, ¿cómo evitar que las futuras generaciones se conviertan en yihadistas cuando la influencia de “Fatua Valley” [una especie de Vaticano islamista], sus clérigos y su cultura, amén de la inmensa industria editorial saudita, se mantiene intacta?”.

España ya ha sido ejemplo de solidaridad

España, un país con una capacidad militar y económica limitada, ha demostrado ser, sin embargo, un ejemplo de solidaridad en los múltiples conflictos registrados en las tres últimas décadas: sus misiones logísticas, formativas y asistenciales son incontables en los diferentes continentes y nuestra imagen como país solidario ha sido reconocida positivamente por tirios y troyanos. Desde los Balcanes al Líbano, pasando por Afganistán y África, los militares españoles han probado su profesionalidad y también, por qué no decirlo, han arriesgado sus vidas. En paralelo a todo eso, el propio territorio nacional alberga importantes bases militares, Rota, Morón, Torrejón etc., que siempre han prestado su concurso cuando le ha sido solicitado, normalmente por los Estados Unidos de América.

Resulta prematuro dar por sentado que la solidaridad con nuestros vecinos galos pasa por acompañarlos en la guerra de Siria

Quiere ello decir que nuestro país es y ha sido solidario en la medida de sus posibilidades, aportando además sus servicios de información y su larga experiencia en materia de terrorismo a sus aliados, por lo que no cabe pedirle una sobreactuación en la materia, más allá de aumentar los esfuerzos en lo que ya se viene haciendo. Y en ese punto, a propósito de los sucesos de París, participamos de la gestión actual del Gobierno español y de las palabras mesuradas de su presidente, cuyo contrapunto sorprendente son las vehementes declaraciones del candidato de Ciudadanos, Albert Rivera, exigiendo poco menos que nos incorporemos a la fuerza expedicionaria, de momento aérea, que opera en Siria.

Imposible olvidar, en fin, que España se halla en el umbral de unas elecciones generales decisivas para su futuro, circunstancia imposible sustraer en este debate, y que, en consecuencia, corresponderá al nuevo Parlamento debatir una eventual participación española en las guerras de Oriente Medio, razón que debería obligar a los candidatos a ser prudentes, primero, y a expresar con toda claridad su posición en relación con nuestra presencia en esta guerra, después, de forma que los electores conozcan de antemano lo que cada partido está dispuesto a defender en las Cortes. La importancia de la cuestión así lo requiere. Sinceramente, quienes hacemos este diario preferiríamos que tal debate no llegara a producirse por el bien de nuestro país, un país que, por desgracia, anda sobrado de problemas económicos y sociales. Allá las grandes potencias con su decisión de repartirse, como antaño, las zonas de influencia, asumiendo el control de las mismas con todas sus consecuencias. España, desde luego, no está en ese club.


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