Editorial

La Olimpiada: un señuelo menos

No éramos partidarios de Madrid 2020 pero, como españoles, lamentamos la bofetada de Buenos Aires, recibida por mor de la insensatez de los herederos municipales del ínclito Gallardón, seguida sin rechistar por el Gobierno de la nación que debió poner coto a semejante disparate.

La Olimpiada: un señuelo menos
La Olimpiada: un señuelo menos EFE

No éramos partidarios de Madrid 2020 pero, como españoles, lamentamos la bofetada de Buenos Aires, recibida por mor de la insensatez de los herederos municipales del ínclito Gallardón, seguida sin rechistar por el Gobierno de la nación que debió poner coto a semejante disparate. Se prefirió ir en tropel a la aventura, con el acompañamiento de todo el establishment, incluidos los grandes grupos mediáticos, olvidando las negativas consecuencias que tuvieron para España los fastos del 92, Juegos Olímpicos de Barcelona y Expo de Sevilla, e insistiendo en algo que se ha hecho costumbre en los duros años de la crisis española: suplir la falta de proyectos políticos y económicos con frivolidades y señuelos variados, abusando de la credulidad y de la paciencia de nuestros compatriotas.

Estos son los grandes testigos del fracaso del conglomerado oligárquico que manda en nuestro país. Confiemos, que es mucho confiar, en que los dirigentes españoles asuman la caída del señuelo olímpico y se dediquen a pensar en serio con qué proyectos vamos a tratar de recuperar la esperanza y el crédito perdidos por los errores y abusos acumulados durante décadas. 

Nunca hemos creído en el proyecto derrotado porque, se diga lo que se quiera, su base económica principal era el esfuerzo público y España y los españoles tienen otras prioridades que atender. Distinta hubiera sido nuestra posición si los dineros hubieran sido privados, como ocurrió en Los Ángeles. Por cierto, los únicos Juegos que no se saldaron con pérdidas. Por eso, conviene hacer memoria de lo que supuso la aventura del 92, que hizo crecer de forma desmesurada la deuda pública y que alimentó la primera gran burbuja especulativa, que hizo estallar la crisis inmobiliaria del otoño de ese año, nada más clausurarse la Expo de Sevilla.

Fue un prólogo de lo que vendría después, en la ominosa década 1996 a 2006, en el que no faltaron ninguno de los ingredientes de lo que sufrimos ahora: pelotazos inmobiliarios, irregularidades crediticias, corrupciones públicas y privadas, paro y crisis política, que terminó con los gobiernos socialistas de Felipe González. 

"Nunca hemos creído en el proyecto derrotado porque los españoles tienen otras prioridades que atender"

Creemos que no se aprendieron las lecciones de aquello, y los gobiernos del PP, presididos por Aznar, se limitaron a hacer un calafateado del barco maltrecho y, enseguida, pusieron en marcha los mecanismos tradicionales de crecimiento económico, basados en el talismán del ladrillo: volvimos a las andadas para felicidad de mucha gente, empezando por esos constructores castizos que ahora se las prometían felices con Madrid 2020. Toda España se convirtió en una gran fábrica de pisos y de obras civiles faraónicas, imposibles de rentabilizar y sostener, pero eso no importaba porque la mina parecía inextinguible. Lo tenía casi todo a favor: un pueblo que empezaba a saborear las mieles del bienestar y un sistema bancario, lleno de la liquidez suministrada por nuestros vecinos europeos, que engrasaba y aceleraba la máquina de la riqueza virtual.

Como es sabido, todo se desplomó en el verano de 2007 y, desde entonces, caminamos sin norte ni guía, a salto de mata, porque los que dirigen el país siguen pensando que vivimos sólo una coyuntura adversa y reversible, que se solucionará con un calafateado como el de las legislaturas de Aznar. Eso explica, a nuestro juicio, el haber insistido en el disparate de Madrid 2020, en plena ruina nacional. 

No queremos entrar en las opacidades y motivaciones de ese organismo privado, llamado Comité Olímpico Internacional, por el que tantas gentes y Estados beben los vientos; lo dejamos para nuestros grandes y avezados expertos en olimpismo que nos ilustrarán con sus sesudas elucubraciones sobre la conspiración de la que ha sido víctima España. Nuestro interés es más concreto: que se aprenda la lección y que, cuando surja algún nuevo señuelo o iniciativa de ésta clase, toda la sociedad española, capitaneada por su Gobierno, se la haga tragar con cucharilla a los insensatos que la planteen. Será la señal de que hemos empezado a ser un país serio y respetable.


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