Editorial

De la decapitación de Tomás Gómez a la de Ignacio González: usos y abusos del bipartidismo

   

El presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, durante un pleno en la Asamblea.
El presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, durante un pleno en la Asamblea. EFE

No hace un mes que el PSOE descabalgó a su candidato a la Comunidad de Madrid, Tomás Gómez, y ahora le ha tocado el turno a su colega del clan bipartito, el PP, que acaba de decapitar a Ignacio González apeándole de la carrera a la presidencia de la Comunidad por él gobernada en los últimos tres años. No ha sido sólo esa decapitación la que llama nuestra atención, sino la nominación como aspirante a dirigir el Ayuntamiento capitalino de Esperanza Aguirre, un bastión para muchos electores populares adornado con dotes taumatúrgicas capaces de rescatar al partido del estado catatónico en que se encuentra. En las 48 horas siguientes a su nombramiento, la señora ha brindado a su afición un espectáculo inenarrable -primero de rebeldía, después de sumisión- a costa de la dirección de su partido y de su propio presidente, finalmente zanjado con una de esas frases para la historia: ella siempre trabaja a favor del PP. Naturalmente que los militantes, y no digamos ya los electores, son meros convidados de piedra en esta comedia de enredo con ribetes de ajuste de cuentas siciliano, aunque aquí, por fortuna, sin violencia física. Por encima del hartazgo que produce este tipo de episodios recurrentes en la política española, es preciso poner de manifiesto la reprobación que merecen las conductas de personajes que han convertido los partidos políticos en una especie de fincas privadas financiadas con el dinero de los contribuyentes, con olvido de las prácticas democráticas a las que vienen obligados por la propia Constitución. 

Lo que se sabe hoy del famoso ático de Guadalmina se sabía ya cuando Aguirre cedió los trastos a González. ¿Por qué no se le apartó de la carrera hace tiempo?

Para quienes desde la fundación de este diario venimos denunciando la baja calidad –por decirlo de una forma moderada- de la democracia española y la urgente necesidad de una regeneración profunda, episodios como los comentados con los que nos vienen obsequiando las cúpulas de los partidos que han gobernado –y aspiran a seguir gobernando- España año tras año, no producen sorpresa ni asombro: sabemos que la cooptación y la dedocracia son métodos consustanciales a la praxis de unos partidos convertido en una suerte de empresas en cuyas cúpulas, férreamente jerarquizadas, habita una elite política temerosa de cualquier viento de cambio, aunque es preciso reconocer que la marca alcanzada por el presidente del PP, digno sucesor del Aznar de la carpeta azul, es difícilmente mejorable. Mariano Rajoy, en efecto, ha puesto en ridículo a los órganos electorales de su partido, que se han limitado a ratificar sus deseos o sus silencios, y ha tenido que tragar con la designación para la alcaldía de quien sabe aspira a sustituirlo en caso de que vengan electoralmente mal dadas, sin poder impedir, a pesar de ello, que la doña le haya puesto de chupa de dómine por personajes interpuestos, en este caso la señora Cospedal, que no parece haber tenido bastante con su aventura Bárcenas

Un caso de crueldad cercano al sadismo

Por si ello fuera poco, el señor Rajoy ha demostrado un grado de crueldad cercano al sadismo en la decapitación de Ignacio González, porque el González de ahora es el mismo que el de hace tres años, y lo que se sabe hoy del famoso ático de Guadalmina se sabía ya cuando precisamente Aguirre le cedió los trastos al frente de la Comunidad de Madrid. ¿Por qué no se le apartó de la carrera hace tiempo? ¿Por qué se le mantuvo hasta última hora, si la “dirección” había decidido fusilarlo al anochecer? Lo cual abre capítulo especial para la citada Aguirre quien, jacarandosa y respondona como es, está en deuda con los ciudadanos de una Comunidad de la que huyó con pocas e insuficientes explicaciones al año de ser investida presidenta, ello por no insistir en que fue durante su presidencia cuando floreció en la Autonomía uno de los mayores escándalos de corrupción que atiborran esta España nuestra. Nos referimos al lodazal de la Gürtel, cuyos procesos judiciales prometen ser una edición rediviva del viejo caso de la Barcelona Traction. 

El caso es que la flamante candidata popular a la alcaldía de Madrid ha regresado después de su espantada de 2012, y lo ha hecho sin una explicación convincente y cabal a tan sonado ritornello. Sabemos que la razón oficial es, faltaría más, el afán de servicio a sus queridos madrileños, pero mucho nos tememos que las verdaderas sean más prosaicas y tengan que ver con el mantenimiento del control del partido, o lo que quede de él, en Madrid, como una forma de estar presente en el reparto de la piel del oso popular si, como vaticinan las encuestas, termina siendo víctima del tsunami de desconfianza que avanza imparable en la política española. Todo eso lo sabe el señor Rajoy y, aunque tratará de evitarlo, no parece que esté en la mejor disposición para impedirlo. En cualquier caso, ese sería su particular problema si no fuera porque lo acontecido en las últimas semanas, tanto en el seno del PP como del PSOE, nos recuerda con crudeza en qué manos está el poder público de España y qué podemos esperar de los que gastan su tiempo y nuestro dinero en sus querellas intestinas.


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