Editorial

Espionaje y cortinas de humo

En estos años de la crisis, Europa se ha convertido de nuevo en un hervidero político de malestar ciudadano, que trae malos recuerdos y que inquieta, con razón, a los observadores internacionales, incluidos los Estados Unidos. No es extraño, pues, que se pretenda conocer, con exactitud, cuál es el pulso de los dirigentes europeos que, demasiadas veces, dan prueba de escaso rigor.

El presidente estadounidense, Barack Obama.
El presidente estadounidense, Barack Obama. EFE

No parecía de interés pronunciarse sobre el asunto de las escuchas, porque no es serio distraer a los lectores con las abundantes cortinas de humo y de señuelos que inundan a muchos medios de comunicación, pero las declaraciones del responsable de la NSA americana, corroboradas posteriormente por algunos países implicados, ponen de manifiesto el nivel de hipocresía que circula abundantemente por Europa en relación con las actividades de la inteligencia americana.

Parece claro que los servicios de inteligencia de diferentes países europeos, incluido el nuestro, han formado parte de dichas actividades y corresponderá a los gobiernos respectivos concretar su alcance, como está haciendo el gobierno norteamericano, para que la opinión pública disponga de elementos de juicio para juzgar la procedencia de su mantenimiento. Los norteamericanos ya han expresado su intención de continuar y ahora quedará por ver lo que deciden los responsables europeos, demasiado impregnados de prejuicios y de fariseísmo en relación con todo lo que demuestre colaboración y entendimiento con la potencia del otro lado del Atlántico.

Existe acuerdo sobre el hecho de que las actividades de inteligencia o espionaje forman parte del avatar de los estados, sin que se suela poner en duda su legitimidad, sobre todo cuando contribuyen a garantizar las libertades de sus ciudadanos y a defender los intereses de sus empresas.

En el caso de los Estados Unidos, que ha mantenido y acrecentado su papel de superpotencia después del final de la Guerra Fría y el desmoronamiento del bloque soviético, y que en septiembre de 2001 fue víctima del mayor ataque terrorista perpetrado en la historia contemporánea, resulta lógico pensar que sus servicios de información mantengan un alto grado de actividad, utilizando para ello el concurso de sus aliados, algunos de los cuales se han rasgado las vestiduras apresuradamente y ahora han quedado en entredicho ante sus opiniones públicas, por no haber practicado el ejercicio de explicación y de trasparencia que sí ha realizado la potencia americana desde que surgieron las primeras revelaciones.

Necesitados de EE UU

Los árboles y las anécdotas han impedido en Europa ver el bosque de la realidad, que no es otra, que los gobiernos europeos, mal que les pese, están obligados a atender los requerimientos de información y de colaboración de Norteamérica que es la que históricamente ha prestado grandes servicios a la causa de la libertad en nuestro Continente. Basta recordar su papel en las dos guerras mundiales del siglo XX y, recientemente, su activismo en la finalización de la Guerra de los Balcanes que los europeos nos mostramos incapaces de resolver.

Son realidades incontestables que deberían obligar a tratar lo acontecido con mayor racionalidad y, desde luego, concediendo el beneficio de la duda a quienes tanto han hecho para defendernos de nuestros propios demonios y carencias democráticas.

En estos años de la crisis, Europa se ha convertido de nuevo en un hervidero político de malestar ciudadano, que trae malos recuerdos y que inquieta, con razón, a los observadores internacionales, incluidos los Estados Unidos. A éste propósito, no está de más recordar que el presidente Obama tuvo que enviar en dos ocasiones a su Secretario del Tesoro a reuniones del Eurogrupo, para urgir acuerdos y medidas, que evitaran el colapso de las finanzas mundiales.

Tregua financiera

Probablemente, sin ello no hubiera sido posible llegar a la tregua financiera que tantas alabanzas viene suscitando y de la que, por ejemplo, nos hemos beneficiado los españoles. Aun así, seguimos cogidos con alfileres y resulta difícil predecir qué terminará sucediendo en el Continente. No es extraño, pues, que se pretenda conocer, con exactitud, cuál es el pulso de los dirigentes europeos que, demasiadas veces, dan prueba de escaso rigor.

No significa lo expresado que el periódico comparta de forma dogmática el proceder de los servicios de inteligencia, americanos o no. Probablemente, como en cualquier actividad pública, habrá vicios y corruptelas, que requerirán corrección. Y esa es la labor de los gobernantes, sin alharacas y prejuicios innecesarios. En ese sentido esperamos las explicaciones, pero no somos tan frívolos como para sugerir rupturas ni abandonos de alianzas que siguen siendo necesarias para mantener la libertad. A Vozpópuli no le duelen prendas por ello.  


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