Editorial

El desastre del PP alumbra otra izquierda para España

   

Rajoy saluda a los simpatizantes del PP en el acto de cierre de campaña en Madrid.
Rajoy saluda a los simpatizantes del PP en el acto de cierre de campaña en Madrid. EFE

Es una obviedad reconocer que el mapa político español se ha convertido desde ayer en un caleidoscopio que obligará a análisis diversos e incluso complejos, aunque la primera conclusión es que la advertencia de las elecciones europeas de hace un año ha ido tomando cuerpo y, por encima del discurso oficial seguido a pies juntillas por los grandes medios de comunicación, el pueblo español ha abierto un camino, no exento de incertidumbre, que pretende orientar el ejercicio del poder público en una dirección distinta a la practicada durante décadas. Preferimos tomar nota de esa decisión legítima y soberana, evitando subterfugios y excusas de mal pagador que nos tememos abundarán en días próximos, para saber a qué atenernos y contribuir con nuestros puntos de vista a que el camino que ahora se inicia lo sea en beneficio de los valores de la libertad y de la democracia, valores que los dos partidos dinásticos, el PP y el PSOE, han puesto en grave trance.

La imagen cargada de simbolismo de Madrid y Barcelona con sus alcaldías en manos de la otra izquierda, una izquierda radicalizada y militante, habla por sí sola de lo ocurrido. Por supuesto, hay mucho más, pero lo expresado es suficiente como resumen. Conviene señalar, de entrada, que lo sucedido ayer no puede explicarse más que como la mala gestión, blasonada de corrupción y soberbia, del Partido Popular que capitanea Mariano Rajoy –asombra ver la cobardía congénita de este hombre, incapaz de salir a dar la cara ante la ciudadanía–, que en 2011 recibió una confianza casi ilimitada para ordenar el país sobre bases liberales y democráticas y no sólo no lo ha hecho, sino que ha ahondado los problemas políticos estructurales derivados del modelo territorial, y ha sido incapaz de generar la dinámica económica presidida por una fiscalidad menos gravosa basada en la reestructuración del gasto público y el estímulo al quehacer de las clases medias, junto con la regeneración de los usos y costumbres políticos en los que la corrupción ha sido dueña y señora.

Parece una evidencia que la legislatura se puede dar por finiquitada, a pesar de que el Gobierno se empeñe en aprobar deprisa y corriendo un paquete legislativo cuyo destino previsible es convertirse en papel mojado

Los millones de españoles que depositaron su confianza en el PP se encontraron muy pronto con una política trufada de arrogancia y de escasa previsión que ha proletarizado a las clases medias, ha ensanchado la brecha social y no ha generado expectativas de cambio del modelo económico que nos condujo a la catástrofe del verano de 2007. Con esas actuaciones, el partido de la derecha española se ha enajenado a gran parte de su electorado, como es fácil comprobar por los votos obtenidos, y ha provocado en paralelo el crecimiento inusitado de otras opciones políticas cuyo mascarón de proa es Podemos, opciones que poco o nada tienen que ver con la izquierda tradicional que habitualmente ha venido pastoreando el PSOE, hoy también sumido en el descrédito, razón por la que no resulta fácil vaticinar los perfiles de un futuro que va a estar condicionado por el objetivo proclamado de sus dirigentes, los de Podemos, de ganar las cercanas elecciones generales.

Unas elecciones cuya postergación en el tiempo solo contribuirá a alargar las incertidumbres abiertas en la política nacional por los resultados de ayer. Hoy parece una evidencia que la actual legislatura se puede dar por finiquitada, a pesar de que el Gobierno del PP se empeñe en alargar el período de sesiones de las Cortes para aprobar deprisa y corriendo un paquete legislativo cuyo destino previsible es convertirse en papel mojado en unos meses. Será otra prueba más de la ceguera de quienes se han situado a bastantes metros del suelo de la realidad, creyéndose un discurso al que millones de compatriotas han dado la espalda de forma civilizada y democrática. Otra calificación, y no la menor, de lo ocurrido ayer. La cuestión es si el establishment patrio, presidido todavía por el PP, está dispuesto a cambiar o prefiere mantenerse en sus trece, agotando durante unos meses el cáliz de la paciencia de los ciudadanos.

Elecciones generales cuanto antes

La tentación de caer en el cuento de la lechera del auxilio de Ciudadanos sería, erre que erre, uno más de los errores de un PP incapaz de valorar la circunstancia de que el nuevo partido de centro, al igual que Podemos, tiene puestos sus ojos en las elecciones generales y que, como es lógico, se cuidará muy mucho de dar su apoyo a quienes, con su inepcia y corrupciones, han sido los principales artífices de su crecimiento. Parece que el boom esperado por Ciudadanos en la jornada de ayer se ha visto frenado en la última semana por la acusación interesada de ser la "marca blanca" del PP, de modo que el partido de Rivera va a tener sumo cuidado en ver dónde, cómo y a quién apoya para no ver prematuramente agostado su proyecto, razón por la cual el señor Gabilondo podría llegar a gobernar la Comunidad de Madrid. Todo concluye, pues, en la urgencia de convocar elecciones a Cortes Generales para cerrar con prontitud el ciclo electoral abierto hace un año y que, se quiera o no reconocer, mantiene paralizado a un país que necesita urgentemente conocer el rumbo que sus nuevos dirigentes están dispuestos a marcar. Una tarea inmensa e inaplazable desde todos los puntos de vista.

Aunque no se puede afirmar que haya ocurrido algo inesperado, sí nos preocupa el porvenir en manos de una izquierda no convencional y totalmente refractaria a cualquier idea de orden liberal, maestra, además, en el manejo de señuelos del más diverso cuño que, resultando gratos al oído de muchos, normalmente acaban transformados en frustraciones multitudinarias de alcance imprevisible. Nos inquietan los efectos que sobre la confianza empresarial y de los mercados, con la vista puesta en la recuperación económica, pueda surtir la eclosión de Podemos y sus franquicias. Asombra, por eso, la ligereza con la que Pedro Sánchez, cuya habilidad para subirse al carro de los vencedores a pesar de haberse dejado en la cuneta casi 800.000 votos con respecto al desastre que las municipales de 2011 ya fueron para el PSOE, se dispone a encabezar alegremente una especie de frente popular con la izquierda radical que capitanea el señor Iglesias. Dicho lo cual, y sin abandonar las cautelas debidas al caso, hoy corresponde encender una vela a la esperanza y pedir a los causantes últimos de lo acontecido que piensen en la nación y abandonen el búnker en el que viven guarecidos en pro del interés general.


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