Editorial

El Corte Inglés ante un futuro incierto

   

La muerte del presidente de El Corte Inglés, Isidoro Álvarez, hace obligado el reconocimiento a la labor por él desarrollada al frente de una compañía que para millones de españoles ha sido durante años el templo del consumo y del buen hacer, especialmente durante las vacas gordas del crecimiento económico. El cambio de tercio en lo que al crecimiento respecta, un juguete roto tras el estallido de las burbujas inmobiliaria y financiera, obliga a reflexionar en voz alta sobre el porvenir de una empresa que parece hipertrofiada a la luz de una realidad económica que tiene visos de haber llegado para quedarse durante bastantes años. Y es que, a diferencia de sus competidores, El Corte Inglés lo ha jugado todo al mercado español y, dentro de él, a sus clases medias, dos realidades cuyo empobrecimiento gravita como nueva espada de Damocles sobre esos grandes almacenes y supermercados que se extienden a lo largo y ancho de nuestra geografía. A la hipertrofia y falta de internacionalización aludidas, hay que añadir el acendrado conservadurismo de una cúpula gestora compuesta por personas de avanzada edad, lo que probablemente ha impedido a la firma ser sensible a los cambios en los comportamientos de consumo de las jóvenes generaciones de españoles. 

El sucesor de Ramón Areces se hizo con los mandos cuando, avanzados los años ochenta, España recibía ingentes recursos procedentes de su entrada en la CEE, y el consumo, hasta entonces modesto como corresponde a un país que salía de una pobreza secular, adquirió de pronto velocidad de crucero. Casi todo el mundo pensó que el tren de esa bonanza era de largo recorrido, lo que llevó a El Corte Inglés, centrado en exclusiva en España, a dedicarse con ahínco a mejorar y hacer crecer sus puntos de venta por las cuatro esquinas del país. Tan ambicioso proyecto de crecimiento no tuvo en cuenta, sin embargo, que esa sociedad de nuevos ricos que se internaba claramente en el bienestar podía un día cambiar de gustos y hábitos de consumo. Que fue precisamente lo que sus competidores de hoy supieron detectar a tiempo, los Zara, Mango, Mercadona, etc., firmas que paulatinamente le han ido comiendo el terreno y recortando  cuota de mercado. El gigante del triángulo verde, muy seguro de su fortaleza, pareció ignorar olímpicamente durante años los arañazos de la competencia, entre otras cosas porque las inercias derivadas de su propia expansión contribuían a enmascarar los problemas de fondo. La realidad ha terminado por imponerse a la arrogancia, hasta hacer evidente la necesidad de un giro copernicano de estrategia y modelo de negocio si El Corte no quiere terminar como antaño terminaron las Galerías Preciados. 

La crisis y el parón del consumo

El terrible vendaval provocado en el consumo por la crisis económica iniciada hace ya siete años, no ha hecho sino agravar las consecuencias de ese parón gerencial. La intensidad de la misma ha provocado el empobrecimiento de esas clases medias urbanas convertidas en clientela natural de El Corte, asestando un zarpazo de consecuencias impredecibles a la cuenta de resultados de la firma de la calle Hermosilla. Los avatares financieros del grupo culminaron, como es sabido, con una de las mayores refinanciaciones de deuda privada de las habidas en España, cuyo efecto colateral más relevante ha sido la toma de control financiero de la compañía por parte del Banco de Santander, otro gigante afectado también por la crisis en nuestro solar patrio. El férreo control impuesto por la firma sobre los medios de comunicación, cuyas penurias generosamente alivia con la publicidad, ha impedido que una crítica ajustada impulsara esa renovación que hoy El Corte a gritos reclama.

Tal vez la ausencia del gran patrón que todo lo abarcaba sirva de acicate para que sus sucesores se esfuercen por mantener en pie una empresa que da trabajo a cien mil familias 

A pesar de la indudable importancia de la firma para la economía y el empleo en nuestro país, poco se conoce de las estrategias con las que el grupo está dispuesto a hacer frente a los retos someramente descritos. No negamos que en el seno de la  organización exista talento y experiencia suficiente como para lograr cambiar el rumbo de ese inmenso paquebote en medio de la tempestad que nos sigue azotando. Está por ver si la llegada de un hombre como Manuel Pizarro, que no es exactamente un tendero ni un financiero, puede aportar valor añadido suficiente como para convertirse en capitán de la nave. Tal vez la ausencia del gran patrón que, con su autoridad y dedicación todo lo abarcaba, sirva de acicate para que sus herederos y sucesores se esfuercen por mantener en pie una empresa que da trabajo a cerca de cien mil familias y cuya facturación representa casi dos puntos del PIB español. Es lo que deseamos desde aquí por el bien de todos. Descanse en paz el hombre cabal y austero que fue Isidoro Álvarez.


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